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Para Kate Aronoff, reconocida periodista estadounidense enfocada en la fuente de medioambiente, decirles a las personas “escépticas” que crean en la ciencia es una “mala respuesta al negacionismo”. Pero no lo es porque la ciencia esté mal o haya dejado de creer en ella, sino porque esa es una respuesta insuficiente.
Como dice Aronoff, el negacionismo, sea del coronavirus, del cambio climático o de los beneficios de las vacunas, no ha sido producto de masas escépticas, sino “de élites poco sinceras”. No basta entonces con que la ciudadanía escuche a los científicos y a los expertos cuando aquellos con poder o influencia desinforman de manera activa a la sociedad por intereses personales, políticos o económicos. Otras veces simplemente por egoísmo, falta de empatía o ingenuidad. Es por eso por lo que estas narrativas necesitan ser expuestas y refutadas enfocándose en los hechos y en los personajes que están detrás.
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“Las campañas de desinformación y negación de la ciencia están organizadas por y para intereses particulares, a menudo corporativos, para evitar la regulación, los litigios y la publicidad negativa. Estas campañas están dirigidas al público. Así que culpar a los ‘negadores de la ciencia’ cotidianos ignora la verdadera fuente del problema… en definitiva se necesita la exposición de la fuente de esa campaña. Luego, su mensaje y tácticas a menudo se vuelven tan evidentemente egoístas y engañosas, que la campaña pierde efectividad”, comenta Benjamin Franta, estudiante de doctorado en la Universidad de Stanford que realiza una investigación sobre la historia de la relación de la negación del cambio climático y los productores de combustibles fósiles.
Basav Sen, director del proyecto de Política de Justicia Climática del Instituto de Estudios de Política en Estados Unidos, comparte ese análisis, y agrega que si algo comparten los movimientos negacionistas es “el armamento de la oposición a la ciencia al servicio de las ganancias, sin importar el costo para todos los demás”. Para Sen, “es tentador, pero fundamentalmente incorrecto, atribuir la negación generalizada de la ciencia a la ignorancia y la falta de educación... El hecho de que la negación del cambio climático sea una ideología popular en los Estados Unidos en la actualidad tiene mucho más que ver con esta concentración de poder económico y político que con una difusión de la ignorancia”.
Aunque el “negacionismo” es un término relativamente nuevo, que surgió en Francia en la década de 1980 para describir a aquellos académicos que negaban la existencia del holocausto nazi, este es un fenómeno con siglos de desarrollo. Hay que recordar que en 1633, por ejemplo, Galileo Galilei fue condenado a prisión por aquellos, principalmente miembros de la Iglesia, que rechazaban sus ideas sobre la circunferencia de la Tierra.
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El gran problema del nuevo milenio es que ahora existen herramientas que hacen mucho más sencilla la tarea de desinformar. El virus ya existía, las redes sociales solo lo hicieron más contagioso. Y además de la difusión, son ahora las entidades oficiales y las autoridades las que han contribuido a alimentar esas teorías conspirativas contra la ciencia. Una de las formas de enfrentar la negación de la realidad es desnudando los discursos que promueven el negacionismo.
El diario The Guardian, por ejemplo, ha denunciado que en Estados Unidos compañías como ExxonMobil han financiado protestas para la reapertura persiguiendo sus propios intereses económicos. Donald Trump, por otro lado, no siempre fue un negacionista del cambio climático. En 2009, el ahora presidente estadounidense respaldó las acciones para combatir este problema. Pero cuando comenzó a mostrar interés en la carrera política cambió de parecer y ahora en el poder asegura que el cambio climático no existe. Trump ha emprendido una batalla de desprestigio y censura contra la ciencia cuando esta le lleva la contraria a sus intereses.
Celebridades, deportistas, pero sobre todo políticos, han desinformado a comunidades de todo el mundo ocasionando desconfianza en la ciencia y problemas para toda la sociedad en medio de la actual pandemia. El tenista serbio Novak Djokovic es el caso más replicado por estos días. Además de celebrar de manera inoportuna un torneo de tenis y una fiesta en medio de la coyuntura actual, donde él, su esposa y otros invitados terminaron contagiados de COVID-19, Djokovic manifestó estar en contra de las vacunas hace solo unas semanas. Puede que no sea un político o un experto, pero sin duda es una persona influyente. Y este tipo de conductas en una persona tan influyente como él solo alimentan el discurso de los negacionistas y profundiza la brecha de la desconfianza hacia los científicos y expertos.
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El negacionismo de los antivacunas, por ejemplo, también tiene características de ingenuidad por parte de las personas. Alan Levinovitz explica en su libro “Natural: cómo la fe en la bondad de la naturaleza conduce a modas dañinas, leyes injustas y ciencia defectuosa”, que las personas tienden automáticamente a concluir que los tratamientos naturales o alternativos son mejores porque provienen de la naturaleza, lo que los lleva a preferirlos por encima de tratamientos científicos comprobados.
“Los movimientos antivacunas son una amenaza de salud pública. En varios países hay evidencia de sus efectos sobre la recirculación de varios agentes. Por décadas, los investigadores ignoraron esos discursos y no los confrontaron en el debate público, ahora vemos las consecuencias”, comenta Julián Fernández Niño, doctor en epidemiología y divulgador científico.
Es a través de debates y descomponiendo estas narrativas que la ciencia puede ganar la batalla contra el negacionismo. La academia temía que la corrección podría contribuir a difundir información errónea a una audiencia más grande, pero estudios recientes no han hallado mayor evidencia de que la verificación tenga un efecto contraproducente.