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De los relatos de ficción cualquier audiencia curiosa puede sacar alguna útil lección. Es el “enseñar deleitando” o el “deleitar aleccionando” del que hablaban los clásicos. Nuestros acelerados tiempos permiten un acceso a ingentes cantidades de ficción con las que divertir y, quizá, dar a conocer algo interesante.
Supongo que en el torrente de ficciones culturales disponibles nadie del Gobierno del presidente Duque hizo cuenta de las películas Selma (Ava DuVernay, 2014) y Joker (Todd Phillips, 2019), de las que algunas buenas lecciones hubieran podido sacar sobre cómo actuar ante formas de protesta legítimas y legales.
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El filme Selma sigue a Martin Luther King y el grupo de activistas que en 1965 marcharon entre las localidades de Selma y Montgomery para exigir que se hiciera efectivo el derecho al voto de la población afroamericana de Alabama. El gobernador de ese estado, George Wallace, en el bando de la segregación, identificó la marcha como un riesgo de orden público. La conclusión fue una violenta carga de la policía local contra los manifestantes y lo que se conoce en Estados Unidos como Domingo Sangriento. La vía represiva no había dado respuesta a nada y se había usado para coartar de facto los derechos que existían de iure. Así, los tribunales y el gobierno del presidente Lyndon Johnson tuvieron que intervenir, tanto para garantizar la celebración de nuevas marchas, amparadas por la ley y con seguridad para los participantes, como para que finalmente se aprobara la Ley de Derecho al Voto de 1965. Al final el gobernador Wallace fracasó totalmente. Ni evitó las marchas ni evitó que los afroamericanos pudieran votar. Ese es su sitio en la historia.
Si en el entorno del presidente Duque se conociera o la película o, mejor, el hecho histórico al que esta se refiere hubieran comprendido que ante una expresión de descontento que es justa, legítima y que usa vías legales lo mejor es apoyarla y lo peor reprimirla y, de no apoyarla, como mínimo garantizar los derechos a la protesta y manifestación.
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Porque cuando la posibilidad de manifestación pública con los medios que el sistema democrático ofrece se angosta y se identifica como peligroso se arroja a los descontentos en la dirección de los que prefieren llevar la protesta a las vías de hecho. Es algo que aparece diluido y de fondo en la reciente película Joker. Lo peor, al final, no es que el gobierno Duque no tenga aficionados al cine, sino que tampoco hay interés por comprender la reciente historia de Colombia. Porque esto ya se ha visto antes.
Historiador e Internacionalista - @mbenlaz