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Como un veterano de guerra que muestra las cicatrices de su torso para constatar su valentía y fortuna, los japoneses exhiben platos rotos remendados con oro para enseñarnos a valorar lo imperfecto. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Cuando un plato o jarrón de gran valor se rompe, se le somete a la técnica del kintsugi (unión dorada), que consiste en restaurar cubriendo las fisuras con polvo de oro.
Según la versión más divulgada, el kintsugi actual se originó en este archipiélago en el siglo XV, cuando una valiosa taza china para el té se rompió y fue enviada al vecino país para su reparación.
El resultado fue una taza cuyos trozos habían sido unidos con grapas de metal, dándole el aspecto de un recipiente arañado por los apéndices de un voraz crustáceo.
Descontento con la reparación, que no le pareció ni estética, ni práctica, el dueño de la taza, el shogun Ashikaga Yoshimitsu (1358-1408), pidió a sus artesanos idear un método más sutil y elegante.
Sin disfrazar el daño, los artesanos unieron las piezas usando un aglutinante de laca mezclado con polvo de oro.
Las suturas doradas del kintsugi se podían interpretar como un mapa, un camino, un recorrido fluvial o el dibujo de un relámpago.
Aunque remendar platos rotos no era ninguna novedad, seguir usando con fines prácticos o decorativos un utensilio restaurado, coincidió con los principios de la filosofía zen de apreciar lo defectuoso, reciclar las cosas viejas y aceptar la transitoriedad de la vida.
Los jarrones y platos rotos de kintsugi se convirtieron en cotizadas piezas y hoy existen coleccionistas de kintsugi en todo el mundo.
Son una minoría exquisita que sorprende a sus paisanos con un movimiento estético difícil de apreciar en culturas donde los platos rotos invocan la mala fortuna, y las cicatrices y los remiendos despiertan conmiseración o provocan caídas de precio.
El concepto de resiliencia implícito en el kintsugi, fue apropiado en occidente por autores de libros de autoayuda, gurús de podcasts, consejeros sentimentales y hasta sacerdotes católicos que proclaman a Dios como el único con el poder aglutinante para remendar almas destrozadas.
Rupturas, divorcios, desavenencias, fracasos y descalabros de todo tipo han sido convertidos en oportunidades de oro para recurrir al concepto del kintsugi como una forma novedosa de aplicar la tenacidad presente en la sabiduría popular de todo el mundo en frases que describen las cicatrices como el mapa de nuestras vidas.
En Japón, los diligentes artesanos de kintsugi reciben a diario en sus talleres restos de vasijas, tazas y jarrones llevados por clientes predispuestos a encontrar belleza en lo defectuoso y que quieren tener en su casa una muestra palpable de que todos merecemos una segunda oportunidad.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.