El demoledor impacto del doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5, que con una diferencia de apenas 39 segundos sacudió este miércoles al norte de Venezuela, ha dejado a la capital del estado de La Guaira en una situación de desastre absoluto.
Mientras los equipos de socorro buscan supervivientes entre edificios colapsados y mamposterías fracturadas, la comunidad científica y los archivos históricos recuerdan que la devastación del litoral central no es un hecho fortuito. En el año 2000, el profesor Jesús Delgado de la Universidad Central de Venezuela lo denominaba como “la crónica de una muerte anunciada”.
La combinación de una geología sumamente inestable, fallas tectónicas hiperactivas y una preocupante vulnerabilidad constructiva convirtieron a esta estrecha franja costera en el escenario ideal para una catástrofe de gran magnitud.
El suelo de La Guaira: una trampa de sedimentos y rellenos
De acuerdo con las investigaciones del profesor Delgado, magíster en Protección del Patrimonio Histórico en Zonas Sísmicas, la ciudad de La Guaira no está asentada sobre roca firme y estable. Por el contrario, esta se sitúa sobre depósitos aluviales que dejan las acumulaciones de sedimentos arrastrados por los ríos desde las montañas y sobre laderas compuestas por rocas metamórficas altamente meteorizadas y fracturadas.
A esto se suma un factor crítico en la infraestructura moderna. La zona del puerto y la neurálgica avenida Soublette, que conecta el extremo este de la Autopista Caracas-La Guaira con las poblaciones de Maiquetía, están construidas sobre material de relleno. Así que cuando las ondas de los sismos del miércoles golpearon estos suelos de textura gruesa y depósitos sueltos, se desencadenaron fenómenos geomórficos altamente destructivos.
El terreno perdió su firmeza porque empieza a comportarse como un líquido pesado, haciendo que los cimientos de los edificios pierdan su sustento instantáneamente. El suelo se desplaza horizontal y verticalmente, agrietando de forma irreversible las columnas y bases de las edificaciones que se mantienen en pie.
El corredor de fallas: San Sebastián y Macuto
El Observatorio Nacional de Sismos (Funvisis) recuerda que el 80 % de la población venezolana vive en zonas de alta amenaza sísmica. La Guaira se ubica en el epicentro de este peligro, justo en la zona de contacto entre la placa tectónica del Caribe y la placa Sudamericana.
El límite tectónico está gobernado en el litoral por la falla de San Sebastián, que discurre de este a oeste justo frente a las costas guaireñas.
“Esta falla fué la que produjo el terremoto de Caracas de 1967″, señaló el profesor Delgado.
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Al sur de la ciudad, enclavada en las montañas, corre de forma paralela la falla de Macuto. Al activarse el sistema sismogénico este miércoles, la liberación de energía superficial fue directa y sin amortiguación, sacudiendo las estructuras de forma trepidante y consecutiva en menos de dos minutos.
Vulnerabilidad urbana y construcciones comprometidas
El caso del Aeropuerto Internacional de Maiquetía es el reflejo de cómo la mampostería y los techos de grandes luces sufren ante aceleraciones sísmicas severas. Aunque las terminales no colapsaron en su totalidad, el desprendimiento masivo de fachadas falsas y divisiones internas obligó al cierre inmediato de la terminal aérea más importante del país.
Finalmente, nos encontramos con sectores históricos y populares como El Guamacho, fundado originalmente sobre el cono de deyección del río Osorio, es decir, sobre acumulaciones de depósitos aluviales.
Como advirtió el profesor Delgado en su texto “Amenazas ambientales de origen natural en la Guaira”, el crecimiento urbano descontrolado obligó a construir viviendas directamente sobre las laderas de la Serranía Litoral o invadiendo los cauces torrenciales.
Estas edificaciones, levantadas con precaria estabilidad estructural, sufrieron de manera simultánea el embate del sismo y los movimientos de masa, como la caída de bloques rocosos, dejando un saldo de destrucción habitacional que las autoridades aún intentan cuantificar en medio del colapso de las comunicaciones.
“Es imprescindible iniciar una campaña con los habitantes del sector, para que se tomen ciertas medidas por parte de la comunidad, que ayuden a mitigar esta situación”, escribía Delgado hace 26 años. Sin embargo, sus llamados de atención no fueron escuchados.
Durante las últimas décadas, los millonarios presupuestos aprobados para planes de ordenamiento territorial, canalización de quebradas y reforzamiento sismorresistente de sectores críticos terminaron perdiéndose. No se ejecutaban correctamente.
La ausencia de una fiscalización real permitió que se siguieran otorgando permisos de construcción en terrenos no aptos o que el Estado simplemente ignorara la proliferación de asentamientos informales en laderas de alta peligrosidad.
Hoy, la falta de inversión en el mantenimiento de infraestructuras clave y la inexistencia de sistemas de alerta temprana accesibles para la comunidad evidencian el costo humano de la desatención estatal.
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Al cerrar la jornada del miércoles, el gobierno encargado de Venezuela ya hablaba de un saldo de 36 muertes y más de 700 heridos.
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