25 años de los Acuerdos de Oslo y la realidad en Palestina

Se cumplen 25 años de los Acuerdos de Oslo entre Palestina e Israel. Lejos de alcanzar los objetivos allí señalados, este agudo conflicto empeora cada día más, en un terreno altamente afectado por la violencia, represión, guerra y una paz cada vez más lejana. Veamos en líneas generales qué fueron estos acuerdos y cuál es la situación en la actualidad.

Felipe Medina Gutiérrez*
14 de septiembre de 2018 - 11:39 a. m.
Foto tomada en 1993, cuando el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, reunió al primer ministro irsaelí Yitzahk Rabin y al líder de la Organización para la Liberación Palestina Yasser Arafat por primera vez después de firmar el acuerdo de Oslo.  / AFP
Foto tomada en 1993, cuando el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, reunió al primer ministro irsaelí Yitzahk Rabin y al líder de la Organización para la Liberación Palestina Yasser Arafat por primera vez después de firmar el acuerdo de Oslo. / AFP
Foto: AFP - J.DAVID AKE

Han sido muchas las iniciativas de paz que se han discutido los últimos años, destacándose por ejemplo la Conferencia de Paz de Madrid (1991), los Acuerdos de Oslo (1993), el Acuerdo de El Cairo (1994), el Acuerdo Interino (Oslo II, 1995), Acuerdo de Wye (1998), Camp David, Sharm el Sheij y Taba (2000-2001), encuentro de Beirut (2002), la denominada “Hoja de Ruta” (2002-2003), y diferentes conversaciones desde 2007 al presente con expectativa ante la iniciativa de paz que tenga Donald Trump y sus aliados.

El intento de paz en Madrid tuvo como telón de fondo la hegemonía estadounidense en pleno furor, periodo marcado por la Guerra del Golfo y por la caída de la Unión Soviética y, a nivel local en territorio palestino la primera intifada (levantamiento popular) en 1987. Convocado por Bush padre para buscar la Paz en Medio Oriente, giró en torno a conversaciones entre árabes (Sirios, Jordanos y Libaneses) e israelíes, en el cual ante la negativa del entonces primer ministro israelí Yitzhak Shamir de dialogar con palestinos directamente, obligó a que tuvieran que acudir como miembros de la delegación Jordana sin poder manifestar públicamente su opinión, y de hecho, sin ser considerados “parte”. Si bien generó un foco de esperanza, en la práctica la política continua de construcción de asentamientos israelíes representó, y actualmente lo sigue siendo, un obstáculo importante para la paz.

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El siguiente escenario se daría en Noruega, en la forma de negociaciones secretas (tanto para israelíes como palestinos). Estos llamados Acuerdos o Declaración de Principios de Oslo terminarían con el histórico apretón de manos entre Yasser Arafat, líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina, entonces “única representante legítima del pueblo palestino”) e Yitzhak Rabin, primer ministro israelí en 1993.

Dentro de los puntos más importantes de este y otros acuerdos adicionales se encontraban el principio de mutuo reconocimiento entre Israel y la OLP, la reasignación de tropas israelíes fuera de los pueblos y ciudades palestinas, el establecimiento de un periodo interino para que la recién creada Autoridad Nacional Palestina (ANP) sostuviera elecciones y asumiera el control de los territorios palestinos, y una serie de aspectos que requerían más tiempo y discusión pero que en el plazo de 5 años (1999) se verían materializados bajo la fórmula clave del momento para la solución al conflicto: intercambiar “Tierra por Paz”.

Sin embargo, la aplicación de todos estos puntos se vio frustrada por varios elementos. Entre ellos, sin duda la oposición generada en ambos bandos. Del lado israelí, fue liderada por Benjamín Netanyahu en su primer periodo como primer ministro (1996-1999), sumado a hechos como la Masacre de Hebrón en 1994 y un año más tarde el homicidio de Rabin a manos de un extremista israelí, pero sobre todo, por la continua actividad de colonos y la expansión de asentamientos. Del lado Palestino también hubo gran oposición, destacándose la del gran intelectual Edward W. Said, quien calificó Oslo como el “Versalles Palestino”, y la de muchos de los refugiados distribuidos en los campos en Líbano, Jordania y Siria. Descontento que se vería materializado años más tarde en el fracaso de Camp David y en la segunda intifada en el año 2000.

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Todas estas iniciativas han adolecido de los mismos problemas. Es claro que la abundancia no es sinónimo de calidad de propuesta. Siempre se han aplaudido los esfuerzos pero no se ha evaluado qué tipo de proposiciones traen. Importa también quién la realice y bajo qué calidad. Ha sido un mal profundo la interferencia, no imparcial, de agendas externas a las partes directamente en conflicto, concretamente de Estados Unidos, quien pretende “dictar” o imponer su propia fórmula “viable” y no consultar realmente el sentimiento de ambos pueblos. En tercer lugar, y atado a la idea anterior, esta “imposición” unilateral de la salida al conflicto se materializa solo en exigencias a una de las partes, mientras que la otra no está dispuesta a ceder en nada. Así, si bien se parte de una clara posición asimétrica (los palestinos están en desventaja) no se habla de una paz entre iguales.

La fórmula tradicional que ha imperado ha sido la de dos Estados. Sin embargo, una mirada crítica a esta opción muestra una realidad en el terreno en la que Israel mantiene el control sobre el territorio palestino ocupado (puestos de seguridad, patrullas, allanamientos, privaciones de la libertad), el drama día a día de la expansión de asentamientos y colonias (ilegales a la luz del Derecho Internacional), y el tema de los refugiados completamente fuera de la agenda. Así es imposible que la ANP pueda crear un Estado en Palestina a luz de los Acuerdos de Oslo.

Cuatro hechos recientes nos alejan cada vez más de un posible acuerdo de Paz. Primero, el traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, como nueva capital de Israel. Segundo, la reciente ley que declara a Israel como “Estado judío”, reforzando el sentimiento de exclusión (que incluso los Drusos han protestado) y que como acertadamente alguna vez el historiador israelí Benny Morris apuntó: “no puede haber un Estado Judío viable en toda o parte de Palestina a menos que haya un desplazamiento masivo de habitantes árabes.”

Tercero, el anuncio del gobierno estadounidense del recorte de todos sus fondos al programa de la ONU para los refugiados Palestinos y finalmente la comunicación del cierre de la oficina de la OLP en Washington. Todo esto reafirma el carácter parcializado de esta nación en el actual conflicto.

Es claro que ambos pueblos prefieren vivir en paz a estar en constante guerra, pero adolecen de verdaderos líderes y fuerzas políticas comprometidas con la Paz. Hay sectores en ambos bandos que les conviene mantener y perpetuar la actual situación.

*El Colegio de México

Por Felipe Medina Gutiérrez*

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