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"Llamado", una obra que encarna lo siniestro con una delicada belleza

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La obra Llamado, de Luz Lizarazo (Bogotá, 1966), invoca la imagen de un sonajero, está hecha con pelo, seda roja y esferas de vidrio. Su naturaleza material impide que la manipulemos como se haría con un sonajero corriente, pues su apariencia vulnerable lo revela.

Esa ambigüedad del objeto artístico -el entrelineas entre la cosa representada y la cosa en sí- engendra el drama que la originó: Lizarazo perdió una hija días después de su nacimiento por una falla en el corazón. A raíz de esa desgarradora experiencia, la artista estudió con obsesión la morfología de este órgano y su sistema de funcionamiento, también su vasta historia como símbolo. Sus hallazgos le posibilitaron abstraer en Llamado ese quiebre emocional que la enfrentó con la dualidad vida y muerte. Es una pieza que encarna lo siniestro con una delicada belleza. Parece hecha para la contemplación e incluso “suena” sin siquiera tocarla y esa imagen del sonido seduce al tacto. Al interior de las esferas aparecen unas gotas hechas con vidrio rojo que simulan sangre, o mejor: lo que sangra. Hay una ruina producto de una pérdida que está encapsulada en esas formas transparentes. 

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Los sonajeros históricamente han sido utilizados en rituales con significados distintos en cada cultura, sus sonidos marcan el ritmo de las ceremonias y suelen tener el poder de purificar, proteger y alejar los malos espíritus, así como la invocación de fuerzas sobrenaturales. El pelo consistente, largo y brillante, encarna desde tiempos antiguos el valor de la sabiduría. Y la sangre -con todo tipo de valores atribuidos- ha sido el líquido bebido en todos los tiempos luego del sacrificio. Escribía el profesor de latín Richard Onians que para los griegos “el hígado es el centro del cuerpo porque fabrica las substancias de la vida (la sangre) y de la pasión (la bilis)”, y por lo mismo, el hígado tiene un vinculo imprescindible con el corazón. Llamado no es una obra ajena a estos valores míticos, su presencia como objeto las evoca; sin embargo, su estética también manifiesta la fuerza de lo femenino y la insinuación del cuerpo interno, ese que se nos niega a los ojos; dos aspectos que han atravesado los proyectos de Lizarazo.

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Ella ha fundado un lenguaje en el que la materialidad del cuerpo humano se hace imagen a través de procesos que trastocan su funcionamiento y significado biológicos. Mientras escribía estas líneas tuve en mi mente la figura de Sierva María de todos los Ángeles con su larguísima cabellera rojiza, la niña que protagoniza el libro de García Márquez Del amor y otros demonios. Así describe el nobel la imagen que suscitó su historia: “una cabellera viva de un color bronce intenso se derramó fuera de la cripta”. La novela además abre con una cita de Tomás de Aquino: “parece que los cabellos han de resucitar mucho menos que las partes del cuerpo”, tomada del tratado medieval La intensidad de los cuerpos resucitados

 

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