Por capítulos

La certeza de la paz

Este relato hace parte del libro del Centro de Pensamiento y Seguimiento al Diálogo de Paz de la Universidad Nacional de Colombia: “Por el agujero de la memoria construyendo Paz: Narrativas del censo socioeconómico de las FARC – EP”.

Cortesía

I. Los militantes del camino que se abre

Una esquirla hizo que Jhon perdiera un ojo durante un bombardeo ocurrido en la madrugada. Ese día lo capturó el ejército y lleva 4 años en la cárcel. Dice que no se arrepiente de ser guerrillero, porque vio la miseria de su gente.

“El día más feliz de mi vida fue cuando decidí luchar por mi pueblo, sentirme revolucionario”. Se expresa así mientras el color azul de su ojo izquierdo destella. Luego conversa sobre la precariedad de la salud en prisión, sobre todo, de quienes tienen lesiones permanentes producto de la actividad guerrillera.

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El de Jhon es uno de los tantos relatos condenados a la indiferencia. Una sentencia al olvido, porque enseñaron que el único objeto de odio debía ser la guerrilla. Nunca se oyó que todo era humano, demasiado humano, como decía Nietzsche. Y que detrás de toda acción, había una protesta, un fragmento de la historia irresuelto. Tiempo atrás, aquel conservador Laureano Gómez persiguió liberales y comunistas en el campo. Con sus tropas chulavitas, su gobierno auspició el régimen de La Violencia en Colombia, cuyo legado está vivo. 

Por eso, a don Asdrubal le gusta hablar de Marquetalia. Su veterana voz empieza a cantar Operación Marquetalia. Recuerda que aquel 27 de mayo de 1964, los 16 mil efectivos del ejército iban muy bien armados:

 -Levaban hasta bombas con veneno como napalm. Y la bacteria de la viruela negra. Toda la operación fue contra 48 campesinos que tenían el nombre de maquetalianos, con armas rudimentarias y nada de finanzas.  El napalm hizo que salieran unas tiras de carne en los pies que las bautizaron espuela de gallo y se curaban con las plantas de yuyo.

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(Extraña la rutina de caminar y hacer ejercicios diarios tiene la guerrilla en la cárcel. Es la razón por la que todos allí están acostumbrados a algún entrenamiento deportivo.) 

Don Asdrúbal termina de contar que al finalizar la Operación Soberanía, los 16 mil efectivos del ejército estatal no acabaron con los 48 combatientes campesinos. Entonces, los marquetalianos decidieron que los ancianos, niños y algunas mujeres se refugiaran en la selva. El de personas se convertirían en las FARC. El 20 de junio de 1964, expidió el Programa Agrario de los Guerrilleros de Marquetalia.

Ahora, llega el turno a la paz. El testimonio del perdón y la reconciliación. La clave será escuchar, comprender y detener aquel legado de odio. 

En general, los lugares asignados a los excombatientes de las Farc en las cárceles conservan un espíritu de trabajo colectivo. Todos se distribuyen equitativamente las tareas. Absolutamente nada es descuidado. Es preciso mantener pulcro el lugar y seguir el mandato básico que aprendieron en la guerrilla de no consumir cualquier sustancia psicoactiva, aunque pueden fumar cigarrillo. En muchos casos, como ocurre en otra cárcel que conocí, la de Cúcuta, el líder hace hasta de consejero espiritual. Todos coinciden en que solo a él le confían sus más íntimas preocupaciones. 

Muchos han aprovechado sus visitas conyugales para convertirse en padres. Prefieren conquistar a las mujeres cocinando. Todos los hombres saben y practican el arte culinario. Un pequeño homenaje al poeta comunista, Pablo Neruda:

(…) el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria.

El agotamiento físico y el desgaste emocional son más notorios en cárceles como las de Acacias y Palogordo, Girón. Allí, los hombres están totalmente devastados. La visita del grupo de censistas ha dejado varias porciones de alegría y esperanza.  Fue en la colonia agrícola de donde un preso confesó que en 16 años de prisión había intentado suicidarse varias veces:

-No tengo miedo de morir afuera, porque estar acá en la cárcel significa que uno ya está muerto. Nadie imagina lo que es estar aquí.

Dijo Iván, quien estaba a cargo de la cocina. Sueña  con cultivar una huerta orgánica.  

Sucede que el miedo por la seguridad personal y familiar habita en los excombatientes. Pero prefieren ser optimistas, repetir la certeza de la paz. En ese momento, un pequeño resplandor brota de su mirada, contagia cada movimiento, palabra y se transforma en una fuerza desmedida. Es decir, se es testigo del nacimiento de la paz.

Pintar, tejer, realizar artesanías, crear accesorios de bisutería son algunas de las actividades que han aprendido en prisión. Muchos validaron el bachillerato allí. Escribir se convirtió en un hábito diario, y gran parte de la historia de sus vidas está en cuadernillos desgastados. 

En general, la ‘guerrillerada’ aprendió a leer en la insurgencia. Carlos confiesa que allá se dio cuenta de que lo suyo era “escribir y el teatro”. Cuando recuerda Tibú, sonríe mientras narra un suceso, el de la obra de teatro sobre La Maldición de Malinche. Mientras asistían a la clase en la que contaban esta historia, decidieron representarla e improvisaron los uniformes de los conquistadores europeos y norteamericanos con algunas ramas y tapas de ollas. Con costales, personificaron los indígenas explotados. Y cuenta que el resultado fundamental de este episodio fue el olvido de la cultura nacional de los pueblos latinoamericanos y su fascinación por la cultura extranjera. 

-Allá estudiábamos mucho. Se debe estudiar para saber lo que significa el materialismo histórico.

El nombre asignado a la obra fue Donde empieza la lucha por la liberación de los pueblos. Todos reían, actuaban, cantaban o aplaudían. Es decir, todos aprendían y hacían de la educación un campo de combate, como diría Estanislao Zuleta, “Una educación que permita y fomente el desarrollo de la persona, es decir, que las posibilidades de desarrollo del individuo no estén determinadas por el mercado”.

El olor favorito de Carlos es la flor de cayena, típica del carnaval de Barranquilla. Ama la canción andanza caucana, de Cristian Pérez. Y se siente feliz porque por primera vez viajó en avión en su misión de monitorear y verificar el cese al fuego. 

La determinación de escribir ocurrió al descubrir una columna del escritor Fernando Araújo Vélez (2014):

(…) Un​ ​proyecto​ ​distinto,​ ​nocturno​ ​ojalá,​ ​casi​ ​imposible,​ ​para permanecer​ ​en​ ​el​ ​mundo​ ​con​ ​una​ ​obra,​ ​la​ ​que​ ​sea.​ ​Para​ ​dejar​ ​una​ ​huella.​ ​Para​ ​que con​ ​los​ ​años​ ​un​ ​descendiente​ ​escarbe​ ​y​ ​descubra​ ​que​ ​su​ ​bisabuelo​ ​dedicó​ ​sus​ ​más preciadas​ ​noches​ ​a​ ​construir​ ​una​ ​obra,​ ​y​ ​que​ ​la​ ​obra​ ​era​ ​él​ ​en​ ​sus​ ​carencias​ ​y​ ​en​ ​sus ilusiones,​ ​en​ ​sus​ ​cualidades​ ​y​ ​en​ ​sus​ ​defectos,​ ​en​ ​sus​ ​miedos​ ​y​ ​su​ ​atrevimiento.​ ​Él en​ ​su​ ​más​ ​auténtica​ ​versión.

Un​ ​proyecto​ ​para​ ​soñar,​ ​para​ ​imaginar​ ​que​ ​aquellos​ ​que​ ​pasaron​ ​por​ ​encima nuestro​ ​se​ ​retuercen​ ​al​ ​ver​ ​que​ ​somos​ ​felices​ ​con​ ​ese​ ​proyecto,​ ​y​ ​más​ ​felices​ ​aún, con​ ​nuestra​ ​venganza (…)

Al terminar de leer,  consagró su horario nocturno a construir su obra. Está escribiendo los capítulos de una novela. Aunque aún no descifra el título, desea que describa los más bellos paisajes de la selva e historias de la guerrillerada. Que estos  se conviertan en vida y literatura. 

Jhon, Asdrúbal, Carlos ven por primera vez con optimismo la posibilidad de hacer realidad su partido político, sin armas:

-Que Colombia cambie con este proceso en realidad; que no haya más muertes por culpa del conflicto. Y nos respetemos como colombianos.

Se sienten entusiasmados, porque firmarán un hogar. Dicen que seguirán cultivando árboles, cuidando los caudales de los ríos y protegiendo la vida en la selva. Sus ancestros campesinos los convencen de que la protección de la biodiversidad es una obligación de la especie humana.

II. Somos mujeres, somos paz. 

“Deberás saber que los libros están hechos de papel, que el papel se hace con la madera y la madera viene con los árboles. Es decir, somos los árboles quienes contamos las historias de la tierra”. Y así como empieza el cuento de Malaika, la Princesa, empieza la historia de Eliana, que también la de las mujeres en la guerra. 

Aprendió a habitar por los silencios de la selva con su colosal fusil, sin entorpecer el camino de sus cortas piernas de 13 años de edad. Entró por convicción propia, aunque también en ella residiera el legado de su padre, un campesino caucano del partido comunista. Nadie en su familia sabía que él era militante. 

-Nunca nos dijo que era del partido. Pero yo lo sabía. Mi papá siempre fue perseguido por eso. De nuestra finquita del Valle del Cauca, nos sacaron y nos fuimos al Urabá. Tengo el recuerdo de una noche en la que los paramilitares se llevaron a papá con los demás hombres, los encerraron para matarlos a todos. A la mañana siguiente, mi mamá me tomó entre sus brazos para implorar que lo soltaran. Nos sacaron de allá. Entonces, mamá tuvo que criarnos sola, pero extrañaba mucho a papá. Luego supimos que papá se había salvado, porque aunque las balas lo golperaron, se hizo pasar por muerto. Escapó lleno de sangre y esperó en la carretera al bus del pueblo. No querían llevarlo, porque nadie podía desobedecer a los paras, pero papá convenció al conductor y duró años de pueblo en pueblo sobreviviendo a la muerte, aunque muy malherido. Pero esos hombres lo alcanzaron ya viejo, muy pobre y solo. Luego de entrar a la guerrilla sólo pude verlo una vez más. 

Al terminar su relato, Eliana lloró en silencio.  

A punto de cumplir 36 años, Eliana dice que sospechaba que a los campesinos pobres y comunistas los perseguían hombres poderosos y se adueñaban de sus tierras. Un día, sus dos hermanos mayores desaparecieron y supo que se habían ido a la guerrilla. Estaba convencida de entrar a las FARC -EP. Suplicó y convenció a uno de los comandantes para que la llevaran. Pensaba que el mundo necesitaba la rebeldía justa, porque la gente moría entre hambre y desigualdades. 

Mientras sus botas la adentraban en la selva, atrás dejaba la comodidad individual. Vivir no era resignarse. Amar era algo más que encontrar un hombre y tener hijos. Existir debía ser rebelarse y hacer del amor una protesta. Una protesta que hiciera brotar para todos: igualdad, tierra, techo, trabajo, independencia, democracia, libertad, pan y salud. 

El primer día como guerrillera, debió cortar larga cabellera. En la selva, nadie se puede dar el lujo de cuidar y peinar. No protestó, pero lloró la noche entera. Guardó su llanto íntimo en todos los dolores de la infancia. Lloró ​porque​ ​quizás​ ​recordó​ ​aquel secreto escondido de las mujeres, una leyenda escondida en algunos muros de Boyacá.  ​“La​ ​gran​ ​abuela,​ ​madre​ ​de​ ​todas​ ​las generaciones​, ​trenzó​ ​su​ ​pelo​ ​y​ ​tomando​ ​al​ ​azar​ ​colores​ ​del​ ​arcoiris​ ​formó​ ​la​ ​primera muñeca, y guardó​ ​en​ ​ella​ ​secretos​ ​del​ ​tejido​ ​que​ ​hermana​ ​a​ ​las​ ​mujeres​ ​de​ ​la Tierra”. 

Aprendió a leer y escribir en la guerrilla. Su mayor pasión es la lectura, sobre todo, la literatura rusa, confiesa. Entre sus libros favoritos nombra ​​Las​​ ​​batallas​​ ​​de​ ​Stalingrado,​​ ​A​​ ​​solas​​ ​​con​​ ​​el​​ ​​enemigo​​ ​​y​​ ​​Los​​ ​​misterios​​ ​​de​​ ​​Saturno. La expresión entusiasta y sencilla cuando habla de cada libro haría palidecer a cualquier intelectual, sobre todo, a aquellos arrogantes y presuntuosos. Pero Eliana aún no es consciente de su sabiduría majestuosa. 

Insiste en que los libros no deben pertenecer a nadie. Cuenta que en todos los caminos cargaban un libro y entre todos hacían trueques literarios. Al final, un libro podía convertirse también en un camarada, como cariñosamente se llaman los miembros de las FARC-EP. Y entre libros, se construía la gran cadena de afectos.

A María, también le gusta leer y anota en su pequeña agenda los más pequeños detalles del día. Su principal encanto es la bondad. Es madre de un hijo y dos hijas, a las que concibió estand ya en la guerrilla, y está casada hace 23 años. La decisión de ella y Manuel, su esposo, también guerrillero, fue dejar los niños a cargo de la abuela materna. 

A Manuel está buscado por un poderoso paramilitar. Está próximo a salir de la cárcel, pero ha escuchado que a tres compañeros indultados los asesinaron. A otro, le mataron a sus padres, esposa e hijos, La única solución para proteger a la familia es nuevamente la separación. Él iría para la región de la Zona Veredal donde operó. 

María tendrá que huir con sus tres hijos y con una nieta, a alguna ciudad. Pero el asunto es más complicado. Al morir la abuela materna, el hijo mayor tuvo que trabajar y sostener a sus hermanas menores.  Por esa razón, no perdona a sus padres por ser guerrilleros. Ella llora cuando habla del rencor y resentimiento que habita en sus hijos. Y por todo eso, siente pánico de salir de la cárcel.

Se dirigió a los funcionarios de la Agencia Nacional de Reintegración (ACR) para solicitar la protección de su esposo. No recibió ninguna solución, más bien el desinterés de ofrecerle alguna ruta de atención. Al final, ella se convenció de que no era tiempo para salir de prisión. 

Diana hace parte de un mínimo sector de excombatientes que descarta estudiar.  Su decisión radica en los problemas de aprendizaje que la acompañan desde niña. Validó bachillerato en prisión, pero no recuerda nada, ni siquiera sumar o restar. Ha estado en terapias varias veces, pero no resuelve su problema. Se resigna cuando dice que la causa es un accidente en su niñez. Confiesa que quiere dedicarse a lo que ha aprendido en la cárcel: bisutería.

Es bastante tímida y reservada. Sus facciones han sido heredadas de la costa Atlántica. Narra que sueña con su hermano casi todas las noches: ambos están en un inmenso valle. Mientras él le habla al río, ella le cuenta sus dolores. Diana se convence que sólo así, el río se llevará todas sus penas, las conducirá al mar y el mar las volverá vida, tierra y luz. Ella se acerca a su hermano y cuando él va a voltear su rostro, ella despierta. Tiene el mismo sueño dos o tres veces en la semana. El día de su captura, estaba con su hermano en combate. La ataron y la obligaron a ver la descarga sobre el rostro vivo de él. Luego, arrastraron su cuerpo encima de ella, mientras él aún sollozaba algunas palabras indescifrables. 

Sólo tiene a su abuela. Pero habla de un novio que conoció en la cárcel. Fue un día mientras escuchaba un programa radial donde él intervenía y dejó sus datos para que cualquier mujer lo contactará. En su soledad, ella lo buscó y empezaron una relación que tiene más de dos años. Diana conoce sólo lo que él le ha dicho, de modo que no está segura de su soltería. Pero le ilusiona formar una familia con él. Su futuro es incierto, porque ella deberá ir a una zona veredal y no sabrá si la espere. Luego, deberá encontrarse con el mar  y cuidar a su abuela que ha sobrepasado los noventa años. 

Eliana, María, Diana y todas las excombatientes reúnen con paciencia y esmero las palabras precisas:

-Todas por la paz, unidas venceremos. La unión hace la fuerza y lo lograremos.

-Somos las que elegimos nuestro futuro. Ven con tu mano y acompáñame a construirlo.

-Por una paz con justicia social y una Colombia nueva. Por un futuro mejor, para todas y todos.

***

Nota final de la autora:

Agradezco a los hombres y mujeres excombatientes de las Farc que con su confianza y sencillez, de origen campesino, forjaron cada palabra e historia. A los indultados y miembros del Mecanismo de Monitoreo y Verificación. La experiencia marcó nuestras vidas y nos enseñó que detrás de la infinita luz de sus miradas, debíamos alentar un sincero compromiso para mantener encendida la llama de la paz. A la Universidad Nacional de Colombia, en su papel histórico al buscar la paz y enseñarnos a hacer de nuestra profesión una herramienta de transformación. Finalmente, a mis compañeros censistas y a la supervisora, al acoger nuestras angustias y esperanzas de cada vivencia. Y por supuesto, siempre a nuestra familia Rocamadour-Gaitán.

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Paola Moreno Delgadillo @cronopiab

Cultura

La certeza de la paz

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