Durante más de diez años, gran parte de Occidente ha venido reflexionando sobre cómo gestionar la inevitable subordinación de Ucrania a Rusia. Es cierto que hemos dicho que apoyamos a Ucrania. Es cierto que hemos dicho que apoyaremos a Ucrania el tiempo que sea necesario. Y, sin embargo, hemos fracasado sistemáticamente a la hora de brindarle el apoyo que necesita para ganar. Incluso hemos desalentado repetidamente a Ucrania de utilizar sus propios recursos de la forma más eficaz posible para defenderse. (Lea otra entrega de Pensadores globales 2026, sobre el futuro de Oriente Medio).
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Es hora de cambiar ese paradigma poco entusiasta. Tenemos que reconocer que Ucrania puede ganar y que una victoria ucraniana redunda en beneficio del Occidente geopolítico (y si no lo creemos, deberíamos decirlo). Y luego tenemos que diseñar un plan para una victoria ucraniana.
Nuestro derrotismo comenzó con la invasión de Crimea en 2014, cuando Occidente les exigió a los ucranianos que se retiraran y aceptó tácitamente el control ruso de la península. En vísperas de la invasión a gran escala de 2022, nos preparamos para apoyar una larga guerra de guerrillas ucraniana contra la ocupación rusa y fuimos cautelosos a la hora de entregarle al gobierno ucraniano armas que, suponíamos, solo caerían en manos rusas. Cuando los tanques del Kremlin cruzaron la frontera, ofrecimos al presidente Volodymyr Zelensky una vía de escape para que pudiera liderar el gobierno de Ucrania en el exilio.
Incluso después de que el pueblo ucraniano demostrara que tenía la voluntad y la fuerza para no dejarse vencer, hemos dudado colectivamente en darle las herramientas que necesita para ganar. Peor aún, incluso advertimos a los ucranianos que no utilizaran sus propias armas con el máximo efecto.
Es hora de dejar de equivocarnos. Es hora de dejar de conformarnos con el estancamiento y de planificar la finlandización. Ucrania puede derrotar a Rusia, y los aliados de la OTAN y nuestros socios asiáticos serán más fuertes si lo hace. Por lo tanto, ya es hora de planificar el éxito.
Luchar para ganar
Todo comienza con la capacidad de Ucrania para la victoria. Desde el inicio de la guerra, Ucrania ha superado sistemáticamente las expectativas occidentales. Kiev no ha caído. Ucrania, sin armada propia, ha destruido gran parte de la flota rusa del Mar Negro y ha quebrantado su bloqueo marítimo. Ucrania ha privado a Rusia del control del cielo. Y Ucrania ha mantenido a Rusia en un punto muerto efectivo sobre el terreno: de hecho, Ucrania hoy controla más territorio propio que inmediatamente después de la incursión rusa a gran escala.
Ucrania, un país de 40 millones de habitantes con una economía del tamaño del estado norteamericano de Nebraska, resiste ante Rusia, con sus 144 millones de habitantes, una producción petrolera equiparable a la de Arabia Saudita y el segundo ejército más poderoso del mundo, por la misma razón por la que los aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial. Ucrania es una democracia, cuyos ciudadanos, altamente motivados y con una buena formación, se niegan a ser derrotados.
En la práctica, esto significa que el futuro de la guerra se está inventando en el frente de batalla de Ucrania y por tecnólogos que trabajan en sus ciudades extraordinariamente vibrantes. Ucrania se ha convertido en el principal inventor, productor y usuario de drones del mundo, y desarrolla constantemente nuevos modelos y técnicas. Tras reconocer que el camino hacia la victoria debe incluir ataques con misiles que lleven la guerra a casa del pueblo ruso —por ejemplo, destruyendo refinerías de petróleo— y que afecten el arsenal militar y las industrias de defensa de Rusia, Ucrania está desarrollando y construyendo sus propios misiles.
Ucrania puede hacerlo porque ésta es una guerra popular. Las donaciones civiles son una fuente importante de apoyo para el ejército, y las brigadas autoorganizadas, que compiten por atraer soldados y apoyo financiero, son responsables de su propio abastecimiento y, a menudo, fabrican sus propias armas.
Occidente nunca ha llegado a percatarse de la fuerza de Ucrania porque todavía, en gran medida, seguimos siendo esclavos de una especie de orientalismo de la Guerra Fría. Nuestros guías intelectuales en la guerra son, en su inmensa mayoría, estudiosos de Rusia y del Kremlin, no de Ucrania. Nuestros ejércitos están liderados por generales que dedicaron sus años de formación a aprender a contrarrestar la amenaza rusa. Incluso más de 30 años después del colapso de la Unión Soviética, nos resulta difícil asimilar plenamente la realidad sobre el terreno: que lo que creíamos el segundo ejército más fuerte del mundo hoy es el segundo ejército más fuerte de Ucrania.
La única excepción a esta visión limitada proviene de los países que formaron parte de la Unión Soviética o del Pacto de Varsovia. Ellos comprenden el poder ruso —y su debilidad— profunda e íntimamente, tras haber aprendido la lección por las malas, tanto desde dentro como desde la periferia. Entienden que Ucrania puede ganar, y que su victoria nos conviene. Deberíamos escucharlos con mayor atención y humildad.
Lo que está en juego en la victoria y la derrota
El verdadero interrogante no es si Ucrania tiene la capacidad de ganar, sino si eso es lo que queremos. Deberíamos. La victoria de Ucrania beneficia inequívocamente a Europa. Una Ucrania victoriosa sería el escudo y el arsenal de Europa. Las innovadoras industrias de defensa y doctrinas militares ucranianas son clave para el rearme de Europa. Una Ucrania fuerte que proteja el flanco oriental de Europa es la mejor garantía de que Europa nunca necesitará utilizar las armas que hoy construye en una guerra de autodefensa.
Una Ucrania fuerte también beneficia a Estados Unidos. Por un lado, los compromisos de Estados Unidos con la OTAN lo obligan a defender a sus aliados europeos, y la forma más eficaz y económica de hacerlo es permitir que Ucrania lo haga. Por otro, el éxito de Ucrania es la mejor forma de limitar a China. Un consenso bipartidista en Estados Unidos sostiene que China es el principal rival geopolítico del país. La forma más segura de frenar el expansionismo territorial chino es mediante el efecto de la demostración del fracaso de Rusia en Ucrania. La provocación más segura para el expansionismo chino es que la invasión rusa tenga éxito.
Existe, por supuesto, otra posibilidad. Podría ser que, en realidad, no queramos que triunfe Ucrania. La realidad es que Ucrania puede ganar. Quienes se autodenominan realistas y afirman lo contrario están optando, en realidad, por un mundo donde gane el presidente ruso, Vladimir Putin. Deberían ser lo suficientemente transparentes como para decirlo y explicar por qué.
Qué es lo que hará falta
Si queremos que Ucrania gane —y deberíamos quererlo—, un plan para el éxito ucraniano empieza por las armas. Ucrania ha resistido durante tanto tiempo gracias a su propia innovación militar y al armamento procedente de Occidente. Para poner fin a la guerra, necesita misiles para llevar la guerra a Rusia; drones, robots e IA para seguir combatiendo por mar, tierra y aire; y defensas antimisiles para proteger las ciudades y la red energética de Ucrania de los ataques rusos.
Ucrania nunca ha pedido tropas extranjeras sobre el terreno, a diferencia de Rusia, que ha recurrido a los soldados ilotas de su aliado norcoreano. Pero podríamos ayudar a Ucrania a poner fin a la guerra suministrándole las armas que necesita ahora para hacer retroceder a Rusia: misiles Tomahawk estadounidenses o misiles Taurus alemanes, y el apoyo de inteligencia para atacarlos; apoyo de inteligencia y cadena de suministro para sus cazas teledirigidos; y más Patriot y otros sistemas de defensa antiaérea.
Los misiles occidentales ayudarían a Ucrania a poner fin a la guerra lo más rápidamente posible —como argumentó Zelensky sin éxito durante su visita de octubre a la Casa Blanca. Pero el dinero es tan importante como las armas y, en muchos sentidos, su sustituto.
La producción nacional de armas ucranianas está limitada financieramente: una instalación ucraniana de drones que visité este otoño operaba a solo el 60% de su capacidad porque carecía de los recursos para comprar insumos y pagar a los trabajadores que producían a plena capacidad. Y el apoyo militar occidental a Ucrania se ve limitado más por el dinero que por la voluntad política.
La administración del presidente Donald Trump ha dejado claro que las armas estadounidenses para Ucrania deberán ser financiadas por Europa. Para los europeos, quienes generalmente coinciden en que su propia seguridad se ve reforzada por una Ucrania fuerte, esto convierte el desafío en algo principalmente económico. En un momento en que las economías europeas se enfrentan a duras restricciones presupuestarias —y en el caso de países como Francia, políticamente paralizantes—, incluso cuando los votantes exigen más medidas para abordar la crisis del costo de vida, encontrar fondos para Ucrania es un desafío político endiablado incluso en las capitales europeas más motivadas.
Por eso es tan importante la propuesta del canciller alemán, Friedrich Merz, de utilizar los activos congelados del banco central ruso como garantía de un préstamo de 140.000 millones de euros (162.000 millones de dólares) a Ucrania. Esto les permitiría a los líderes europeos apoyar el esfuerzo bélico ucraniano sin poner en peligro sus propias finanzas nacionales ni obligar a sus votantes a hacer concesiones indeseadas. Gracias a la impresionante y creciente capacidad de producción militar ucraniana y a la voluntad de Estados Unidos de vender armas a Ucrania, el dinero podría ser la principal respuesta a los innumerables desafíos militares del país.
Como ventaja adicional, usar activos rusos para respaldar a Ucrania reforzaría un principio poderoso e importante: el agresor paga. Este enfoque tiene sentido para los contribuyentes occidentales, y adoptarlo contribuiría a disuadir a futuros invasores.
Por último, lo que Ucrania necesita es un futuro. Esta guerra no se trata solo, ni siquiera principalmente, de mantener la línea del frente en el Donbás, ni de mantener la luz y la calefacción encendidas en el país este invierno. Los ucranianos luchan por un futuro como democracia soberana y segura, con una vía para sumarse a la Unión Europea y la prosperidad que promete.
Los ucranianos votaron por este futuro en su referéndum de independencia de 1991. Por eso anularon unas elecciones amañadas con la Revolución Naranja de 2004. Por eso volvieron a protestar en el Maidan en 2014, cuando se bloqueó su camino hacia Europa. Y por eso se resisten hoy a Putin. Los ucranianos luchan porque quieren lo que nosotros tenemos: democracia capitalista y la oportunidad de determinar su propio destino, en sus hogares y en su país.
Los ucranianos también reconocen que la lucha contra la corrupción en el país es tan esencial para ese futuro como la lucha en el frente contra Rusia. Por eso volvieron a las calles este verano para insistir en la necesidad de investigadores anticorrupción independientes y transparentes. Y con razón.
Desde 1991, cada vez que Ucrania ha dado un paso hacia un futuro democrático y soberano, el Kremlin lo ha socavado, primero con sus intentos de sobornar a los gobiernos ucranianos y después con las invasiones de 2014 y 2022. Así que, aunque las líneas del mapa que Zelensky y Trump discutieron en la Casa Blanca este otoño son importantes, lo que importa aún más es aceptar esa visión ucraniana, así como la pertenencia a la UE y las garantías de seguridad que permitirían su realización.
Los ucranianos conocen su propia historia. Por eso saben que esta guerra solo puede terminar cuando cuenten con las fronteras, el ejército y las alianzas necesarias para disuadir nuevas agresiones rusas y brindarles a sus hijos un camino hacia la prosperidad que han visto construir a sus vecinos de Polonia y los países bálticos.
No deja de ser irónico que los ucranianos se desangren y mueran por la democracia occidental y la UE en un momento en que tantos están perdiendo la fe en ambas. Pero lo están haciendo. Y han demostrado que pueden ganar. Ayudarlos a lograrlo también nos hará más fuertes a nosotros.
* Copyright: Project Syndicate, 2025. www.project-syndicate.org