Desde el ataque de Hamás contra Israel, el 7 de octubre de 2023, Oriente Medio enfrenta su crisis más grave y trascendental en décadas. La atroz acción de Hamás demostró que no había dejado de ser una grave amenaza para la seguridad de Israel, y la reacción del gobierno israelí activó una serie de conflictos que han sacudido la región. (Lea más análisis de Pensadores Globales 2026).
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La última guerra en Gaza produjo un profundo desastre humanitario, cuyo impacto se sentirá mucho después del fin de los combates. Además, el conflicto se convirtió enseguida en una guerra más amplia entre Israel y el “Eje de la Resistencia” centrado en Irán, con lo que Líbano, Siria, Yemen, Irán e incluso Catar se volvieron frentes de batalla. Israel se anotó importantes victorias en todos ellos: aplastó a Hamás, derrotó a Hezbolá (con la eliminación de sus altos mandos), redujo en gran medida la influencia de Irán en el Levante y causó importantes daños a la infraestructura militar y nuclear de la República Islámica.
Tras el ataque israelí contra objetivos de Hamás en Catar, en septiembre, Estados Unidos empezó a presionar por un alto al fuego en Gaza. Pero con o sin alto al fuego, Israel seguirá persiguiendo objetivos cada vez más amplios, y redibujará al hacerlo las fronteras en Cisjordania, el sur de Líbano y el suroeste de Siria, en formas que pueden aumentar la fragmentación de sus vecinos. A todos los efectos, el “Eje de la Resistencia” ha dejado de ser la grave amenaza que era. En su ausencia, el Levante se está convirtiendo en un maleable “eje de minorías”, donde facciones alauitas, drusas, maronitas, chiíes y suníes compiten entre sí dentro de una esfera de influencia israelí en expansión.
De modo que el equilibrio de poder regional anterior a 2023 está cambiado. La guerra no solo empoderó a Israel y debilitó a Irán, sino que también redujo el papel de Estados Unidos y de los factores de poder árabes de la región. Aunque al final Estados Unidos y sus aliados lideraron una iniciativa para el cese de las hostilidades en Gaza, no está claro que el alto al fuego y el intercambio de prisioneros produzcan un acuerdo de paz viable; y en su defecto, cómo se restablecerá la estabilidad regional o qué aspecto tendrá un nuevo orden regional. Hasta donde alcanza la vista, Oriente Medio se dirige a un tiempo de conflicto prolongado y caos latente.
Israel primero
Las acciones bélicas de Israel no sirvieron a ningún objetivo político que pueda unir la región o fomentar alianzas. Su definición de estabilidad regional está vinculada a la propia supremacía militar. Pero es un error pensar que sus capacidades inigualadas constituirán una base viable para un orden regional. Es más probable que la búsqueda israelí de supremacía choque con nuevas y diferentes formas de resistencia que agravarán el conflicto en curso.
El involucramiento de Estados Unidos en Oriente Medio desde el ataque de Hamás fue esporádico y en gran medida reactivo. Su visión para la región no se adaptó a los cambios en su dinámica. Durante la primera presidencia de Donald Trump, Estados Unidos creyó que la estabilidad regional podía basarse en las monarquías del golfo, con su vasto potencial económico. Luego la administración Biden amplió esa visión, con el argumento de que si los Acuerdos de Abraham (que normalizaron las relaciones entre Israel y varios países árabes) se podían ampliar para incluir a Arabia Saudita y otros actores, sería posible una integración regional mediante el trazado de corredores comerciales entre Asia y Europa. El esquema daría un impulso a las economías árabes, al tiempo que marginaría a Irán y sus clientes.
Los funcionarios estadounidenses siguen invocando esta visión, aunque fue una de las primeras víctimas de la guerra en Gaza. Israel no ve la interdependencia económica y la integración regional como garantías de seguridad, ni tiene mucha fe en la posibilidad de un acuerdo político negociado con otros actores regionales. Su objetivo es aprovecharse de sus ventajas militares para eliminar cualquier amenaza.
Como es comprensible, esta postura preocupa al resto de la región, temerosa de que si Estados Unidos no interviene, Israel siga buscando objetivos maximalistas. El principal podría ser una “resolución” unilateral de la vieja cuestión palestina, con la anexión de Cisjordania y Gaza, y el exilio forzado de numerosos palestinos residentes en esos territorios. Pero esa estrategia no implica ninguna solución real a los problemas de seguridad a largo plazo de Israel. Aunque no debería gobernar una población palestina inquieta, lindaría con un mundo árabe más inestable y hostil.
Entre otras cosas, expulsar a los palestinos y anexarse Gaza y Cisjordania pondría en peligro los tratados de paz de Israel con varios países árabes, además de aumentar la inestabilidad política en Egipto y Jordania, que por mucho tiempo han sido cruciales para la estrategia de seguridad israelí. Las ondas expansivas de Gaza y Cisjordania sumirían a la región en territorio desconocido.
La relativa calma que hoy impera en gran parte del mundo árabe sería reemplazada por agitación social persistente, crisis políticas y violencia extremista. La supremacía militar de Israel no ofrecería una solución a estos problemas. Por el contrario, el uso del poder de fuego israelí solo alentaría la indignación popular y debilitaría a los regímenes locales que tratan de contenerla.
Los acontecimientos en Líbano y Siria sirven de muestra de la inestabilidad que acecha a la región en general. Desde la derrota de Hezbolá (Líbano) y la caída del régimen de Assad (Siria), los dos países están divididos en regiones minoritarias autonomistas, algunas de las cuales ahora están bajo ocupación (tal vez permanente) por parte de Israel (y Turquía, en el caso de Siria).
En Siria, los alauitas, los drusos y los kurdos se resisten a que se consolide el poder del nuevo gobierno. Con recuerdos aún frescos de la barbarie del Estado Islámico, estas comunidades minoritarias temen que los otrora rebeldes que ahora gobiernan en Damasco sigan siendo yihadistas suníes fanáticos que en cuanto afiancen su control volverán a las andadas. Un temor que incluso está presente en la política de Irak, donde milicias chiíes que antes lucharon contra el Estado Islámico ahora están en alerta máxima frente al ascenso suní en Siria.
Las mismas preocupaciones también informan los cálculos de Hezbolá. Esta organización (mezcla de milicia y partido político) no confía en Israel, pero también está cada vez más preocupada por la guerra civil en Líbano y por una intervención de fuerzas suníes desde Siria. De modo que el Levante enfrenta una nueva ronda de política sectaria. La ampliación de la guerra en Gaza no solo hizo posible esta fractura, sino que Israel considera ventajoso alentarla, ya que supone que comunidades sectarias y étnicas enfrentadas no plantearán una gran amenaza. Pero es una apuesta arriesgada. El caos en el Levante puede darle a Israel un alivio temporal, pero también puede poner en riesgo la estabilidad en el resto de la región, con consecuencias para Turquía, Europa y, en última instancia, Israel.
Un pulpo en la habitación
Israel siempre consideró a Irán como la principal amenaza contra su seguridad; la cabeza de un pulpo cuyos tentáculos se cerraban a su alrededor. Por eso los israelíes tomaron la calculada decisión de continuar el ataque a Hezbolá con otro contra Irán. En junio, una campaña de bombardeos israelíes mató a numerosos mandos militares iraníes y causó graves daños en sus instalaciones militares y nucleares. A continuación, Estados Unidos bombardeó las instalaciones nucleares iraníes más protegidas, con la esperanza de poner fin al programa nuclear iraní para siempre.
Pero la República Islámica resistió los ataques, y el futuro de su programa nuclear es incierto. Durante esta breve guerra, Irán logró causar daños importantes dentro de Israel con andanadas de misiles crucero, hasta que Estados Unidos intervino para pedir un frágil alto al fuego. Irán terminó debilitado, pero el conflicto no cumplió las expectativas israelíes. Israel todavía está empeñado en lograr sus objetivos bélicos, y para Irán es imperioso recuperar el poder de disuasión. Esto deja amplio margen para una reanudación del conflicto el año entrante.
Consciente de que no puede confiar únicamente en sus misiles para disuadir futuros ataques israelíes, Irán intentará mejorar las relaciones diplomáticas con sus vecinos árabes, pero también es posible que procure aprovechar el caos que la política israelí está sembrando en el Levante. Puede ocurrir que a Israel le resulte difícil aislar a Irán y al mismo tiempo perseguir sus objetivos bélicos en Gaza y el Levante. Y por supuesto, una continuidad de intercambios militares entre Israel e Irán puede debilitar la estabilidad regional que las economías del golfo necesitan para prosperar.
Todo esto se desarrollará en el contexto de un tenso enfrentamiento por el programa nuclear iraní. En septiembre, las potencias europeas reimpusieron sanciones a Irán que se habían suspendido con la firma del Acuerdo de 2015. Este hecho cambia por completo el contexto en el que Estados Unidos e Irán habían manejado el atasco por el programa nuclear en el pasado. Sin una vía diplomática que permita invertir el rumbo, será más probable una nueva guerra entre Irán e Israel, o incluso entre Irán y Estados Unidos en el golfo.
Realineamientos
De modo que Oriente Medio está entrando a un período de gran incertidumbre. Israel ha demostrado capacidad para hacer valer su superioridad militar al servicio de objetivos estratégicos, pero no está dispuesto a aprovechar este momento para colaborar con los actores regionales en la configuración de un nuevo orden político, ni podrá mantener su estrategia actual por tiempo indefinido. Su agenda no tiene respaldo de ningún aliado regional, y ya está peleando en demasiados frentes y creando más inestabilidad de la que puede manejar solo.
De hecho, de cara a 2026, la estrategia de Israel alentó al resto de la región a unirse para frustrar sus planes, ya que para muchos en el mundo árabe Irán no es una amenaza tan urgente. Los temas que más importan a los estrategas regionales son el futuro de los palestinos, la inestabilidad en el Levante y que Israel esté dispuesto a usar su poder militar incluso contra países amigos en el golfo.
En general, Estados Unidos ha dado vía libre a Israel para librar sus guerras como le parezca oportuno. Pero el ataque contra objetivos de Hamás en Catar siembra dudas sobre el compromiso de Estados Unidos con defender a sus aliados regionales (al menos si caen en la mira de Israel). Es probable que las garantías de seguridad dadas por la administración Trump a Catar no hayan servido para calmar estos temores, visto el desdén que manifiesta Trump por garantías similares dadas a otros aliados.
Esta constatación está alentando a los aliados árabes de Estados Unidos a cubrir sus apuestas. Por ejemplo, Arabia Saudita respondió con la creación de una alianza de seguridad con Pakistán, algo que tal vez imiten otros actores regionales (de Irán a Turquía) que también buscan alternativas estratégicas.
Los aliados árabes de Estados Unidos esperan que el gobierno estadounidense sea consciente de los peligros inherentes a un orden regional dictado por Israel. Intentarán convencer a Trump de que apoye una visión alternativa de un orden regional basado en acuerdos diplomáticos y económicos inclusivos. La iniciativa de Trump por un alto al fuego en Gaza es una victoria importante, pero todavía dista de ser preanuncio de un compromiso estadounidense creíble con la restauración del orden en la región. Por el momento, la región busca a tientas formas de contrarrestar a Israel mediante la creación de alianzas por encima de divisiones políticas e ideológicas, y buscando el apoyo de China y Rusia.
El conflicto que comenzó el 7 de octubre de 2023 provocó grandes cambios en Oriente Medio, y estos todavía no terminan. Pero pueden pasar años antes de que el resultado final y el costo total estén claros.
* Copyright: Project Syndicate, 2025. www.project-syndicate.org.