Ozman, el segundo más chico de la familia es fanático de Mbapeé. Hay dos palabras que le provocan una profunda molestia: Messi y Marruecos. Cada vez que las escucha hace una mueca de vómito. Tiene siete años, una piel delicada y café como la cáscara de un dátil y tres camisetas de su ídolo que cuida más que cualquier otra cosa. Desde que vuelve de la escuela, pasado el mediodía, no deja de correr con sus pies descalzos por toda la casa para terminar con el salto con el que el astro francés de ascendencia camerunesa y argelina celebra sus goles.
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Una tarde, en el salón principal de la casa, surgió una conversación con Mama Isa a propósito de los mitos y leyendas típicos del Sáhara. Ozman escuchaba atentamente las historias de enigmas, viajeros y aventuras que su madre entonaba envuelta por un doble juego entre árabe y español. Al cabo de una hora cayó dormido, pero, al despertar, lo primero que hizo fue ir a la biblioteca familiar y extraer un libro cuya contratapa fue puesta sobre mis manos para que la leyera:
“Para dialogar y hacer más preguntas acerca de la seguridad humana en relación con los derechos humanos, acá se reflexiona sobre su vínculo con el desarrollo, el territorio, la justicia, los derechos de los pueblos y la dignidad. Estos trabajos reflejan resortes sociales, éticos, epistemológicos y políticos para las resistencias ante la globalización neoliberal y la impunidad de su violencia. Tras estas, la mayoría de los seres humanos y sus seguridades se desechan por poderes blindados con la obsesión de estar siempre seguros. No habrá seguridad humana si no se construye como seguridad de todas y de todos, y de todos los pueblos, sus culturas y legados de emancipación”.
El libro, titulado De los derechos o la seguridad humana de todos o nadie y firmado por una decena de autores, fue editado en Cuba, el segundo país, después de Argelia, más solidario con el exilio del pueblo saharaui en dos materias fundamentales para la construcción de tejido social: salud y educación. En la escuela de Ozman y en el hospital pediátrico que atiende a Fatma, el acento caribeño de los profesionales es tan común como la leche de camello en la dieta local: casi todos han estudiado en la isla.
Si le contamos con lujo de detalles cómo es el Caribe y cómo se siente nadar en el mar, el pequeño Mbapeé promete llevarnos a ver camellos, además de invitarnos a rezar a su mezquita favorita. Todo lo dice en árabe, mirando a su hermana Audna, que es su traductora oficial.
La similitud de la bandera de la RASD con la bandera palestina no es casualidad, ya que ambos pueblos batallan por su autodeterminación y reconocimiento como estados independientes. El uso de banderas afines refuerza el sentimiento de identidad compartida y aspiración a la soberanía. A los mismos colores (negro, blanco, verde y el triángulo rojo superpuesto) la bandera de la RASD incorporó una estrella y una media luna roja. La estrella simboliza la conformación como República Árabe y la media luna representa su carácter musulmán.
Audna mira su teléfono. La luz artificial le acaricia el rostro, mientras la luz natural de la tarde agoniza sobre su pequeña espalda. No obstante, hay otra luz que gira sobre ella como un satélite, una luz mágica de esas que están reservadas para ciertos espíritus: la alegría. Sus violáceas trenzas aún no conocen el velo musulmán y su alargada frente parece un cofrecillo lleno de precoz sabiduría.
A sus nueve años, Audna ya está posicionada como la viajera de la familia. Auspiciada por un programa de intercambio cultural entre España y los campamentos de refugiados, llamado Veranos en Paz, ha estado tres veces en Castellón, una apacible provincia de la comunidad valenciana. Aunque el español es su segunda lengua, lo habla con solvencia y se detiene de forma obsesiva en palabras que no entiende hasta descubrir no solo su significado, sino su sentido total en la realidad del idioma.
—¿Qué palabra es esa?
—¿Cuál?
—Dijiste melanolía o algo así.
—Ah, ya: melancolía.
—Sí, sí.
—Es como una emoción extraña que surge del recuerdo repentino de algo o alguien.
—¿Por qué extraña?
—Porque es alegre y triste al mismo tiempo.
—Ah, es una palabra como desierto…
Audna nos lleva a ver la final del fútbol interwilayas. Se enfrentan Club Nassr y Dahla. Somos hinchas del Nassr por exigencia de ella. Son las siete de la tarde y el sol rebota en cada grano de arena como una forma de condena. Los mejores futbolistas son los que juegan descalzos, dice. Uno, dos goles del Dahla. Ya no hay mucho que ver aquí, vamos a la tribuna de las mujeres para que escuchen nuestro grito y después vemos los trompos de los coches, propone Audna.
La tribuna es un espacio pegado a una de las líneas laterales del campo. Allí una treintena de mujeres permanecen sentadas, cubiertas por sus melfas y atentas al devenir del partido. Cuestionan las decisiones del juez, se agarran el rostro por desilusión, se emocionan con las llegadas peligrosas. En los momentos de más euforia surge, como una sinfonía, el zaghareet, un sonido vocal largo, agudo y trinado que se produce con la lengua. Es el grito de la mujer saharaui y se usa en todas las celebraciones, dice Audna.
—Entonces es un grito feliz.
—No, también puede ser de dolor.
—¿En un funeral también lo usan?
—Sí, es como la palabra del otro día.
—¿Melancolía?
—Sí, muchas cosas significan eso, ¿no?
El partido termina. Pierde nuestro equipo. Pelea en el centro del campo. A lo lejos se escucha el enérgico rugir de motores. Dos autos entran a despelucar la cancha y, de paso, a disolver el conflicto deportivo. En medio de la polvareda los autos dan vueltas de 180 grados sobre sus propios ejes. Los más viejos se van con la desaprobación hecha rostro, mientras los más jóvenes aplauden y bailotean entre la arena alzada: “Este es mi pueblo, ¿en Colombia pasa esto?”, pregunta Audna, mientras nos hace apurar el paso porque pronto cerrará el carrito que vende su helado preferido.
El vasto paisaje que rodea los campamentos de refugiados despliega una frontera que secciona el desierto en dos mundos diferentes. Un muro de 2720 kilómetros (más del doble del que divide a Estados Unidos de México) fue construido entre 1980 y 1987, con piedras grises y arena de la más dura, para separar indefinidamente al Reino de Marruecos del Sáhara Occidental.
En algunos tramos de la barrera, el viento levanta pequeños tifones que la cubren para hacerle creer al ojo que hay una montaña de cuatro metros. Pero la dureza no engaña y de repente un delicado y solitario soplo nacido en Mauritania o en Malí limpia el artificio y revela un muro de desolación y vigilancia. Nadie se acerca. Todos saben que debajo de la superficie que aguanta la barrera descansan millones de minas antipersona: guardianes silenciosos que defienden la separación con el poder de la desmembración o la muerte.
Los soldados marroquíes patrullan con disciplina cada metro las 100 horas del día: saben muy bien que, en la soledad del desierto, el tiempo se multiplica. Aquí la única paz posible es la de un cuerpo caído. Los drones cuidan la estructura como si se tratara de un tesoro. Cualquier movimiento es una amenaza que hay que disipar. Las torres de vigilancia son el faro del terror para el Frente Polisario, un ejército que lucha con la desigualdad respirándole en la nuca.
El muro de la vergüenza, le llaman, y no es solo una línea física, sino el principal símbolo del control marroquí. También hay vallas de alambre de púas, complejos sistemas de alarma tendidos con la paranoia de la megalomanía y dispositivos ultramodernos que detectan el desperezar de un alacrán a dos kilómetros de distancia. La severidad castrense es el recordatorio constante de la tensión histórica del único territorio no autónomo en África y pendiente de descolonización.
De forma instintiva, un código no escrito se revela en sus maneras. Es solidaria con toda la familia y su presencia es la del servicio: un esfuerzo que revela la transparencia de cada uno de sus actos. Btizam tiene 18 años. Su rostro es oval y hermoso, con ojos pequeños, largas cejas y una nariz precisa. La boca, en cambio, es un reservorio de silencio con dos labios que difícilmente se despegan para sonreír.
En el centro de la wilaya Bojador hay una manifestación en contra de “los invasores”. Así le suelen decir a Marruecos la mayoría de saharauis. Medio millar de mujeres se reúnen para pedir la liberación de sus presos políticos, la justicia por la larga lista de desapariciones forzadas y la suspensión inmediata de la ocupación territorial. Cada una lleva una bandera de la RASD, la fotografía de algún familiar víctima de “los invasores” y la garganta bien afinada para hacer del zaghareet el grito más ensordecedor del desierto.
Btizam participa del evento. La rabia le enmascara el mutismo. Escucha con atención las intervenciones de todas las oradoras. Se conmueve, se abraza a su hermana Maima y cuando ve una escena digna de ser retratada corre por entre la multitud y regresa con una fotografía de concurso. Muestra una foto de sombras humanas perfectamente definidas y proyectadas sobre la arena.
—¿Qué título le pondrías, Btizam?
—La espera.
Hay unos objetos que se guardan en la intimidad de todos los hogares saharauis. Objetos mudos, pero cargados de esperanzas: los baúles del retorno. Son grandes cofres de madera, desgastados por el tiempo. Cada uno aloja la paciencia de sus dueños por el reencuentro con la tierra natal. En el interior del baúl de la familia Ahmed Talem Esuelem hay utensilios de cocina, ropa cuidadosamente doblada, artesanías en cuero y fotografías amarillentas de seres queridos. Cada pertenencia representa un pedazo del hogar perdido, además de ser la promesa material de la autodeterminación que, con los años, ha mutado en una memoria que permanece suspendida en el aire. En medio del limbo que supone la existencia en un campo de refugiados, estos baúles son la forma de suspiro colectivo cada vez que se abren para ser liberados del polvo.
Aunque la ONU, el TJUE (Tribunal de Justicia de la Unión Europea), la UA (Unión Africana) y la Corte Africana de Derechos Humanos reconocen la situación del Sáhara Occidental como una ocupación ilegal y un territorio no autónomo pendiente de descolonización, los brazos permanecen cruzados y las mesas de negociación gélidas. La denuncia por la autodeterminación e independencia del territorio, por parte de la RASD, es un tema rezagado en las agendas de la comunidad internacional mientras la explotación ilícita de los recursos y la represión continúan, incluso cuando, desde 1991, existe la MINURSO (Misión de Naciones Unidas para el referéndum en el Sáhara Occidental), que consiste en una solución política para facilitar las negociaciones entre Marruecos y el Frente Polisario. Se trata de una opción diplomática y concreta que no llena las expectativas de la potencia ocupante y, por tanto, no halla la suficiente visibilidad. En otras palabras: una tormenta de arena.
En Bojador, la vida transcurre entre fastuosos arenales y un sentido de pertenencia que no reconoce diferencias entre pasado y presente. Los camellos, campanudos viajeros del desierto, deslizan mansamente sus sombras por entre los caminos, las jaimas y los comercios.
Al atardecer, entre risas, escondidas, fútbol y juegos de carreras, los niños transportan en sus manos recipientes de plástico colmados del tesoro más preciado, la bendición de la tierra árida: agua. Pasan sus días sin novedades, sorteando la escasez y asistiendo a las escuelas que enseñan la historia patria y el español. A lo largo y ancho de los campamentos de refugiados no se pierde ni una aguja y el concepto de inseguridad se reduce casi completamente a la palabra Marruecos.
En la RASD jóvenes y adultos trabajan de forma voluntaria, los salarios existen nominalmente, pero en la realidad cada quien busca la manera de sobrevivir entre los sudarios de la informalidad: una tienda, una peluquería, un puesto de redacción de documentos, un taller mecánico o de modistería. No obstante, el espíritu saharaui relumbra más intensamente que el sol que se cierne sobre la población y los anhelos se aferran, como oasis en medio de la nada, a la unidad y la resistencia.
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