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Asia 2026: entre la carrera armamentista y los límites de la confrontación

Esta región se ha convertido en el principal escenario de la disputa por la hegemonía y de esfuerzos diplomáticos por evitar una guerra abierta.

Pío García Ph. D. y Kelly Arévalo-Franco *

10 de enero de 2026 - 04:00 p. m.
El Ejército taiwanés durante un ejercicio nocturno para poner a prueba su capacidad de respuesta ante un posible asalto aéreo chino en el aeropuerto Songshan de Taipéi.
Foto: EFE - -
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El gasto militar mundial atraviesa una fase de expansión acelerada. En 2024, la inversión global en defensa se aproximó a los tres billones de dólares, una cifra superior al producto interno bruto de economías como Brasil o México. En este contexto, Estados Unidos ha intensificado la presión sobre sus aliados para elevar el presupuesto militar hasta el 5 % del PIB, bajo el argumento de contener a los actores que desafían el orden internacional vigente.

Asia emerge como el principal escenario de esta dinámica. Es allí donde confluyen la carrera armamentista, las disputas territoriales no resueltas y los esfuerzos diplomáticos por evitar una confrontación abierta entre potencias. De cara a 2026, el continente asiático concentra algunos de los puntos más sensibles del sistema internacional: el sur de Asia, marcado por la rivalidad entre India y Pakistán; el noreste asiático, atravesado por la cuestión de Taiwán; y una red de instituciones regionales que, pese a las tensiones, buscan contener la escalada militar y preservar márgenes de negociación.

La confrontación global, en la que Estados Unidos ha desempeñado un papel central desde 2025, ha coincidido con el fortalecimiento de su aparato tecnológico, industrial y militar. Lo que comenzó como la presión unilateral por elevar los aranceles al comercio con el fin de reactivar la producción doméstica pasó rápido a exacerbar las tensiones estratégicas. El resultado es el aumento de los gastos de defensa y, si de reactivar su industria se trataba, la producción y exportación de armas se tornan emblemáticas.

El complejo industrial militar cumplió una función medular para Estados Unidos durante la Guerra Fría, según lo explicó en detalle Wright Mills en los años 50. Este aparato ahora se sofisticó y ganó aún más poder con el ingreso de las corporaciones digitales. Palantir, Anduril, Starshield, Nvidia, OpenAI o Amazon capturan los contratos de defensa y sus algoritmos deciden el despliegue de la parafernalia de drones, misiles, barcos, aviones y tropas que antes eran discrecionales de los generales. La seguridad de la primera potencia mundial depende cada vez más del sector corporativo, en un proceso de creciente privatización de funciones estratégicas.

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El mercado mundial de armas sigue dominado por Estados Unidos y sus aliados. Según el Instituto de investigación para la paz de Estocolmo (SIPRI), ese grupo posee la mitad de las exportaciones. Añadida a las ventas de sus aliados, como Francia, Inglaterra, Alemania, Israel, Japón o Corea, captura el 85% del pastel bélico. El porcentaje restante es para Rusia, China, India, Brasil; es decir, los BRICS y otros países menores.

El incremento en el rubro de defensa presionado por Estados Unidos significa una lista excepcional de pedidos por parte de una clientela mundial, en la que Asia es sobresaliente. Japón, Singapur, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes son consumidores sistemáticos; sin embargo, la estrella hoy día es Taiwán. Con solo 35.000 kms2, un poco más extenso que el departamento del Cauca, su población equivale a la mitad de la colombiana. Cuenta con una industria altamente avanzada y es el primer productor mundial de microprocesadores. En 2026 comprará aviones, radares y sistemas de ciberseguridad por 40 mil millones de dólares, y ya dispuso de 600 mil millones en gasto de defensa para 2030. Asimismo, al duplicar el gasto de defensa, los pedidos de Japón y Corea pronto superarán los 120 mil millones de dólares. Por el lado árabe, el plan de compras, coproducción y asistencia técnica de Arabia Saudita suma un billón de dólares y el Emiratos árabes 1.4 billones. No se trata tan solo de disuadir a actores que Washington considera hostiles o desestabilizadores. Sumas tan exorbitantes no estarían en juego si no fuera por su rol en la lógica del lucro.

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Más allá de las tensiones, las condiciones de diálogo y negociación en Asia, con el fin de impedir el choque devastador entre nuevos bloques geopolíticos, están dadas por tres factores determinantes: la soberanía nacional, la institucionalidad política y el liderazgo continental chino. En primer lugar, la lucha anticolonial de posguerra estableció una regla de oro: el respeto a la soberanía nacional y la no injerencia en asuntos internos. La mayoría de los países asiáticos se adhieren al principio de ‘una sola China’ y evitan reconocer a Taiwán como Estado independiente.

En segundo lugar, cuentan las instituciones asiáticas, en particular la Organización de Cooperación de Shanghái, el acuerdo político representativo de Asia, dispuesto a combatir el terrorismo, la secesión territorial y las mafias. China y Rusia comandan un grupo de 10 países, entre los cuales participan India, Paquistán e Irán, como miembros plenos, y Mongolia como observador. 15 países más son socios del diálogo. Por el lado de la integración económica, la Asociación económica regional amplia reúne a los países del borde oriental asiático y a Australia y Nueva Zelanda.

En tercer lugar, está el papel de China como actor central del equilibrio regional. Por medio de un trabajo de filigrana política, el gobierno chino moderniza su aparato productivo y militar para blindarse contra la guerra económica y la presión militar decretada por Washington, al tiempo que fomenta el ambiente colaborativo en la región. Son pilares de esa política dichas instituciones asiáticas de cooperación e integración y los programas individuales chinos. Es representativa, al respecto, la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, proyecto colosal chino que busca irrigar sus excedentes comerciales en proyectos de conectividad alrededor del mundo. En 10 años, tales recursos superan el billón de dólares, de los cuales la mitad están dirigidos a la integración física y digital asiática.

En suma, dados sus recursos humanos, materiales y tecnológicos, Asia es el escenario primordial de la confrontación global. China se posiciona como el principal contrapeso al poder hegemónico estadounidense, junto a la ofensiva directa comercial y de inversiones, la alianza militar tejida por Estados Unidos en asocio con Japón, India y Australia pretende detener el desarrollo chino y desarticular el país, de modo similar, aunque no idéntico, a la aplicada durante la Guerra Fría. El motivo de la intervención lo ocasionaría cualquier manifestación de fuerza china hacia la isla de Taiwán, una de las economías más prósperas y en un intenso acopio de armamento estadounidense.

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Frente al continuo crecimiento productivo y su exitoso progreso tecnológico, es probable que la presión hegemónica avive las tensiones en la periferia, en espacios tan precisos como la península coreana, Taiwán, y las fronteras con Japón e India, además de las medidas punitivas impuestas por Estados Unidos y sus aliados. Amortiguar tal presión seguirá siendo el objetivo fundamental chino, para lo cual, junto a la elevación de sus capacidades militares y de autocontención ante las agresiones externas, alienta la diplomacia política y económica orientada tanto a preservar la integración y la autodeterminación asiática como a conducir el planeta por la senda de los acuerdos multilaterales. Si esa estrategia logrará contener la escalada armamentista o si, por el contrario, el equilibrio regional se romperá bajo el peso de la rivalidad entre potencias, será una de las principales incógnitas del sistema internacional en los próximos años.

Pío García Ph. D. es docente investigador de la Universidad Externado de Colombia y miembro de la Alianza Asia.

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Kelly Arévalo-Franco es docente investigadora de la Universidad Externado de Colombia y miembro de la Alianza Asia.

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