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hace 11 horas

En el Bar-bajacob (Cuentos de sábado en la tarde)

Los que pasan de la funeraria al bar Bar-bajacob casi nunca extienden su estancia más allá de dos o tres copas en ese sitio y por lo general, la mayoría prefiere hacerse en la barra opuesta, sobre los cristales con vista a la calle que acaban de cruzar.

Cortesía

Todo el secreto de la vida se reduce a esto: no tiene sentido;

pero todos y cada uno de nosotros le encontramos uno.

Cioran

Abandonados inconscientemente al hechizo de la música, entre sorbos y sorbos de distracción, los luctuosos visitantes fijan sus ensombrecidos ojos sobre aquel edificio fúnebre y sin querer se echan a suspirar hondamente, inexpresivos y lejanos, hasta que algo muy crudo, muy despiadado y lamentable, los obliga a despertar y pagar la cuenta. Entonces se les ve retornar, más livianos e ingrávidos, a la angustia de sus tristes horas y como si rebobinaran el tiempo, salen por donde entraron a desandar sus pasos rumbo al encaramiento de todos sus males.  

Si está interesado en leer otro texto de esta serie, ingrese acá: Héroe (Cuentos de sábado en la tarde)

Sobre la misma estrecha calle del Bar-bajacob y después de 9 de la noche, los asistentes del último culto evangélico marchan en discontinuo, a pocos metros de distancia frente al bar. 

Es extraño que aquellos hombres que cocinan biblias en sus axilas y que son capaces de meterse dentro de un saco y corbata en noches tan calientes y tan sólidas como un tizón incandescente, jamás se les haya visto poner un solo pie aquí adentro, ni siquiera para cambiar un billete. 

Muy diferentes son esas mujeres a las que ellos acompañan servilmente a coger un taxi o un bus. Las he visto furtivas, haciendo robo de miradas y parpadeando en clave misteriosa ese viejo juego antiverbal del cambio de luces. 

Hay noches en que encuentro a las feligresas (féminas o felinas peligrosas) deseosas de pasar a conocer el lugar. Quizá, con sed y hambre de acercarse y preguntar por el placer mismo de preguntar, de bella a bestia, de ángel a demonio y sin saber quién es quién ¿por qué bebemos y fumamos tanto? ¿Ud. lo sabe?

Una voz dañada me sugiere que sus ojos atentos y brillantes no resisten la tentación de observar detalladamente a estos ebrios libidinosos que hace tiempos fueron arrojados a una desmesura tal, que las desnuda en un mutismo tan abyecto que solo se aplaca si se ingiere espuma de cigarrillo y aires de cerveza.

Me cuestiono calladamente cuál bando cederá ante el otro en esta silenciosa cruzada platónica ¿Será que ellas nos seducen primero y nos sientan a rezarle al viejo dios de su iglesia? o ¿quizá alguno entre nosotros, alguien con mucha suerte y suficiente confianza en su teología de cantina, consiga que una sola de aquellas «feligresas» se emborrache en una de nuestras caóticas misas cantando y bailando nuestros sagrados credos?

Si está interesado en leer más relatos de esta serie, ingrese acá: Casi pájaros (Cuentos de sábado en la tarde)

De nuevo estoy en la barra y hago una seña que le indica a J que me hace falta una fría. Pienso en la funeraria, en la iglesia y en este pequeño bar, cuya estancia en esta vieja calle se insinúa como una intrusión desafiante a las otras dos instituciones que parecen primas no muy lejanas de la naturaleza taciturna que muchas veces embarga a estos lugares. Pienso en Daniel Santos y En el juego de la vida.

J vuelve a pasar junto a mí con cinco jarras rebosantes de espuma fresca rumbo a la mesa 8 del bar, y desde la esquina izquierda me indica con un preciso guiño “Ya voy”. 

Hay mujeres esperando a usar el baño. Dos revisan sus respectivos celulares y una de ellas mira por segunda ocasión a donde me encuentro sentado, levemente inclinado hacia atrás, levitando sobre mi alto taburete.

El aire acondicionado huele a cerveza rancia y a ropa vieja. A encierro. La madera de la barra es pegajosa y abundan las huellas en forma de aros que dejan las jarras de cristal. Seguro se trata de algún caldo de bacterias que ha sobrevivido a borracheras anteriores. 

“Y qué más”, me pregunta J que ha intuido el cruce de miradas entre la chica que espera su turno y yo. Me hace saber que el nombre de aquella mujer es L. 

J sigue hablando sobre cuándo y cómo se conocieron mientras pone una cerveza negra y desbordada al alcance de mi mano que no titubea en hacerla rodar por mi garganta. “¿Por qué?”, le cuestiono a J. “¿Por qué? ¿qué?”, alega ella y otra vez se retira con un nuevo cargamento cervecero. Esta vez no me fijé a cuál de las mesas iba. 

La morena de afro rubio y ojos claros que antes me había mirado desde la puerta del baño ahora pasa por encima de mí simulando ignorar mi presencia. Va de camino a la misma mesa en la que J acaba de entregar las jarras llenas y en donde conversa y ríe por un momento con los que allí se encuentran. 

La he seguido con los ojos para detallarla mejor. La que se llama L abraza por la espalda a J, se saludan y de inmediato L encuentra su lugar en la mesa 5, justo al centro del estridente local. 

Giro y enderezo mi cuerpo para ver una pelea de boxeo en el televisor que flota sobre los dispensadores de cerveza rubia, roja y negra, dejando a mis espaldas el escenario que hace un instante contemplaba.

Alguien llega y comienza a hablar. Con el rabillo del ojo veo que se trata de E que acaba de pararse frente la barra preguntando por un asiento libre.

No me ha visto pero en cuanto se percata de que estoy a solo tres silenciosos bebedores de distancia, estira el brazo frente a sus narices para darme la mano en calidad de saludo. Correspondo con gusto. Sin embargo, pienso confusamente que con un “¿Todo bien?” habría sido suficiente. E  llegó de paso a cobrarme unos billetes.

“Porqué me la quieres presentar”, retomo el hilo de nuestra intermitente conversación viendo cómo virutas van de lado a lado en el fondo de mi sucia jarra. “¿No la quieres conocer?”, dijo J en tono seco, preparando una orden de nachos con queso. 

El bar estaba colmado y todavía no eran las 10. La otra chica que trabaja en el bar de jueves a sábado no había llegado esa noche. El boleo es brutal e implacable, pero J sortea bien el fuego cruzado de órdenes y pedidos que disparan desde las 8 mesas que caben dentro de estas cuatro paredes. 

Ella con beatitud atiende solicitudes de canciones flojas. Sirve las cervezas y las lleva hasta las mesas sin dejar de recargar los vasos de quienes estamos a la barra. J tiene la misma agilidad y destreza que una trapecista rusa porque realiza maniobras y operaciones aritméticas mientras entrega facturas y regresa vueltos sin dejar de anotar cada fría a la cuenta de cada quien; sin omitir una sola, ni a favor ni en contra. 

J me había contado que estando en Bogotá trabajó en el San Café, en el Trementina, el Black María y el Bukowski. Algo así como los peores locales de jazz y rock en la capital y en los que lidió, más de lo que le habría gustado, con borrachos y fantoches a los que siempre debía que cobrarles con cara dura lo mucho o lo poco que se tomaban.  

“Todavía no te digo que no quiera conocerla”, le contesté “Tengo ganas de saber por qué me la quieres presentar”. Volví a abrir mi boca y le pasé mi jarra vacía. Ella jaló la palanca del dispensador y la cerveza se estrelló con fuerza en el fondo del recipiente. Me miraba con cierto reproche cuando suspendió el chorro, cuando el preciado líquido llegó a ras. “La del afro rubio y ojos claros ha estado preguntando por ti”. Volteé a verla en mesa 5 y la vi risueña.

Bebí varios sorbos meditando el asunto en el que sin proponérmelo daban vueltas las miradas incendiarias de las «feligresas».

Desde mi puesto abarcaba todo el perímetro teniendo a L en el centro del mismo, como el punto de fuga sobre el cual no cesaba de hacer venir mis ojos. 

Ese bar, el Bar-baJacob, no tiene noches establecidas para congestionarse en horas de embotellamiento eufórico y delirante. Sin embargo, hacia la medianoche de ese jueves de mediados de marzo que ya  traía a cuestas el pánico de los primeros brotes de la peste localizados en Bogotá y Cartagena, uno a uno o en tropillas comenzaron a desalojar el recinto aquellos a quienes el inicio de la alta noche los obligaba a abandonar ―bien porque con eso habían  tenido suficiente o por compromiso a las medidas de aislamiento social que la ley ya comenzaba a supervisar de cerca― las calles desastradas del centro de Barranquilla, de donde hace décadas se esfumaron para no regresar jamás, los últimos cafés literarios y nidos de perdición bohemia que alguna vez prosperaron aquí. El Bar estaba casi baldío y J y L hablaban cada una desde su lado de la barra a la luz de unas cervezas rubias que ingerían con sugestiva suavidad.  

Las esteras del Bar-bajaco se bajaron estrepitosamente acallando el espantoso silencio de las luces despedidas por la desolada funeraria y haciendo eco en los desconchados campanarios de la vieja iglesia que desde la esquina que daba al viejo cuartel, dominaba a ultranza la madrugada de aquel deshabitado escenario. 

Borracho como me encontraba no tuve cabeza para dirigirle una sola palabra a la del afro rubio y ojos claros. Con un “Hola” habría bastado para que ella me respondiera receptivamente. Quizá hoy estaría abrazado a su cuerpo fatigado de tanto sexo, tibio y siempre deseable en vez de venir a refugiarme a las teclas de este obsoleto computador.

Ahora, en medio de esta cuarentena obstinada y de un soberbio virus que nos acecha a la vuelta de la esquina con puñal en mano, presiento que se entreteje el fin de una era en que de una misma jarra de cerveza podíamos beber, francamente, más de dos o tres amigos. 

A lo mejor en otro mundo alterno sí lo hice, si le hablé. De pronto en aquella dimensión nunca ha cerrado el Bar-bajacob y la del afro rubio y ojos claros y yo seguimos bailando hasta el amanecer, casi muertos de la risa y engullidos por el recuerdo de viejas canciones.

 

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2020-04-04T18:32:43-05:00

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2020-04-04T18:40:55-05:00

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Leydon Contreras Villadiego

Cultura

En el Bar-bajacob (Cuentos de sábado en la tarde)

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