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Las cicatrices de la esclavitud en Brasil

Las políticas de reparación a las comunidades afectadas por la esclavitud en Brasil están en juego en las próximas elecciones. Denuncias recientes demuestran que, pese a la abolición de esta práctica en 1888, todavía se presentan casos homólogos en el país.

Camilo Gómez Forero

18 de octubre de 2018 - 10:00 p. m.
Las plantaciones azucareras son sitios en donde hay mayor explotación. / AP
Foto: AP - Eraldo Peres
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Han pasado trece décadas desde que Brasil abolió la esclavitud, pero esta práctica parece no extinguirse del todo. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), miles de brasileños viven bajo condiciones laborales degradantes e inhumanas. Las denuncias recogidas, que datan de 2005, revelan que la opresión en el gigante sudamericano persiste. A diez días de elegir al nuevo presidente de la nación, el panorama electoral no es alentador para las minorías afectadas por este problema.

“El discurso conservador, el foco obsesivo en torno a la corrupción que criminaliza la política, la intervención de la religión en el Estado laico, la defensa de la familia tradicional, la homofobia, la violencia urbana y en el campo sofocaron debates realmente importantes”, asegura el profesor Jaques Miranda, de la Universidad Federal del Oeste de Bahía.

En 2017, el candidato a la Presidencia Jair Bolsonaro, ganador de la primera vuelta electoral, declaró que acabaría con los asentamientos donde se refugian los descendientes de esclavos brasileños, porque “obstaculizan la economía nacional”. Los quilombos, como se conocen estos lugares, además de ser el espacio de establecimiento de los esclavos, son una zona de resistencia de la cultura negra en el país.

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“Por otro lado, los intereses corporativos en torno a la tierra, el avance sobre comunidades tradicionales, el acceso y el uso del agua, la explotación de sal y de riquezas minerales, el descontento con las políticas de demarcación de tierras indígenas y de remanentes de quilombos, la política ambiental y la idea del Estado mínimo son sólo algunos tramos de fondo de un nuevo proyecto que gana fuerza. En este modelo, las políticas afirmativas, sobre todo aquellas orientadas a fines de reparación histórica en relación con los negros, están claramente amenazadas”, señala Miranda.

Las declaraciones de Bolsonaro, quien ha sido acusado de racista en repetidas ocasiones, demuestran que, si llega al poder, las políticas que velan por las minorías estarían en riesgo. “Nos asusta el discurso de algunos candidatos que cuestionan los datos históricos sobre la esclavitud en Brasil. Además, el país aprobó un legislativo mayoritariamente conservador y que a pesar de nuestra diversidad étnica, la representatividad de los negros es muy pequeña”, sentencia el profesor.

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“¿Qué deuda de esclavitud? Nunca esclavicé a nadie en mi vida”, afirmó Bolsonaro en una entrevista en julio. Poco después, el excapitán del Ejército insinuó que la culpa de la esclavitud la tenían los negros africanos. Comentarios que llegan cuando se ha demostrado que persisten casos homólogos de explotación laboral en Brasil, el último país de Sudamérica en abolir esta práctica.

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“Mi nombre es Joamar Silva. Soy uno de los 21 millones de personas víctimas de la esclavitud moderna. Comencé a trabajar cortando caña de azúcar cuando tenía diez años. No podía ir a la escuela. Trabajo desde el amanecer hasta que se oculta el sol, y solo tengo unos pocos minutos para almorzar. Quisiera tener un poco más de tiempo, pero tengo miedo de mi jefe”. Este relato, narrado por el actor brasileño Wagner Moura, quien personifica a Pablo Escobar en la serie Narcos, es una de las historias reales que presenta la campaña “50 for Freedom” contra la esclavitud moderna, liderada por la OIT. Al igual que Silva, otros brasileños han sufrido condiciones laborales deplorables. Durante su infancia, Moura fue testigo de cómo la pobreza obliga a los brasileños a trabajar en condiciones de explotación y por ello se unió a la defensa de los derechos humanos para poner fin a la explotación.

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El pasado 5 de octubre, el Ministerio de Trabajo de Brasil denunció a 209 empresas por someter a sus trabajadores a condiciones análogas a la esclavitud. Esta no es la primera vez que se hacen públicas este tipo de denuncias. El último documento publicado señaló que 2.879 brasileños fueron forzados a trabajos con condiciones degradantes en varias compañías, como Spal Indústria Brasileira de Bebidas (subsidiaria de Coca-Cola) y el grupo textil Vía Veneto. En septiembre, el Ministerio allanó la granja Córrego das Almas, en Piumhi, Minas Gerais, y rescató a más de 30 ciudadanos de plantaciones de café —una de ellas certificada por Starbucks— que vivían en condiciones de esclavitud.

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Según las investigaciones, los trabajadores más explotados son los de las clases más pobres y con los menores índices de escolaridad. El Ministerio de Trabajo también reveló que el sector en el que se presentan más denuncias de condiciones similares a la esclavitud es la construcción, seguido de las plantas agrícolas y las haciendas ganaderas. Las minorías, que necesitan más representación en la política y educación para enfrentar este tipo de condiciones, se enfrentan a un candidato que manifestó querer reducir las cuotas afrodescendientes en las universidades y a una minúscula representación en el Legislativo.

“En estas elecciones, sólo 65 escaños de las 1.626 plazas para diputados distritales, estatales, federales y senadores serán llenados por candidatos afrodescendientes. Entre estos, hay también aquellos que ven las políticas afirmativas como forma de racismo. Los tiempos son inciertos”, reitera Miranda.

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Rosa Lidia Morais, voluntaria de la organización Haciendo Paz, explica que, pese a las leyes y la voluntad política del Estado, “la esclavitud moderna en Brasil existirá en tanto amplios sectores sociales sigan viviendo en la miseria”. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación, pese a que Brasil logró sacar de la pobreza extrema al 75 % de la población entre 2001 y 2012, las cifras alentadoras decayeron en 2016 tras la recesión que vivió el país. Se estima que por lo menos un millón y medio de ciudadanos volvieron a la pobreza extrema en 2017.

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Además, se demostró en una encuesta nacional que del total del capital de ingreso que superó los $263.000 millones de dólares en 2017, el 43 % se concentró en el 10 % de la población. Pese a que la comunidad negra es mayoría en el país, está demostrado que ganan menos que los blancos y ocupan menos puestos gerenciales. Sin embargo, en las recientes elecciones se mostró que el debate se concentró en temas diferentes a las necesidades de la comunidad negra en el país.

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“Las frases proferidas por algunos candidatos, naturalizando la tortura, el fusilamiento, la homofobia, la idea de que el trabajador debe elegir más empleos o más derechos, el deseo de reescribir la historia oficial y la vinculación de la corrupción a un partido fueron capaces de dar voz a grupos contrarios a las minorías, ajenos al enfrentamiento con seriedad al tema de la violencia, del tráfico de armas y drogas, de la criminalización de la pobreza y de la propia corrupción, entre otros”, recoge el profesor Miranda.

“La elección brasileña, incluso democrática, puede impactar significativamente en el proceso de desarrollo del país y de toda América Latina. Las debilitadas relaciones de trabajo pueden sufrir más ataques” concluyó Miranda.

Por Camilo Gómez Forero

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