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Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.
Gonzalo Robledo *, Tokio @RobledoEnJapon

Raptar mujeres en el país derrotado para solaz sexual de las tropas victoriosas es una práctica tan vieja como la guerra y, en Japón, algunos soldados estadounidenses la perpetúan en la isla de Okinawa. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Pese a ocupar menos del 1 % del territorio nipón, Okinawa aloja el grueso de los 54 mil efectivos estadounidenses que desde el final de la Segunda Guerra Mundial se empezaron a instalar en bases militares de todo el archipiélago.
Muchos viven acompañados de sus familias en bases aéreas o navales donde tienen supermercados norteamericanos, hospitales norteamericanos, instalaciones deportivas norteamericanas y restaurantes norteamericanos. Algunos se adentran en la vida civil okinawense, consiguen pareja y se casan con una mujer local.
Entre los que se quedan por fuera de esa ecuación están las manzanas podridas que ofenden, raptan y violan mujeres. Aunque no existe una estadística concluyente, el diario militar estadounidense Stars and Stripes calculó en 2024 en más de 140 los casos de soldados americanos implicados en agresiones sexuales desde 1972.
El más grave se registró en 1995 cuando tres soldados de apellidos Gill, Harp y Ledet secuestraron a una niña okinawense de 12 años, le vendaron los ojos, la amordazaron y le golpearon la cara y el abdomen antes de violarla.
Los tres estuvieron bajo custodia en su base militar y el caso produjo indignación, una protesta de 85.000 personas y el cuestionamiento de las alianzas militares entre Estados Unidos y Japón. Finalmente fueron entregados a las autoridades japonesas, juzgados y condenados a menos de diez años cada uno.
Entre las razones originales para justificar la masiva presencia norteamericana en Japón figura el temor a la expansión del comunismo en un vecindario que incluía a China, la Unión Soviética y la península coreana, cuya parte norte se escindió en 1948 y dio lugar a la primera dinastía hereditaria de un Estado comunista.
Muchos propietarios okinawenses reciben pagos de alquiler por los terrenos que ocupan las instalaciones estadounidenses y miles de habitantes nativos tienen empleos fijos sirviendo a las tropas extranjeras. La queja más presente es el ruido de los continuos despegues y aterrizajes de aviones de combate en pistas situadas en medio de algunas ciudades.
Tras el final de la Guerra Fría gana fuerza el argumento de que las bases militares de Estados Unidos en Japón son la mejor disuasión contra el expansionismo chino.
La condena de siete años al cabo norteamericano de 22 años Jamel Clayton por agredir, lesionar e intentar violar a una mujer de unos 20 años, anunciada en 2025, fue el recordatorio más reciente para los habitantes de Okinawa de que la amenaza del desenfreno sexual del ejército que hoy es aliado sigue latente.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.
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Felipe(94028)•Hace 1 hora"Pantaleón y las visitadoras". En la historia de Vargas Llosa, los soldados peruanos se aliviaban con meretrices colombianas. Colombia es un gran exportador de cocaína, malandros y meretrices, orgullo nacional que debiera promocionar el doctor Makanaky, nuestro embajador en Tokio, primer afrocolombiano que domina el japonés.