Por: Marc Hofstetter

¿Amortiguador o trampolín?

Para poner en perspectiva la debacle venezolana con frecuencia echamos mano de la senda de su salario mínimo, no medido en bolívares sino en dólares. Recientes reportes indican que la devaluación local sin freno, ha llevado a que esos ingresos mínimos legales sean de menos de 3 dólares mensuales.  

El 7 de agosto de 2018, cuando el presidente Duque asumió el cargo, la tasa de cambio del peso colombiano frente al dólar era de 2900. Esta semana, por primera vez en la historia, ha estado bailando por los lados de 3500 pesos: una devaluación de 21%. Cuando Duque daba su discurso inaugural el salario mínimo en Colombia era de 269 dólares; un año más tarde, ese salario ha caído 12% hasta alcanzar 237 dólares. Bajo esa vara cada devaluación nos empobrece.

El dogma cambiario actual en nuestro Banco Central es que la tasa de cambio es libre de ir a donde le plazca. Flexibilidad cambiaria, lo llamamos. La idea es que opere como un amortiguador suavizando el avance de la economía ante los baches que va encontrando a su paso.

El problema es que más que un amortiguador parecemos, de tiempo atrás, tener un trampolín cambiario: la tasa de cambio colombiana es mucho más volátil que la de los países grandes de la región que, como nosotros, se toman en serio mantener la inflación controlada.

Esa volatilidad no es una buena noticia para las decisiones de localización regional de grandes empresas, para la inversión en equipos importados, para la estrategia empresarial volcada a las ventas externas o que requiera insumos de afuera ni para el endeudamiento externo de largo plazo. El trampolín cambiario dificulta la toma correcta de muchas de esas decisiones. Los seguros cambiarios que pueden ayudar a mitigar parte de esos problemas, representan un costo adicional y no resuelven la enorme incertidumbre sobre la tasa en plazos más largos.

Surge entonces la pregunta sobre las causas de ese trampolín. Hay al menos dos sospechosos. Primero, los desbalances externos colombianos: un alto déficit externo y una dependencia insana en un solo producto de exportación. El segundo aspecto, es justamente que no todos los países se han adherido con tanto rigor al dogma de la flexibilidad cambiaria como Colombia. El Banco Central nuestro tiene un acervo importante de divisas que no parece dispuesto a usar.

Si las vulnerabilidades externas están detrás del trampolín, sería bueno reducirlas. Ahí el gobierno tiene un rol relevante, pues buena parte del déficit externo está explicado por sus desbalances. Con la dependencia petrolera habremos de vivir un tiempo largo: no hay botones mágicos que diversifiquen nuestras ventas externas.

Teniendo en cuenta que el Banco Central es la autoridad cambiaria, queda la pregunta de si el Banco debe revaluar su pasividad en ese mercado. Identificar cuándo los movimientos en la tasa de cambio son el amortiguador que necesitamos y cuándo se asemejan a un trampolín, no es tarea fácil. Pero quizás ha llegado la hora de repensar el dogma, de estar abierto a usar el arsenal para lidiar con movimientos excesivos. Eso es más difícil que dejar ir a donde le plazca a la tasa de cambio. Pero no siempre nos conviene acompañar sus caprichos.

Twitter: @mahofste

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