Jorge Villamil Cordovez: el canto de la Historia

Se celebran 90 años del nacimiento de uno de los compositores más prolíficos y memorables de la música colombiana.

Jorge Villamil, quien nació el 6 de junio de 1929 en Neiva y falleció el 28 de febrero de 2010 en Bogotá. / El Espectador

Antes de que nos arrullaran con los piadosos cantos de las abuelas y ordenáramos la fila de la escuela al compás de tenebrosos ritmos marciales, quienes crecimos en los pueblos del Huila escuchamos las canciones de Jorge Villamil.

Nos era difícil imaginar que el mismo hombre fuera el autor y compositor de los estribillos que nos enseñaron las primeras lecciones de geografía e historia. Supimos del Sur, aquella orientación cardinal asociada en los mapas a la marginalidad y la pobreza, por su cercanía al cerro de Pacandé. El gigante verde que vigila a los viajeros que franquean la franja limítrofe del Huila y Tolima es una enhiesta formación montañosa que la canción del gran cultor de la música colombiana convirtió en un referente de los territorios aledaños, hoy sembradíos de arroz, cacao y sorgo. Sin que aún existiera en las cartografías, el cerro, con precisos pincelazos sonoros, adquirió visos de realidad en los imaginarios musicales de los pobladores del Tolima Grande. El canto fue un sucedáneo de la convención topográfica.

En una noche de luna roja, Tirofijo, salido de las entrañas de Marquetalia, nos llegó a los oídos en los cachos briosos de un barcino desbocado. La sombra ominosa de la violencia acunada por la ira de los desposeídos y salida de madre por el odio que azuzaba las banderas partidistas se hizo parábola en un sanjuanero que celebra la mirada fiera de un novillo. En las fiestas populares y ventorrillos, las bandas papayeras convocan el júbilo de los lugareños remedando el mugido del animal con el sonido del bombardino, preludio de una música que atesora el temple bravío de un animal atrapado en los azares de una espiral de odio.

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El fuego, aquel elemento primigenio de la naturaleza que nos sabía a tedio en las exposiciones soñolientas de los profesores de química, adquirió viveza en el crepitar de una llamarada. Libre del predicamento bíblico de las condenas infernales de los creyentes, la llamarada de Villamil se hizo etérea para regresar hecha un ciclón que esfumaría todo vestigio de brasa amatoria. En la vorágine de la llama ardiente se quemaron nuestras vidas, dejando las pavesas de aquel inmenso amor.

Así conocimos el poder paliativo del fuego, para que la fuerza ígnea recobrara el fulgor esencial, confundiera el llanto y la risa y obrara como bálsamo en los corazones lacerados de los enamorados.

Sin que aún distinguiéramos gramajes ni contáramos con la habilidad para identificar en la vitrina de la joyería el abalorio auténtico, Oropel fue la cantinela de nuestra primera moraleja musical, para festejar la filosofía con un brindis por la vida, que asustaría las corrientes abstemias de los estoicos griegos.

El llamado Compositor de las Américas no se limitó a la exaltación bucólica del paisaje. Sus guaduales lacrimosos interpelan al hombre, al facultarlo de la entidad gloriosa de los credos: el alma. Latencia vibrante de la naturaleza, el artilugio de Villamil que les concede al atardecer y al viento las prerrogativas de los humanos, invitan al hombre a no sentirse invasor, sino un ser integrado a un espacio fecundo que aspira a la redención en estado de sacralidad mundana. La mirada del compositor anticipó el ecologismo tan en boga en los discursos de la contemporaneidad.

Jorge Villamil fue el juglar que con tiple y tabacos, aguardiente y amigos, eternizó el río Magdalena en las voces de los serenateros. Su ingenio lírico convirtió la hacienda El Cedral en una latitud planetaria, y la belleza de las mujeres campesinas del Huila en un atributo equiparable a las féminas de los palacios y las doncellas de las fábulas. Con escasos arpegios y los versos de mayor vuelo poético de la música folclórica de Colombia, le cantó a esta aldea para demostrarnos que celebrando los avatares de la vida se alcanza la pretendida universalidad.

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Marcos Fabián Herrera Muñoz

Cultura

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