Amar a Colombia es

Jesús Abad Colorado: un testigo sin miedo

Jesús Abad Colorado lleva 25 años recorriendo Colombia y retratando los vejámenes de la guerra. Le regaló al país el álbum donde reposan las imágenes más dolorosas, pero, al mismo tiempo, las más esperanzadoras que dejó el conflicto.

Jesús Abad Colorado es uno de los fotoperiodistas más reconocidos del país a nivel internacional.Mauricio Alvarado

Respira. Abre los ojos. Lo que pasa a tu alrededor es verdad, no es una escena de una película, no lo estás imaginando. Estás ahí y ahora. Deja de temblar, el sudor que corre por tu frente caerá hasta tus ojos y no te dejará ver, límpiate con la mano derecha aunque la tengas llena de pantano y de sangre. Agarra la cámara con fuerza, no tiembles, por favor no tiembles. Esas imágenes le darán la vuelta al país en unos años, se convertirán en el documento fiel de una guerra que mató a muchos y enriqueció a otros. No tengas miedo, no cierres los ojos.

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Jesús, respira profundo. Eres un hombre joven que está parado sobre la guerra, eres un hombre joven que retratará la tristeza del combate, la esperanza de la paz. Tu abuelo fue asesinado por la turba conservadora en la década de los 60; vivían en San Carlos, Antioquia, a donde años después irías con tu cámara a hacer fotos, lo mejor que sabes hacer. Esos mismos abanderados azules degollaron a uno de tus tíos cuando apenas era un niño. Esta guerra te ha recorrido las venas, y a pesar de eso nunca te has detenido. Has mantenido la cámara frente a tus ojos y nunca has dejado pasar una foto (tal vez sí).

Fuiste el primero en llegar al lugar de las masacres, fuiste el primero en ver los rostros de las víctimas compungidos, las lágrimas retenidas en ojos vacíos. Fuiste el primero en ver lo que pasaba en el campo colombiano y el responsable de que esas imágenes se diseminaran por todos los medios como una infección. Así que no tengas miedo, Jesús. Tus apellidos: Abad Colorado, estarán muchas veces en las portadas de los libros de historias, en las primeras planas de los diarios. Respira, no cierres los ojos.

Fuiste el primero en llegar y también el último en irse de esas tierras maldecidas por la violencia. Un día, entre la selva chocoana, a Ubertina le pegaron un tiro y tú lo viste. Viste cómo su esposo, Aniceto, les rogaba a los guerrilleros y a los soldados, a todos por igual (en la guerra todos los uniformes parecen iguales), que lo dejaran llevar a su mujer al hospital. Ellos se negaron. No respondían; el sonido de las balas se sobrepone a los latidos del corazón. Cuando le dijeron que sí, cuando le permitieron a Aniceto llevar a Ubertina a la clínica, era muy tarde. La muerte de la negra sonó como una rama quebrándose en la selva mientras hay una estampida. Jesús, acompañaste a Aniceto a su casa, lo fotografiaste sobre el ataúd, tapaste con el blanco y negro de tus fotos la sangre de Ubertina. Te paraste lejos de Aniceto, y disparaste. Su llanto quedó congelado ante tus ojos como el de tantos a los que viste en esas mismas condiciones. Y, sin embargo, continuaste.

“Soy el testigo”, dijiste un día. Tu cámara sólo apuntó al pueblo, a los soldados, guerrilleros o paramilitares rasos, nunca a los que ostentaban el poder con sus fusiles gigantes y sus corazones pequeños. No tengas miedo, Jesús. Que si leyeras esto cuando apenas estés empezando a andar las montañas y los pueblos destruidos, si viajar en el tiempo fuera posible y no una ilusión científica, te diría que has hecho lo mejor que has podido hacer. Que has sido fiel, noble. Que la forma de demostrar el amor que sientes por esta patria ha sido mirar de frente a los ojos de la guerra. Has ardido en sus pupilas y no huiste, no cediste espacio, no te detuviste por dinero o reconocimiento.

Tu mayor enemigo ha sido el olvido, y no el de tu nombre, sino de lo que viste. De lo que retrataste. Ahora, después de 25 años de recorrer el país y contarnos lo que ha pasado por los montes y las llanuras de esta tierra, les preguntas a la academia y los políticos colombianos: “ustedes qué hicieron”, porque tú fuiste el testigo, junto con otros fotógrafos, de la barbarie de la guerra. Y, después de eso, después todos los andares, seguiste creyendo que el amor es más fuerte que la guerra, aunque suene cliché. Que el odio, que tanto defienden como fuerza promotora, no es más que una enfermedad y que lo que has hecho en estos 25 años no ha sido dar clics con una cámara sino sintiendo las pulsaciones del alma.

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Jesús, nos regalaste un álbum y abrirlo es como abrir una habitación cerrada y ver cómo el moho, la humedad, las telarañas, la niebla pegajosa del tiempo detenido, los vahos de la sombra oculta debajo de la cama, el polvo raído en las alfombras, la tierra pegada a los cristales, se le pegan a uno en las manos, y ese dolor que parece contenido en cada imagen es el recuerdo de un pasado siniestro, doloroso. ¿Qué hiciste por nosotros, Jesús? Nos diste la memoria de la guerra. Casi todo.