Publicidad
30 Oct 2022 - 2:00 a. m.

Fascismo: ayer y hoy (I)

Este fin de semana se cumplieron cien años de la marcha sobre Roma. Análisis sobre el fascismo histórico de Mussolini.
Benito Mussolini (centro), el 24 de octubre de 1922, en Nápoles antes de marchar hacia Roma.
Benito Mussolini (centro), el 24 de octubre de 1922, en Nápoles antes de marchar hacia Roma.
Foto: Getty Images - Getty Images

El 27 y el 28 de octubre de 1922 —las fuentes varían—, es decir, hace cien años, Benito Mussolini inició la marcha sobre Roma, el último gran episodio político que lo llevaría al poder. Solo más de dos décadas después, en 1943, y bajo el peso de una guerra perdida, saldría de allí. Debido a que hoy la democracia se encuentra, como en aquel entonces, bajo asalto, no parece bueno dejar pasar desapercibida esta fecha. (Recomendamos las columnas de opinión de Francisco Gutiérrez Sanín).

La situación italiana en 1922 era dura y confusa. El país, con una monarquía constitucional y un sistema parlamentario, al principio se había rehusado a entrar en la Primera Guerra Mundial; pero terminó aceptando participar y escogió “bien” (se fue con los ganadores). Sin embargo, en el campo de batalla las cosas no resultaron como se esperaba. Además, dada su debilidad económica, estatal y militar, Italia recibió una magra tajada del ponqué del triunfo. Las decenas de miles de soldados que regresaron del frente tuvieron dificultades para adaptarse a esa paz victoriosa, pero complicada y mezquina.

La situación económica era difícil. Los partidos de centro se encogieron. La izquierda creció de manera muy significativa, en términos electorales, pero también de organización social. En ese contexto, Mussolini creó un movimiento, el fascismo, que después se convertiría en partido, y que inicialmente agrupaba a excombatientes y a gentes insatisfechas tanto con el gobierno como con la izquierda, pero que se extendió rápidamente a otros sectores de la población.

Ahora bien: la marcha fascista se acercó alarmantemente a ser un episodio de opereta. Las fuerzas paramilitares del Partido Nacional Fascista convergieron sobre Roma en tren. Parecía más un paseo que una marcha. La desorganización era evidente. En las poquísimas instancias en las que las autoridades italianas enfrentaron al fascismo, lo pusieron en desbandada. A excepción de Mussolini —que tenía claro que iba por todo el poder—, ninguno de los jefes fascistas sabía cómo terminaría la operación y está comprobado que se hubieran contentado con un par de ministerios si no hubiera mediado la decisión implacable de su líder y la impotencia programática de las autoridades constitucionales.

Por ello, muchos historiadores han escrito sobre la marcha con la impresión de que una simple y seria respuesta de orden público por parte de las autoridades hubiera puesto al fascismo en su sitio. Y probablemente tengan razón. Pero eso, a la vez que destaca las debilidades organizacionales y militares de las violentas huestes de Mussolini, revela el buen uso que hicieron de su poder político. En efecto, lo que más impresiona de la experiencia fascista —de hecho, también de la nazi que se desplegaría un poco después— es la relativa facilidad con la que neutralizó a las, al menos en el papel, impresionantes fuerzas que acumulaban la derecha democrática, el centro y la izquierda.

Ninguno de ellos fue capaz de presentar una resistencia seria a Mussolini. Los derechistas no dictatoriales reprochaban a los fascistas su brutalidad y empuje plebeyo, pero sentían que, con su capacidad de romper cráneos socialistas, les estaban sacando las castañas del fuego. Oscilaban entre el horror y la fascinación, y terminaron entregándole el gobierno a Mussolini con la ilusión, o el pretexto, de que con esto lo domesticarían (de nuevo, algo similar pasó en Alemania con Hitler). Los centristas intentaron responder al desafío fascista con pequeños juegos palaciegos, que terminaron convirtiendo a Mussolini en un interlocutor legítimo. Tampoco es que sintieran mucho malestar por la oleada de destrucción lanzada por el fascismo contra las imponentes organizaciones sociales de la izquierda.

Esta, a su vez, se dedicó a dividirse y subdividirse (entre socialistas y comunistas, y dentro de cada una de estas fuerzas), sin presentar ninguna propuesta de avance constructivo. Ni rajó ni prestó el hacha. Además, Mussolini —que, como muchos intelectuales de extrema derecha, había comenzado siendo militante de izquierda— la conocía desde adentro; por eso, tuvo la capacidad de confundirla y neutralizar su retórica. Claro: hubo una cantidad gigantesca de violencia involucrada en la operación, pero también hubo mucho más.

Ninguno de los sectores políticos no fascistas mostró la capacidad de entender a tiempo que se enfrentaba a un fenómeno nuevo. No desplegaron, por consiguiente, políticas de alianzas que merecieran ese nombre. El desmonte gradual de la democracia que los fascistas se propusieron deliberadamente avanzó casi sin estorbo y a menudo con la anuencia y colaboración, consciente o inconsciente, de las fuerzas que se le hubieran podido oponer. Angelo Tasca, un excomunista, que por desgracia terminó como colaborador, escribió un maravilloso thriller político sobre esto (hay versión en español: El nacimiento del fascismo), que se debe leer de una sentada, pese a que desde el principio uno sabe no solo quién es el asesino, sino que además este será descubierto inmediatamente, y que eso no importará ni servirá para nada.

¿Pero qué fue entonces el fascismo? Como fenómeno histórico delimitado, una experiencia política extrema que se desarrolló entre 1919 y 1943. Pero ese fenómeno desembocó en una guerra mundial, y causó una destrucción y un dolor humano sin límites. El término y la experiencia marcaron con fuego a generaciones enteras en todo el mundo, y sigue siendo una referente en el debate público: en contra y, por desgracia, crecientemente aunque aún en el margen, a favor. Así que quizá necesitaremos durante muchos años una respuesta más general, que ha sido sorprendentemente difícil de proveer, y en la literatura especializada hay, como siempre, múltiples debates. Para lo que pueda servir, pensaría que el fascismo, en su sentido general (pero históricamente anclado), se puede encapsular en cinco grandes características.

La primera es el elogio, la romantización y la estetización de la violencia y de su cultura material. Típicamente, una revista fascista concluía uno de sus editoriales con algo que se podría traducir como “y que viva el corrillo de san Bolillo” (“evviva il randello / di San Manganello”). Y junto con eso, el darwinismo social, la convicción de que la verdad y la historia están del lado del más fuerte. El teórico y líder fascista Ítalo Balbo planteaba que “el hecho cumplido siempre es un buen argumento… El más fuerte siempre tiene la razón”. El peor insulto para un fascista auténtico probablemente sea “humanitario”.

Read more!

La segunda es la naturaleza revolucionaria del movimiento; lo que se ha llamado, a mi juicio con toda la razón, una “revolución conservadora”. Mussolini —por tercera vez, esto también aplica a Hitler— logró alinear a muchas fuerzas e instituciones caras a los conservadores tradicionales; irónicamente, fue él quien pudo domesticarlas y no al revés. Pero el fascismo no fue, y no creo que ningún fascismo genuino pueda ser, apenas tradicionalista. Parte de su enorme fuerza consistió en su capacidad de movilizar a figuras y sentimientos radicales y antielitistas, provenientes de su base (por ejemplo, de excombatientes), de sus cuadros, y también de la gran intelectualidad (el brillante escritor D’Annunzio, el poeta Marinetti y demás futuristas, entre otros). Creo que sin este componente telúrico el fascismo deja de serlo.

La tercera es la defensa abierta de la dictadura de la derecha. De ahí que el fascismo tuviera dos grandes blancos: la democracia liberal y el socialismo. El fascismo quiso destruir a ambos, aunque por razones diferentes: consideraba que la democracia había caducado (por blanda, humanitaria y falta de severidad), mientras que el socialismo y el comunismo eran el apocalipsis. Pero combinó esto con una gran flexibilidad en sus alianzas (el mejor ejemplo proviene de otro fascismo: el pacto Ribbentrop-Molotov para dividirse a Polonia).

La cuarta es el nacionalismo agresivo y expansionista. Italia era “una nación proletaria” que necesitaba encontrar su lugar bajo el sol. Ahora bien, como lo muestran algunos recuentos privados de altos jerarcas fascistas, entre los que destacaría el fantástico y terrible del canciller conde Ciano, ellos estaban al tanto de las debilidades endémicas que marcaron a su país hasta el amargo final. Para superarlas, el fascismo italiano propuso un estatismo asfixiante: en la fórmula del propio Mussolini, “todo dentro del Estado, nada fuera de él”. Que varios íconos del pensamiento económico liberal vieran con benevolencia una opción de ese estilo revela, más que una paradoja, una confluencia alrededor de una idea clave: que, al menos en ciertas coyunturas, el recorte de toda libertad pública era el prerrequisito de la preservación de la racionalidad económica (una intuición y una práctica que, por lo demás, también cultivó el estalinismo).

Qué opina al cabo de esto: ¿el asalto actual a la democracia constituye un retorno al fascismo o no?

* Lea el próximo domingo la segunda parte.

Síguenos en Google Noticias

 

Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.