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Durante la noche del 15 al 16 de junio, Rusia llevó a cabo otro ataque masivo contra Ucrania utilizando misiles y drones. Una vez más, la cultura, la historia y la identidad ucranianas estuvieron entre los principales blancos de la agresión rusa.
El crimen más simbólico de esta ofensiva fue el ataque contra la Catedral de la Dormición del Monasterio de las Cuevas de Kyiv, uno de los monumentos más importantes de Europa del Este y parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Fundada en el siglo XI, cuando las ranitas todavía disfrutaban de sus pantanos que existían en vez de Moscú y Petersburgo en aquella época, la Catedral de Dormición ocupa para los ucranianos un lugar comparable al que representa la Catedral Primada de Bogotá para los colombianos: un símbolo espiritual, histórico y cultural que trasciende generaciones.
La agresión contra este templo demuestra de manera extraordinaria la profundidad de la mentira y la hipocresía que caracterizan a la política rusa. Hoy el Kremlin intenta presentarse como defensor de los valores tradicionales, de la fe cristiana y de la herencia espiritual europea. Mentira.
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Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1941, el régimen ruso comunista ya destruyó la Catedral de la Dormición en Kyiv. Sin embargo, durante décadas la propaganda comunista atribuía el crimen a la Alemania nazi. Ocho décadas después, Rusia vuelve a atacar el mismo templo. Cambian las banderas y los discursos, pero permanece la misma lógica imperial.
Rusia moderna también intenta presentarse como una sociedad próspera y multinacional, donde todas las culturas y religiones son respetadas. Otra vez mentira.
Destruyen el patrimonio católico atacando a la ciudad de Lviv (patrimonio de la UNESCO). Destruyen el patrimonio islámico con su “reconstrucción” barbárica del Palacio de Bajchysarai (lista preliminar de la UNESCO, Crimea ocupada). Destruyen el patrimonio antiguo clásico en Quersoneso antiguo (patrimonio de la UNESCO, Crimea ocupada). Para Rusia no importa si el patrimonio cultural es católico, ortodoxo, musulmán o perteneciente a la Antigüedad clásica. Su actitud hacia la cultura es siempre la misma: robar, apropiarse o destruirla cuando no sirve a sus propios objetivos políticos.
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El ataque ruso del 15 de junio no se limitó a Kyiv. Museos, conservatorios, universidades e instituciones educativas fueron atacadas en ciudades como Járkiv, Dnipró y Zaporizhzhia. No se trata de incidentes aislados. Estamos ante una campaña sistemática destinada a destruir la identidad ucraniana y socavar los fundamentos culturales de la nación.
No es la primera vez que un régimen ruso intenta destruir la cultura ucraniana. En 2026 se cumplen 150 años del Decreto de Ems, mediante el cual el “liberal” emperador Alejandro II, prohibió la publicación y difusión de libros en ucraniano. La historia, sin embargo, tenía otros planes. Al emperador le asesinaron sus “contentos” ciudadanos, el Imperio ruso desapareció y la lengua ucraniana sobrevivió y sigue floreciendo.
Los tiempos han cambiado y Ucrania ya no es una víctima indefensa. El 18 de junio, centenas de drones ucranianos atacaron objetivos en Moscú, demostrando que incluso el corazón del poder ruso es vulnerable. Vladimir Putin tuvo que solicitar garantías de seguridad por parte de Zelenskyy a fin de poder celebrar el desfile del 9 de mayo. El tradicional concierto en la Plaza Roja con motivo del Día de Rusia, el 12 de junio, fue cancelado debido a la amenaza de ataques ucranianos.
Después de la guerra Ucrania tendrá el patrimonio de resistencia y valentía. Rusia tendrá el patrimonio de mentiras y fracasos.
*Yuriy Polyukhovych, Embajador de Ucrania en la República de Colombia
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