Que Estados Unidos haya llegado tan cerca de elegir a un misógino e incompetente es un signo de su profunda crisis

El hecho de que los estadounidenses hayan llegado tan cerca de elegir un misógino, xenófobo y racista dice mucho sobre la crisis que atraviesa uno de los países supuestamente más avanzados. ¿Cómo llegaron hasta aquí?

Un seguidor de Donald Trump durante el mitin de cierre de su campaña en Scranton, Pennsylvania.AFP

Hoy termina una de las elecciones más controversiales, inverosímiles y tóxicas en la historia estadounidense. Como en cualquier reality, ha estado llena de sorpresas, escándalos, rencillas, morbo y suspenso de todo tipo, incluidos rumores de sabotaje de Rusia y el FBI. Independientemente de quien gane, queda la sensación de un país más dividido que nunca, un deterioro irreparable de la práctica política y un futuro preocupante con implicaciones inciertas para el resto del mundo. ¿Cómo llegó Estados Unidos a este punto? (Lea aquí nuestro especial dedicado a las elecciones de Estados Unidos)

Democracia a la deriva

La contienda electoral de 2016 ha puesto de relieve el desgaste de la democracia estadounidense, proceso que viene ahondándose a lo largo del siglo XXI. Este arrancó con un fallo partidista de la Corte Suprema, que paró el reconteo de votos en la Florida y fue el factor decisivo que le dio la victoria a George W. Bush en contra de Al Gore. El fraude aparente en las elecciones de 2000 fue opacado por los ataques terroristas del 11-S y la declaración de la guerra mundial contra el terrorismo en Irak y Afganistán, la cual también terminó justificando la tortura y el asesinato selectivo, los ataques con drones, la intervención militar en Libia y Siria, y en el plano interno, la restricción de los derechos civiles mediante el Acta Patriota y el espionaje. (Lea: Clinton y Trump, en el cierre de una campaña histórica en EE.UU.)

Dichos desarrollos, en combinación con la crisis financiera de 2008 y los efectos acumulados de la globalización neoliberal —que incluyen la perdida de trabajos no calificados, la desindicalización de los trabajadores, y el crecimiento en la desigualdad de ingresos y la inseguridad socioeconómica—, han tenido el efecto de erosionar la confianza de los ciudadanos en el sistema político y económico estadounidense. Muestra de esto ha sido la aparición de movimientos alternativos, tales como el Tea Party, Occupy Wall Street y Black Lives Matter, que han canalizado los agravios de algunos de los sectores más afectados, a saber, los blancos de bajos ingresos, los jóvenes universitarios y los afroamericanos. (Lea: ¿Y si Hillary Clinton y Donald Trump quedan empatados?)

La sospecha y la negatividad con las que el público general ve al país, sus instituciones y sus líderes también se observan en innumerables encuestas que demuestran que la mayoría cree que Estados Unidos va mal; que las nuevas generaciones gozarán de menos bienestar que el de sus padres; que los políticos, las grandes corporaciones y Wall Street son deshonestos; que la economía y la política favorecen los intereses de las élites y no los del común; que la forma de elegir al presidente es disfuncional y que los partidos Republicano y Demócrata no representan las preocupaciones ciudadanas. De ahí que no es del todo sorprendente que Donald Trump, un billonario narcisista sin experiencia pública alguna, y Hillary Clinton, una política veterana, sean los candidatos presidenciales más impopulares de los últimos diez ciclos electorales. (Lea: Guía para seguir las elecciones de Estados Unidos)

La era de los populismos

Sobre el caldo de cultivo descrito, y pese a que la economía estadounidense ha mejorado durante el segundo gobierno de Barack Obama, fueron catapultadas las candidaturas de Donald Trump, por un lado, y Bernie Sanders, por el otro. Como ha ocurrido en Europa con partidos como el Frente Nacional, en Francia; los True Finns, en Finlandia; Syriza, en Grecia, y Podemos, en España, desde lados opuestos del espectro ideológico, ambos dieron voz al descontento, la frustración y la rabia que caracterizan a segmentos amplios de la población estadounidense. (Lea: Grupos armados se rebelarían contra Clinton si Trump pierde elecciones)

En reflejo de la magnitud del descrédito democrático sufrido por Estados Unidos, se convirtió en candidato del Partido Republicano quien no tiene comprensión alguna del proceso político; ha mostrado abiertamente su desprecio por la democracia constitucional; se ha presentado como un “hombre fuerte” que puede arreglar todo él solo; considera que la justicia debe estar subordinada a las necesidades de la política; apoya la restricción de la libertad de expresión de los medios de comunicación y favorece políticas de discriminación racial, étnica y de género. (Lea: ¿Qué es lo peor que podría pasar si Donald Trump se convierte en presidente?)

Frente a este populismo fascista, Sanders —el independiente de más larga trayectoria en el legislativo estadounidense— encabezó un llamado “socialista” por la justicia, consistente en visibilizar problemas agudos como la desigualdad, la deuda de los universitarios, la salud pública, el poder corruptor de los intereses corporativos, la financiación de las campañas electorales y la violencia racial. En el camino, movilizó números crecientes de jóvenes que no se identifican con los partidos tradicionales, forzó el centro de gravedad del Partido Demócrata hacia la izquierda, al menos temporalmente, y sembró los inicios de un tercer partido.

Entre el conservatismo cultural, los agravios económicos y raciales explotados por Trump y el progresismo contestatario, encarnado por Sanders, el obstáculo principal que ha tenido que sortear Hillary Clinton —más allá del hecho de ser mujer, que sin duda ha jugado— es su inevitable asociación con el “establecimiento” y la desconfianza que ello genera. Sólo así puede entenderse la desproporcional atención que la opinión pública ha prestado al escándalo de sus correos electrónicos y el éxito con el que los republicanos la han tildado de “torcida” y hasta merecedora de cárcel.

La complicidad de los medios

Si bien los medios de comunicación desempeñan un papel neurálgico en cualquier elección democrática, en esta su incidencia ha sido particularmente importante; primero, por su participación en la metamorfosis de Trump, de showman a candidato elegible, y, segundo, por la manera como han cubierto el proceso electoral como tal. Varios estudios han demostrado que, en la cobertura inicial de las primarias republicanas, Donald Trump fue favorecido en tiempo y en noticias positivas de forma inconmensurable con su estatus político y sus registros iniciales en las encuestas, básicamente en búsqueda del rating, ventaja que el magnate supo aprovechar.

Por su parte, los noticieros televisivos —que son la fuente principal de información para la mayoría— dedicaron tres veces más tiempo a los correos electrónicos de Clinton que a todos los demás temas de campaña juntos, reforzando —de la mano de la investigación del FBI— la falsa idea de más de la mitad de los estadounidenses de que la candidata demócrata violó la ley cuando fue secretaria de Estado. En cambio, el análisis de los distintos asuntos que aquejan a Estados Unidos y las propuestas de los dos candidatos a la Presidencia para resolverlos —más sustanciales y convincentes en el caso de Clinton— fue casi nulo. La falta de discusión sustancial se torna aún más problemática cuando se tiene en cuenta que el público estadounidense es ignorante de hechos básicos y desinformado, razón por la cual las reiteradas mentiras de Trump a lo largo de la campaña no parecieron tener el mismo efecto.

El hecho de que los estadounidenses hayan llegado tan cerca de elegir un antidemocrático, incompetente, misógino, xenófobo y racista dice mucho sobre la crisis de uno de los países supuestamente más avanzados del planeta. Aun cuando Hillary Clinton sea confirmada como la primera mujer presidenta de los Estados Unidos, y el país y el mundo esquiven la hecatombe, quedará un sabor no de triunfo sino de alivio, de que todo pudo ser peor. Sin embargo, la elección se contestará en las cortes y las calles; las condiciones que dieron origen al fenómeno Trump (y el de Sanders) seguirán latentes y el Congreso republicano continuará haciendo imposible gobernar. Así las cosas, lo único cierto es que, después de estas elecciones, nada será igual.

*Profesora de la Universidad del Rosario.