15 Aug 2021 - 10:57 p. m.

¿Quién es el presidente de Afganistán que salió huyendo de los talibanes?

Calificado de “marioneta estadounidense” por los talibanes, y abandonado por Washington a su vez, Ashraf Ghani, es la imagen vida del Afganistán fallido.
El presidente de Afganistán, Ashraf Ghani (centro), tras un viaje a la ciudad de Mazar-i-Sharif en agosto.
El presidente de Afganistán, Ashraf Ghani (centro), tras un viaje a la ciudad de Mazar-i-Sharif en agosto.

El presidente Ashraf Ghani, un economista de carácter fuerte presentado a menudo como un experto en Estados en quiebra, se ha convertido en pocos años en la imagen de un Afganistán fallido pese a la ayuda internacional.

Tras haber sido elegido en 2014 con la promesa de reedificar un nuevo país y de terminar con la corrupción que lo corroía, Ghani no ha cumplido ninguna de estas dos promesas y este domingo abandono el país, dijo su ex vicepresidente Abdullah Abdullahi, mientras los talibanes se mantenían atrincherados en las afueras de la capital tras una fulgurante ofensiva en la que tomaron el control del país.

Ghani, de 72 años, estudió en la universidad neoyorquina de Columbia antes de convertirse en profesor de Ciencias Políticas y Antropología en los años 1980, cuando Afganistán se hallaba bajo ocupación rusa. En 1991, entró en el Banco Mundial.

Su regreso a Afganistán se produjo justo después de la caída de los talibanes, tras la invasión de Estados Unidos en 2001.

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En su país natal fue primero consejero especial de Naciones Unidas antes de convertirse en uno de los artífices del gobierno provisional. Entre 2002 y 2004, fue ministro de Finanzas del presidente Hamid Karzaï, instaló una nueva moneda, reformó el sistema fiscal, alentó a la diáspora a volver y tejió relaciones con los acreedores internacionales que financiaban al gobierno.

También hizo campaña contra la corrupción que gangrenaba ya las nuevas instituciones y adquirió una reputación de hombre inflexible, a menudo con un carácter muy severo que le persigue hasta hoy.

Recluido en palacio

Nunca ha dejado que nadie se “acerque demasiado”, según el ensayista paquistaní Ahmed Rashid, que le conoce desde hace más de 30 años. “Sus ataques de ira y su arrogancia hacia sus compatriotas afganos lo han convertido en un personaje detestado”, agrega.

Tras perder estrepitosamente en las elecciones presidenciales de 2009, cuando fue cuarto con tan solo 2,94 % de los votos, Ghani, vuelve a hacer campaña en 2014 de una manera muy polémica. En su lista figura Abdul Rashid Dostom, un gran señor de la guerra que está acusado de haber masacrado a centenares de presos talibanes en 2001.

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En la primera vuelta obtiene un 31,6% de los votos, por detrás del 45 % logrado por su rival Abdullah Abdullah, pero triunfa en la segunda, al lograr un 55 % de los votos en unas votaciones enturbiadas por las irregularidades.

Su acceso al poder se concreta gracias a un acuerdo con su rival, Abdullah, que se convierte en jefe de un gobierno de unidad nacional auspiciado por Estados Unidos.

Antes de lanzarse a la conquista de la presidencia, Ghani supervisaba la transferencia de atribuciones de las tropas de la coalición de la OTAN a los afganos.

Sus relaciones con Estados Unidos, que parecían ser buenas, se envenenaron cuando Washington decidió negociar directamente con los talibanes en Doha.

Su aliado lo dejó de lado en estas conversaciones ya que los talibanes así lo pidieron y posteriormente Washington le obligó a liberar a 5.000 insurgentes, una condición estipulada en unas negociaciones que finalmente no han prosperado.

Todos los ofrecimientos de paz, excepto una tregua breve en junio de 2018, fueron rechazados por los insurgentes, que califican al gobierno de Ghani de “marioneta” de Estados Unidos.

Ghani instó a luchar contra los talibanes “durante generaciones” si las negociaciones fracasaban en este país que lleva 40 años en guerra.

El presidente está casado con Rula, a la que conoció cuando estudiaba en la Universidad Aamericana de Beirut, y tiene dos hijos. Recientemente, superó un cáncer de estómago que le obliga a seguir a rajatabla un severo régimen.

“No preveo llevar una vida aislada”, había dicho a la AFP antes de convertirse en presidente. Pero finalmente sí lo hizo y cada vez se aisló más en su palacio y solo confiaba en un puñado de colaboradores.

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