“Lo que celebramos el 11 de noviembre no es el fin de la guerra, sino el principio de la paz”. La frase dicha por uno de los consejeros de Emmanuel Macron semanas antes de la “Itinerancia Memorial”, como ha sido llamado el peregrinaje con el que el presidente francés conmemora esta semana el centenario del Armisticio de 1918, resume bien el espíritu con el que el Palacio del Elíseo ha querido marcar los festejos.
La afirmación es técnicamente cierta: la paz no se alcanzó el 11 de noviembre. Tan solo ese día, entre las últimas negociaciones y la entrada en vigor del cese al fuego, cayeron 700 combatientes, los enfrentamientos continuaron en otros frentes mucho después de que los cañones se silenciaran en la frontera franco-alemana y para una normalización de las relaciones diplomáticas entre los países beligerantes hubo que esperar siete meses hasta el Tratado de Versalles, en el que las potencias europeas victoriosas se repartieron las colonias alemanas y los territorios de los imperios otomano y austro-húngaro sin preguntarles a los habitantes de los territorios implicados a quién querían pertenecer.
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Pero tras ese ángulo idealista y pacifista hay sobre todo razones prácticas: Macron no podría darse el lujo de festejar una “derrota alemana” cuando Ángela Merkel se ha convertido en su última aliada en una Unión Europea amenazada tanto por el inminente Brexit como por los gobiernos nacionalistas de derecha que han llegado al poder en Austria, Hungría, Italia, Rumania y Croacia.
Un camino lleno de tropiezos
La “itinerancia” comenzó el pasado lunes e incluyó, entre otros eventos, un concierto en la ciudad fronteriza de Estrasburgo y un homenaje en Reims presidido por Macron y el mandatario maliense Ibrahim Boubacar Keita, a las tropas de soldados africanos, que fueron claves para la victoria aliada durante el conflicto, pero que siempre habían sido relegados a las márgenes de las conmemoraciones.
Ese reconocimiento tardío estuvo marcado por una primera polémica cuando se conoció que a varios descendientes de combatientes africanos de la Primera Guerra Mundial el gobierno francés les negó la visa para asistir a las ceremonias de este noviembre, alegando un “riesgo de inmigración”.
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Apenas unas horas atrás, en uno de los momentos solemnes de una ceremonia en el Osario de Douaumont, que alberga los restos de los combatientes muertos en la Batalla de Verdun, un veterano increpó al presidente preguntándole que “cuándo era que iba a sacar a los sin papeles”.
Sobre el inconformismo entre los miembros de las Fuerzas Militares por un calendario de conmemoraciones del que se sienten excluidos, el consejero del Elíseo comentó: “A los militares se les hace raro, pero no hay que olvidar que esta guerra, más que soldados, la pelearon civiles a los que Francia armó para luchar. El centro de nuestro homenaje es ese civil de a pie que dio la vida por su país”.
Una explicación insuficiente que llevó, ante la insistencia discreta de los uniformados, al Palacio del Elíseo, a “dar el visto bueno, sin la asistencia del presidente”, a un homenaje en el Hotel Nacional de los Inválidos, el panteón militar francés que alberga, entre otras, la tumba de Napoleón, a “los ocho mariscales franceses de la Gran Guerra”.
Una validación incómoda, pues entre los ocho está incluido Philippe Pétain.
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Si Macron, esperando congraciarse con la extrema derecha y las Fuerzas Armadas, lo definió esta semana como “un gran soldado que tomó decisiones funestas”, es más exacto decir que el Mariscal Pétain no solo fue responsable en la Primera Guerra Mundial del fusilamiento de miles de reclutas que movidos por el pánico se negaban a combatir, sino en la Segunda, al frente del gobierno francés, del envío de 600.000 de sus compatriotas como casi esclavos en las fábricas alemanas, del arresto de miles de disidentes, gitanos y homosexuales, y de la deportación de al menos 76.000 judíos que la policía francesa censó, arrestó y envió a los campos de concentración con una diligencia que sorprendió a las autoridades alemanes.
Asociaciones judías, de derechos humanos y de izquierda reaccionaron tan negativamente al comentario de Macron, que la ceremonia fue replanteada y el Palacio del Elíseo negó que Pétain hubiera alguna vez estado entre los homenajeados... molestando de nuevo a los militares.
Tampoco los civiles parecen contentos con la celebración, en la mayoría de las paradas de su gira por los teatros de operaciones de la Gran Guerra en el norte y este de Francia, dos regiones en la que la desindustrialización ha golpeado con fuerza, Macron fue abucheado e increpado por los ciudadanos sobre temas como el desempleo y los cada vez más altos descuentos hechos a las mesadas de los pensionados.
Para el diputado opositor Adrien Quatennes, “lo que en un principio se anunció como una “itinerancia de memoria” se ha convertido en una “errancia memorable”.
El broche de oro
El mandatario francés espera salvar las celebraciones y hacer olvidar los tropiezos de su itinerancia con dos grandes eventos hoy domingo: el primero, una ceremonia en la Tumba del Soldado Desconocido bajo el Arco del Triunfo de París, a la que asistirán líderes mundiales como Donald Trump, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan, y en la que también estará presente el mandatario colombiano, Iván Duque.
Tras la ceremonia, Emmanuel Macron se dirigirá al Parque de La Villete para dar comienzo al Foro de la Paz de París que, según el Palacio del Elíseo, aspira a convertirse en una gran conferencia anual de proyectos de desarrollo y resolución de conflictos, y a la que, con la notable excepción de Trump, asistirán alrededor de ochenta jefes de Estado presentes en la ceremonia del mediodía.
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Resaltando de nuevo la vigencia de la amistad francoalemana, será la canciller Ángela Merkel la encargada del discurso inaugural.
Cuando Merkel lo pronuncie habrán pasado 100 años y 12 horas de la reunión en un vagón de tren estacionado en el bosque de Compiègne, en la que Alemania reconocía la derrota en un conflicto que había costado dieciocho millones de vidas.
Veintidós años después, Adolf Hitler exigiría que fuera en ese mismo vagón y en ese mismo tren que Francia aceptara rendirse y ser ocupada por los nazis. Philippe Pétain aceptó las condiciones y se dedicó durante los cuatro años que siguieron a vigilar que se cumplieran cabalmente. Solo su avanzada edad al final de ese segundo gran conflicto mundial lo salvó de ser fusilado por alta traición.