Rutina (Cuentos de sábado en la tarde)

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Hoy que me levanto aún de madrugada. Hoy que no he visto el sol. Hoy que tomaré café, escribiré las mismas palabras de ayer y hasta soñaré con los mismos monstruos, pienso y me carcomo con los ciclos repetidos de acción y recompensa, con la diferencia de que ya he matado a la recompensa.

Entonces las rutinas ya no son rutinas sino ruedas eternas, y los pensamientos corren sobre ellas incesantemente. Primero pienso en la vacuidad del pensamiento y luego me encuentro con la vacuidad humana. En la vacuidad de esta rutina, que se parece un tanto al agua, veo ahora mi humanidad como si también fuera agua: una sustancia común que viene y va, viene y va como esta rutina que me consume. Por eso es que la épica, la novela y la tragedia despliegan palabras de forma muy distinta a cómo lo hago yo. Los personajes no son agua en calma, son tifones que se despliegan en toda su majestuosidad para mostrar lo más profundo del alma humana.

En últimas, la épica, la novela y la tragedia son una advertencia. Somos agua en calma, y también el oleaje y la tormenta. Somos el maremoto y el geyser. Somos el agua que cae en picada y espumea. Y también somos el agua que hierve y desaparece. Así es como la vida, tal como la rutina, se torna en un episodio inútil en la gran calma de la Nada. La vida, como el reflejo del agua, es un engaño y una decepción.

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Por eso me engaño mientras tomo café, escribo y sueño sin soñar. Por eso las rutinas ya no tienen recompensa, porque, a la larga, ellas también son vanidad.

Ahora sale el sol en todo su esplendor, acabando con el café, con las ideas incompletas y con los monstruos. Sale detrás de montañas azules, poniendo fin a esta diatriba sin sentido, poniendo fin a esta rutina. No es una recompensa; más bien, es una revelación. Que la rutina no sea más que una rueda y carcelera de ideas que viene y va, viene y va; pero que también sea la revelación de nuestra existencia.

Precisamente eso decía Aristóteles, que los hábitos estaban compuestos de la suavidad de una brisa o la amabilidad de un amigo, junto con nuestra disposición para actuar en correspondencia. En ese caso, el café, las palabras inacabadas y los monstruos son vacuidad y espíritu al mismo tiempo. Son hábito y del hábito dependo.

Mis pensamientos, estas palabras que me salen de las entrañas, lo que escondo y lo que siento son hábitos y sobre los hábitos navego. Navego sobre este mar que soy, que somos, y así es como el hábito se torna en una guía sobre la vida humana, con sus cafés, sus silencios sobre papel y sus monstruos.

Y si de los hábitos soy presa, sólo espero que me lleven a la felicidad, a la ilusión que alimenta el alma a pesar de los sueños sin cumplir y de las ambiciones frustradas. Sólo espero que esta diatriba sea uno de aquellos hábitos que llegue en forma de esperanza a quien quiera que lea esto.

“Sé bueno. Te quiero”.

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