Al anunciar el Nobel de la Paz para el grupo que representa a quienes sobrevivieron las dos bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre Japón en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, el comité noruego subrayó su labor en “ayudar a describir lo indescriptible”. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
El eufemismo se refería al horror inevitable que producían muchos de los relatos de aquellos que sufrieron los dos primeros ataques nucleares (y hasta ahora los únicos) sobre población civil, en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
Además de calcinar con su destello decenas de miles de personas, la onda expansiva de las bombas dejó cientos de irradiados que se arrojaban a los ríos con la esperanza de contener la súbita deshidratación. Por las calles devastadas se formaban fantasmagóricos desfiles de seres irreconocibles con el cuero cabelludo desprendido tapándoles la cara, alguno con un ojo colgando de la órbita y los brazos extendidos hacia adelante para evitar que los jirones de piel derretida se le pegaran al cuerpo.
Con el lema de evitar que una tragedia similar se volviera a repetir, los supervivientes, llamados en japonés “los irradiados” (hibakusha), estuvieron siempre prestos a relatar sus macabras memorias delante de grupos de estudiantes, turistas, periodistas o políticos. Si la ocasión requería un mensaje más visceral, muchos estaban dispuestos a mostrar su piel acorazada por las repetidas capas de piel usadas para cubrir cuerpos que habían sido despellejados por el calor.
En Estados Unidos el holocausto nuclear fue visto como el merecido castigo para el beligerante enemigo nipón, una victoria sin precedentes de la tecnología militar y la única solución que evitó mayores bajas en ambos bandos.
Para Japón, la derrota de un gobierno ultranacionalista y la instauración de una Constitución con una cláusula pacifista que prohibía el rearme para luchar en guerras de agresión, dieron paso a la democratización y a una vertiginosa reconstrucción económica sin precedentes en la historia.
Los irradiados pasaron a ser una minoría estigmatizada por el temor a las mutaciones genéticas y, pese a tener que sufrir las secuelas de la radiación, se comprometieron a divulgar sus testimonios para intentar abolir las armas nucleares y que nadie volviera a experimentar su indecible calvario.
En las últimas décadas los asilos de Hiroshima y Nagasaki reciben irradiados, algunos de ellos nonagenarios que sufren el deterioro de la memoria y para los cuales el Nobel llega tarde, pues pronto dejarán este mundo si ver cumplido su sueño de un mundo sin armas nucleares.
La idea utópica de la defensa desnuclearizada es el tema de numerosos ensayos publicados por instituciones y organismos como las Naciones Unidas mientras las bombas atómicas siguen encabezando el catálogo de las amenazas letales.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.