Henry Kissinger, un mito. Una figura que en los años 70 salía en portadas al estilo de Superman y que, con el tiempo, se convirtió en casi una celebridad, una a la que personas como Donald Trump y Hillary Clinton, incluso Vladimir Putin y Xi Jinping, le pedían fotos. Un hombre que despertó amores y odios, un ideólogo de la política exterior estadounidense que se dice que tenía “la piel más fina” de la administración, a la sombra de las acusaciones de criminal de guerra, que siempre consideró “un reflejo de la ignorancia”. La Unión Soviética, China, Vietnam, pero también la España de Francisco Franco, la dictadura militar en Argentina y el golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile reposan sobre los hombros de quien, en su siglo de vida, vio pasar ante sus ojos las tensiones más grandes de la historia reciente, que en gran parte moldeó.
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“Un practicante estelar de la teoría de la ‘realpolitik’”, o al menos lo es para el exdiplomático Lawrence Gumbiner. “Él miró los retos internacionales con los lentes de los intereses nacionales y no bajo principios globales de derechos humanos. Las relaciones internacionales nunca las consideró como algo estático, sino como un movimiento constante”, un asunto en escala de grises, una evaluación de estrategias y tácticas. Una actitud de no asumir que la postura política de ayer tenía que ser la misma que la de hoy. Un hombre pragmático, como muchos durante la Guerra Fría, “un verdadero maestro”, para el profesor Enrique Serrano. Un eje del pensamiento estratégico durante el gobierno de Richard Nixon y los que llegaron después. “La apertura cuidadosa, pero eficaz, de las relaciones con China y el aprovechamiento del alejamiento relativo de ella con la Unión Soviética se deben a la precisión de su política exterior y a la de sus herederos”, según el docente de la Universidad del Rosario, que, incluso, menciona que su influencia llegó hasta gobiernos demócratas, como el de Jimmy Carter.
Un ejercicio de la política exterior detrás de las cortinas y no en el ámbito público, que le valió el respeto de los chinos, recuerda Gumbiner, pero también la nostalgia hoy de una época en la que las relaciones internacionales no respondían tanto a impulsos, ni a las lógicas del internet, los celulares o las redes sociales. Una época en la que, según Serrano, había un control político más alto, una en la que los medios y la sociedad se abstuvieron de participar de modo intrusivo en dichos asuntos, como lo hace la opinión pública hoy. Una época de una política exterior ordenada, una que, a la luz de cuestiones actuales, como las tensiones en Medio Oriente, provoca la añoranza de los tiempos en los que se les exigía a las partes un comportamiento racional que desembocara en la posibilidad de acuerdos. “No hay que olvidar”, dice el docente, “que Kissinger fue la cabeza del pacto entre el expresidente egipcio Anwar el-Sadat y el ex primer ministro israelí Menachem Begin, el Acuerdo de Camp David. Aunque se dio en el gobierno Carter, fue un éxito cosechado durante los años 70, que, junto a otras cosas más, dio alternativas al conflicto árabe-israelí”, aunque todavía está vigente la cuestión con Palestina, que está tomando nuevas dimensiones.
Gumbiner considera que Kissinger prácticamente se inventó la táctica de shuttle diplomacy, la de ser un intermediario en medio de una disputa, cuando pasó tiempo yendo de capitolio en capitolio en Medio Oriente para tratar de resolver la crisis de 1973, y por ello se atreve a decir que algo de eso se ve hoy, por ejemplo, en la forma en la que se ha involucrado el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, y el jefe de la CIA, William Joseph Burns, en las negociaciones entre Israel y Hamás. “Según él, hay que mirar el mundo como es, no como queremos que sea. Por eso estaría a favor de una mano dura de Israel para eliminar la amenaza terrorista de Hamás. También apoyaría las negociaciones privadas para establecer relaciones entre Israel y varios países árabes, como se ha hecho con los Acuerdos de Abraham”.
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Y es que justo por esa época, en la que no solo fue secretario de Estado, sino que, además, se convirtió en asesor de varios dirigentes estadounidenses, acompañó a Zbigniew Brzezinski, teórico polaco, consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, en su labor. Él, cuando se preparaba para dejar de ser profesor en la Universidad de Columbia, escribió que la política internacional de Kissinger merecía “un simple aprobado”. Por esa época, en 1974, dijo: “Sus éxitos hubieran sido espectaculares, pero las exhibiciones han formado también parte del precio necesario pagado por algunos de estos éxitos. Sus fracasos fueron menos extravagantes, pero sus consecuencias pueden ser históricamente más costosas”.
Y algo de eso se ve en los reclamos alrededor de su figura, pues hay quienes le atribuyen, por ejemplo, crímenes de guerra por sus actuaciones en Camboya, Timor Oriental o Chile. “Los reclamos sobre su falta de empatía con las consecuencias de sus políticas son legítimos, y eso incluye el impacto de las dictaduras militares en Latinoamérica, en África, y en otros temas, como el bombardeo de Camboya, pero él no fue un hombre sentimental. Le importaban los intereses nacionales”, concluye Gumbiner. Tal vez, como le dijo a EFE el profesor de la Universidad de Texas Jeremi Suri, autor de Henry Kissinger and the American Century, “al ser un refugiado judío, siempre estuvo muy preocupado por el caos y quiso poner orden en el mundo”.
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