Hile tiene 24 años y su chilaba (túnica que usan los hombres) es tan prolija, que parece que fuera lavada y planchada varias veces por día. Comparte con Btizam el enigma del silencio y el don del servicio. Tiene una camioneta Ford Explorer del siglo pasado que, además de ser el transporte de toda la familia, también es su forma de sustento. Cada vez que lo ve, Fatma se le tira encima y no se le despega. Sabe español, pero no lo usa por algún secreto designio. Igual no hace mucha falta porque sacarle palabras es más difícil que acceder al permiso para entrar a los campamentos de refugiados.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
—¿En qué piensas cuando conduces entre las wilayas?
—Familia.
Considerar a los saharauis que viven en los campamentos de refugiados como terroristas es una política de Estado para el Reino de Marruecos. En el territorio ocupado que comprende las extensas regiones de Saguia el-Hamra y Río de Oro en el Sáhara Occidental, una zona de aproximadamente 180.000 km² (la misma extensión de Uruguay), los saharauis son tratados ni siquiera como ciudadanos de segunda o tercera clase, sino como auténticos marginales. Cotidianamente son obligados a llevar vestimentas y a desarrollar costumbres marroquíes, no pueden acceder a trabajos formales y, ante el más mínimo indicio de expresión cultural o queja, son perseguidos y encarcelados.
Le sugerimos: La RASD: un país en el patio trasero del desierto (Parte I)
“El pueblo saharaui no está en guerra contra nadie y la defensa ante la violencia no puede ser considerada una agresión. El silencio del mundo con respecto a todo esto es la verdadera guerra que se libra contra nosotros y la cara visible y siniestra de ese silencio es Marruecos. España nos traicionó, alcanzamos a ser la provincia número 53 de ese país, se llevaron todo lo que quisieron, explotaron nuestras costas y nos dejaron el idioma con la falsa promesa del apoyo para la descolonización total. Y un día simplemente nos regalaron, esa es la realidad. Toda nuestra gente que está en los territorios ocupados sobrelleva su propia resistencia, mientras de este lado intentamos no dejar morir la llama de la nación, incluso en este territorio tan complicado que nos ha cedido Argelia, en el que si algo da fruto te sientes realizado, pero si no, no te desanimas y vuelves a intentarlo: eso somos, un pueblo que no se cansa”, dice Paco Sidha, historiador y militar saharaui que está a cargo de cuidar y guiar las visitas en el Museo Nacional de la Resistencia, ubicado en Rabuni, la capital administrativa de los campamentos.
En un rincón sereno, Mama Isa permanece en cuclillas cortando las verduras para la cena. El tintineo de la olla a presión musicaliza el inicio de la noche y el aroma ligeramente terroso y dulce de la carne de camello viaja por la casa. De forma parsimoniosa cuenta que las mujeres saharauis fueron las que levantaron con sus propias manos cada centímetro de los campamentos de refugiados porque los hombres tuvieron que irse a la guerra.
—Acá las mujeres somos el sostén. La cultura saharaui es un matriarcado, pero no es fácil explicarle esto a un mundo que cree que lo único que hay en el islam es machismo. Nosotras mismas tomamos las decisiones que consideramos importantes y sabemos que parte fundamental del ser mujeres consiste en cuidar a nuestras familias y velar por la supervivencia de nuestro país enseñando valores, costumbres, tradiciones y rescatando la historia que nos ha tocado vivir.
—En todos estos años de destierro: ¿alguna tradición se ha perdido?
—Me cuesta saber que no podremos volver al nomadismo después de este sedentarismo que nos fue impuesto.
—¿Qué futuro espera?
—Los humanos son de la tierra donde nacieron, por más de que los obliguen a vivir en la luna. Confío en que alguna generación volverá al Sáhara Occidental y, por medio de ellos, todos regresaremos.
Mama Isa es una mujer grande y fuerte como una ceiba. Las melfas que usa solo dejan entrever la solidez de un rostro sosegado y la pulcritud de unas manos que hablan de su devoción por lo natural. Nació en los campamentos, pero una parte de su familia vive en el territorio ocupado. Este es un tema que no evita, pero que sí le corta la voz hasta el punto de nublarle la mirada. Ya no sabe qué es peor: si estar fuera de casa y no poder regresar o estar dentro de ella con la obligación de asumir la arbitrariedad.
Le puede interesar: La RASD: un país en el patio trasero del desierto (Parte II)
—Hay que seguir sembrando el amor por este país y hacerlo con convicción, incluso cuando sabemos que estamos tan solos…
Además del liderazgo familiar que ejerce, también dedica las mañanas de los lunes, miércoles y sábados a trabajar en la daira Lemsid, a dos kilómetros de su casa. En viejos salones de una antigua escuela y paredes recubiertas de papel regalo con motivos de paisajes londinenses y parisinos, varias mujeres se reúnen para recibir, organizar, repartir y hacer las cuentas de la ayuda humanitaria que recibe la wilaya. A sus manos llegan desde baños y ventiladores, hasta elementos para las cocinas, pasando por productos de aseo, medicamentos, materiales escolares y jaimas.
“Cuando llegan jaimas es mucha felicidad porque es un hogar para alguien que lo necesita. Hasta hace unos 25 años era raro ver casas, todos vivíamos en las jaimas. La jaima es el lugar donde ocurre la unidad de la familia saharaui, es la esencia de nuestra existencia, pero se desgasta muy fácil por el clima que es tan difícil, por eso se empezaron a construir casas de adobe y cemento, pero no fue algo que sucedió de la noche a la mañana, nuestro país vive de la ayuda internacional y cada cosa que tú ves de infraestructura generalmente proviene de afuera”, dice Mama Isa mientras realiza un inventario del último soporte enviado por ACNUR.
Una vez cada dos meses a las oficinas llegan cientos de bultos cargados de alimentos que tienen que ser dosificados y entregados a las familias: arroz, té, lentejas, azúcar, fideos, alubias, aceite, trigo. Raciones que pueden durar hasta 15 días y que representan no solo un gran auxilio para la precariedad que brilla en los campamentos, sino que significa la consolidación histórica de las redes de apoyo que ha logrado construir la RASD. Mama Isa cobra un salario mensual de 2000 dinares argelinos (16 dólares) por su labor y este monto, más los ingresos de su hijo mayor, Hababa, son los que mantienen en pie a la familia.
—Es una lástima que no puedan conocer a Hababa. Es un gran pianista y por eso viaja tanto.
Bamba es el único de toda la familia que nació en el Sáhara Occidental. Tiene 74 años. A los 12 abandonó su país para ir a trabajar a España. No sufrió en carne propia la crudeza del desplazamiento, pero sí recuerda cómo una hermana tuvo que atravesar el desierto con lo puesto, al igual que su padre y dos de sus hermanos huyeron hacia Mauritania. En el territorio ocupado quedó parte de la familia. Los lazos no se rompieron del todo, pero el tiempo cumplió con su deber. Atrás quedó El Aaiún, su ciudad natal, y los recuerdos de la suavidad del mar y sus generosos frutos.
Le sugerimos: ¿Cuba podría tener un levantamiento popular?
Bamba se dedica a labores domésticas como recoger agua, extender y doblar ropas, preparar el té, juntar la comida para las cabras y alimentarlas cada atardecer en el corral familiar. Pese al poderío que sugiere su volumen, la salud interna no le permite trabajar fuera de casa. La espesura y blancura de su barba dejan la sensación de un hombre que lleva pegado al mentón un gran trozo de nieve. Su piel es del color de un habano y el turbante, firme e impoluto, es la principal extensión de su cuerpo.
“Un día todo se puso malo. Nos echaron: ¡váyanse! No los queremos aquí. Así empezó la diáspora. Al lugar que te pudieras ir te tenías que ir o, si tenías un poco de suerte y no te mataban, te llevaban prisionero. Hoy, el encierro no es vivir aquí, el encierro es no poder regresar a nuestra tierra”.
Aunque Argelia lo acogía como refugiado, Bamba siguió viviendo en España: Palma de Mallorca, Madrid, Barcelona, Bilbao, Guijón. Más de dos décadas trabajando en cada cosa que se le presentaba: martillero, albañil, mozo, conductor. Conoció gente de medio mundo, pero lo más espinoso era tener que trabajar con marroquíes: se hacía lo que se tenía que hacer, con el menor contacto posible. Un día se despertó con la nostalgia a tope. Pronto descubrió que se trataba de cansancio y, atendiendo el llamado para la reconstrucción de su país, regresó, pero ya no al Sáhara Occidental, sino a los campamentos de refugiados.
Así fue como a principios de la década del 90 conoció a Mama Isa y, en menos de dos años, se casaron. Como ella vivía en el campamento de Auserd y él en el de Smara, decidieron edificar el nuevo hogar en Bojador.
“Yo conducía un camión cisterna. Llevaba agua a todas las wilayas y un día me tocó ir a la casa de ella, la vi y me enamoré. Al principio daba un poco de miedo: construir una casa en medio del desierto, forjar una familia, pensar en la dignidad y la unidad en una situación de refugio, pero todo se dio como Dios quiso y acá estamos, felices, con lo poco y con lo mucho”.
Bamba se detiene a pensar en la dificultad. Los párpados son pesadas bolsas de sal. Largos silencios atraviesan el relato como si se cruzaran fantasmas en la autopista de su memoria.
“Épocas más difíciles que otras, por ejemplo, cuando me quedé sin trabajo porque llegaron los pozos y empezaron a construir el acueducto en el desierto: ya no me necesitaban porque el agua llegaba de otra manera. También en esos momentos de cambio pasamos veranos enteros en que ni los pozos ni el acueducto funcionaron. No hay palabras para la sed. No fui al ejército porque primero conducía el camión y después una ambulancia que me permitió ver la guerra y la pobreza desde otro lado: soldados muertos y enfermedades que azotaron mi pueblo. Si me hubiera tocado ir al ejército no sabría si estaría contando esta historia. No hay una sola familia saharaui que no haya perdido a alguien en la guerra”.
A pesar de la tensión latente y de algunos esfuerzos mínimos para poner fin a la vulneración del Derecho Internacional en el marco de la ocupación militar, el proceso de paz entre la RASD y Marruecos se ha convertido en un pozo de aguas estancadas. Sus repercusiones trascienden las fronteras del territorio en disputa, afectando no solo las relaciones con Europa, sino también poniendo en riesgo la estabilidad del Magreb. La falta de solución a este conflicto hace que la comunidad internacional sea la responsable por la prolongación de la injusticia contra el pueblo saharaui.
Es nuestra última noche. La luna baja y tiende un manto de luz sobre la oscuridad del pueblo saharaui, la memoria sale del abandono y se convierte en oración. El incienso perfuma el espacio colorido de la jaima familiar y las palabras son pedazos de leña encendida.
—Adiós.
Silencio.
El cielo se hace tangible. El calor se petrifica hasta hacerse brújula.
—Que no se les olvide el camino, dice Mama Isa.
👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.
El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.
Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!
📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com