Con conflictos que azotan unos 50 países, guerras arancelarias convirtiéndose en la nueva norma (anormal) y cifras de crecimiento económico mundial que van camino de ser las más bajas en generaciones, no parece que haya mucho que festejar de cara a 2026. La única certeza es que vivimos con una creciente falta de certezas. La única predicción realista tal vez sea que ya no podemos predecir nada. (Lea la primera entrega de Pensadores globales 2026)
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Por debajo de las tensiones y turbulencias de este tiempo, hay tres cambios inconfundibles que están creando un terreno nuevo pero todavía inestable: el paso de un mundo unipolar a otro multipolar; de un orden basado en reglas a otro basado en el poder; y de un discurso político inspirado por la apertura económica a otro que insiste en el proteccionismo, el mercantilismo y políticas industriales con énfasis en la seguridad nacional. Ahora la economía está supeditada a la política y no al revés.
Respecto de cómo cambiará el mundo en 2026 y en los años posteriores, las opiniones son muy variadas. Al alejarnos de las certezas de un mundo unipolar, ¿veremos un regreso a la competencia de grandes potencias y a las esferas de influencia, el surgimiento de un esquema de «un mundo, dos sistemas» dominado por China y Estados Unidos, o simplemente un período de desorden caótico?
Lo que está claro es que todos los pilares del orden global que hemos conocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial se están desmoronando. Esto incluye la adhesión al Estado de Derecho, los derechos humanos y la democracia (en este momento hay en el mundo 91 autocracias, pero sólo 88 democracias), así como a la cooperación multilateral, la ayuda humanitaria y la custodia del medioambiente.
Estos cambios radicales traen consigo una forma de nacionalismo agresiva y cada vez más autoritaria, que ha ocupado el lugar del neoliberalismo como ideología dominante de nuestro tiempo. El chovinismo étnico provoca violaciones cada vez más patentes del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos, no sólo en la guerra de Rusia contra Ucrania, sino también en las cada vez más numerosas guerras civiles (en Sudán y Etiopía, por nombrar sólo dos) y en otros conflictos transfronterizos. De modo que visto con la perspectiva de fines de 2025, parece que esta década será recordada por una pandemia global, la primera guerra librada por una gran potencia en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, la matanza de Medio Oriente, una crisis climática que se profundiza y el desorden.
Pero no hay que olvidar que en 1941 (cuando el fascismo había hundido al mundo incluso más que hoy en la desesperación y la guerra), ocurrió algo inesperado. Estados Unidos y Gran Bretaña sentaron los principios que servirían de base a un nuevo orden mundial para la posguerra. Y al poco tiempo, muchos otros países se comprometieron a apoyar la Carta del Atlántico, que estableció el marco para el nacimiento de Naciones Unidas, la creación de las instituciones de Bretton Woods, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el Plan Marshall. ¿Podría ocurrir algo similar ahora?
En un mundo fracturado, no sorprende que los votantes estén cada vez más preocupados por su supervivencia y seguridad en el día a día. Pero lo llamativo es que a pesar de este giro, también comprenden el efecto creciente que tiene sobre sus vidas la dinámica internacional más amplia. Son mucho más conscientes que nunca de la conexión entre lo que ocurre en la comunidad local y lo que ocurre en el nivel mundial, y hay una mayoría convencida de que mientras se cumplan ciertas condiciones, ayudar a los demás es un buen modo de ayudarse a uno mismo.
Qué piensa la gente
Estas y otras conclusiones surgen de una encuesta reciente de Focaldata, en la que participaron unos 36 000 adultos de 34 países. Por supuesto, si uno piensa en las noticias publicadas desde enero (en particular, la cobertura continua de las guerras comerciales), es comprensible que dos tercios de los encuestados sean conscientes de que decisiones tomadas en otros lugares están afectando sus vidas. Asimismo, ya que todavía no han pasado tres años desde el final de la pandemia de COVID‑19, cerca del 77% de los encuestados sigue atento a lo que ocurre en el área de la salud mundial. Pero una clara mayoría también es consciente de cómo la afecta el cambio climático (58%, cifra que sube a 63% entre los encuestados más jóvenes) y las disrupciones en el suministro de alimentos (55%).
Estos sentimientos no son necesariamente resultado de un idealismo cosmopolita ingenuo, sino reflejo de realidades prácticas. Lo que más preocupa a las personas es que sus necesidades básicas estén satisfechas. Saben que la cooperación puede ser fuente de seguridad, por ejemplo, en el suministro de agua y alimentos (la máxima prioridad para el 40% de los encuestados) o en la mitigación de la pobreza y la desigualdad (elegida por el 38%, con apoyo mayoritario en África subsahariana). También saben que es necesario proteger los derechos humanos (37%), dar apoyo al empleo (36%) y promover la salud y respuestas eficaces al cambio climático (prioridades absolutas en el sur global, y sobre todo en Asia).
Algunos comentaristas sostienen que el mundo actual se divide en localistas y globalistas, entre personas con apego a «algún lugar» y otras con apego a «cualquier lugar», pero la gente en general no lo ve así. La mayoría está a favor de cooperar para afrontar desafíos globales, incluso si eso implica pasar a segundo plano algunos intereses estrictamente nacionales.
El apoyo a la cooperación como forma de obtener prosperidad, paz y estabilidad compartidas es mayor en África subsahariana (68%) y en Asia oriental y meridional (64%), lugares donde estos objetivos corren más peligro. En cambio, en el norte de Europa (donde el nacionalismo populista llevó a partidos de ultraderecha a encabezar muchas encuestas de opinión), sólo el 57% afirma estar dispuesto a sacrificar intereses nacionales para obtener los beneficios de la cooperación mundial.
Pero incluso en Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump, así como en los países europeos donde los partidos nacionalistas populistas lideran las encuestas de opinión, hay más gente a favor de la colaboración con otros países que a favor del aislacionismo. Sólo los nacionalistas más intransigentes comparten la visión de suma cero en la que la prosperidad personal y nacional tiene que ser a expensas de otros. Este grupo sólo constituye el 16% de la población mundial (pero el 25% de los estadounidenses).
Los internacionalistas comprometidos (ese 21% que el filósofo Kwame Anthony Appiah denomina cosmopolitas con raíces) consideran que la cooperación transfronteriza mediante la apertura comercial es un juego de suma positiva. La inmensa mayoría está en algún punto intermedio: ni nacionalistas aislacionistas estrechos de miras ni cosmopolitas a ultranza. Son patriotas, pero no se ven como parte de una batalla interminable entre «nosotros» y «ellos».
La mayoría silenciosa del multilateralismo
Podemos preguntarnos, pues, cuánto apoyo hallaremos a la cooperación internacional. ¿Prefiere la mayoría intermedia un mundo con obligaciones o sin ellas? ¿Y qué obligaciones está dispuesta a aceptar más allá de la puerta de casa, del límite de su ciudad o de la frontera nacional? Una parte (22%) apoya el alivio de padecimientos a través de la acción humanitaria, la acción altruista y la provisión de ayuda de emergencia en zonas de desastre. Son lo que podríamos llamar «multilateralistas de las buenas causas»: sienten el dolor ajeno y creen que hay algo más grande que ellos mismos.
Hay un segundo grupo (también un 22% del total) compuesto por «multilateralistas pragmáticos» que quieren garantías de que los impuestos pagados para financiar el desarrollo internacional se gastarán bien. Si la dirigencia no muestra resultados, darán la cooperación por fracasada y la rechazarán. Un tercer grupo (el 21%) está formado por «multilateralistas interesados» que apoyarán la cooperación si ven que redunda en beneficios para ellos y para sus comunidades (por ejemplo, garantizando el suministro de alimentos o la paz y la seguridad).
Esto implica que la cooperación debe tener raíces en la vida cotidiana. Si la dirigencia política demuestra que la cooperación mundial beneficia a las comunidades locales, estas apoyarán los esfuerzos multilaterales. Pero el proceso no puede ir del ámbito mundial hacia el nivel local. Más bien, debe partir de que la gente se pregunte qué implican los acontecimientos mundiales para sus vidas cotidianas.
Hoy las dificultades del día a día (imposibilidad de acceder a productos básicos, riesgo de pérdida de empleo, malas condiciones sanitarias, inseguridad alimentaria, amenazas a la seguridad personal) definen la agenda pública en todas partes. Si la cooperación internacional no consigue aliviar estas cargas, se quedará sin ningún apoyo.
Para revivir la cooperación multilateral no se necesita un aval indiscriminado a las instituciones multilaterales. Pero contra las críticas al multilateralismo que surgen del movimiento de «Estados Unidos primero», la confianza global en la Organización Mundial de la Salud llega al 60% (71% en África), y el 58% de las personas confía en Naciones Unidas (un nivel de apoyo del que carece la mayoría de los gobiernos nacionales). En nuestra encuesta, ninguna gran potencia (ni Estados Unidos, ni la Unión Europea, ni China, ni Rusia) obtuvo la confianza de más de tres de cada diez personas en todo el mundo. Pero hay que decir que la confianza en las instituciones financieras internacionales (viejas defensoras de la globalización) es mucho menor, lo que refleja el ascenso en Europa, el Reino Unido y Estados Unidos de un nacionalismo populista convencido de que, aunque la globalización fue competencia libre para todos, no fue competencia justa para todos.
¿Qué conclusión extraer de todo esto? En primer lugar, que hay una clara mayoría dispuesta a movilizarse no sólo a favor de la ayuda humanitaria (siempre que el dinero se gaste bien), sino también a favor de acciones globales en lo referido al cambio climático y la prevención de pandemias. La clave está en presentar las políticas en términos de un «interés propio ilustrado», esto es, como un instrumento que hará posible la obtención de beneficios recíprocos y mutuos.
Pero como ya hemos dicho, la situación es frágil. El apoyo a la cooperación multilateral podría desaparecer de un día al otro si llegara a verse como un despilfarro de recursos escasos. Necesitamos «victorias» visibles que impliquen aumentar la calidad o la seguridad de la vida cotidiana. Y si una mayoría aplastante coincide en que ningún país podrá resolver por sí solo los más grandes desafíos que enfrenta el mundo, eso debería dar a los líderes actuales un mandato para emprender acciones colectivas.
Subyace a todo esto la necesidad de un nuevo orden mundial basado en valores que, a la manera de la Carta Atlántica, establezca objetivos internacionales y locales. Aunque la consigna «mi tribu primero» no tenga buena acogida en la mayoría de la gente si significa aislamiento en vez de cooperación, debemos ofrecer una alternativa potente que le dé a la gente lo que la gente más valora. Entonces podremos iniciar el proceso de reconstruir el orden mundial sobre una base de derechos (políticos, económicos, civiles), Estado de Derecho, democracia, sostenibilidad ambiental y paz.
Y las últimas encuestas ofrecen un dato importante, que puede orientarnos en la búsqueda de superar las turbulencias del momento. A pesar de tanto fragor de rivalidad y guerra, la gente no pide retirada; pide esperanza. En dieciocho de las economías más grandes del mundo, el concepto que surge como indicador más claro de una cooperación internacional eficaz no es la fuerza o el interés propio, sino la visión: casi cuatro de cada diez personas dicen que cooperar significa acordar un plan a largo plazo para la paz y el progreso. La misma proporción desea que la cooperación se guíe por valores basados en la creación de confianza y la paz. Incluso en una era que es frecuente identificar con la política de suma cero, la gente todavía quiere que sus líderes expresen una visión compartida de lo que podemos lograr juntos.
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