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La gasolina y el fósforo

22 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

Ojalá el efecto de Cien años de soledad en Netflix fuera una renovada curiosidad por leer a Gabriel García Márquez. Solo la lectura hará que esta generación de IA y TikTok mejore en las Pruebas Pisa que tanto preocupan a papás, tíos y políticos, a quienes también les iría pésimo si fueran ellos quienes presentaran ese examen.

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Pero no quiero hablar de las Pruebas Pisa, sino de García Márquez. Ahora que Chocó es noticia —porque se necesita un terremoto o un derrumbe o una masacre para volcar la atención hacia esa región—, recordé la serie de reportajes que escribió García Márquez en 1954, sobre un paro que viajó a cubrir allá.

“El tal paro no existe”, fue lo que encontró en Quibdó, a donde llegó con un fotógrafo, luego de dos días de viaje. El dictador Rojas Pinilla quería desmembrar al Chocó entre Antioquia y Valle, y cuenta Dasso Saldívar en El viaje a la semilla que cuando García Márquez vio la placidez de la gente dijo que no se podían devolver a Bogotá con las manos vacías, y pidió “convocar la manifestación permanente”. Publicaron fotos, llegaron más medios y al cabo de unos días el gobierno reculó y dejó al Chocó como estaba: con sus límites intactos y su pobreza ídem.

Pero no quiero hablar de García Márquez, sino del paro. No el de 1954, sino del que vendrá. ¿Cuándo? No se sabe. Todos estábamos a la espera, se titula un libro de Álvaro Cepeda Samudio, gran escritor, periodista y amigo de García Márquez, del que se celebran 100 años de nacimiento en este 2026. Así estamos: a la espera. No porque lo deseemos, sino porque parece un destino trágico ineludible, inevitable.

“Algo muy grave va a suceder en este pueblo es un cuento suyo que habla sobre presentimientos, rumores e histeria colectiva. Hoy, más que rumores, veo un malestar creciente ante un gobierno que, aunque logró menos del 50 % de los votos, está dedicado a asperjar gasolina. Cualquier disculpa, como por ejemplo que un ministro de Hacienda desconozca el precio de una docena de huevos, servirá como fósforo para prender el incendio.

¿Cuál gasolina? Hacer de los actos de gobierno una permanente provocación. Caminar entre cadáveres, asfixiar a la JEP, suspender la convocatoria de estímulos para el sector cultural, anunciar el ingreso de la fuerza pública a las universidades, desafiar con la frase “Viva Cristo Rey” a los jueces de tutela, retirar a Colombia de la coalición internacional por los derechos de personas LGTBI, retomar la fumigación aérea, promover una neolengua sin las palabras “niña” y “campesino”, censurar la información —incluyendo la del DANE—, y un etcétera tan largo que causa agobio que apenas lleven seis semanas en el poder y falten 1.415 días para que (o nos) acaben.

A esa gasolina se suma el malestar por el terremoto. La UNGRD reporta casi 500.000 personas registradas como damnificadas. Medio millón de colombianos en duelo. Los psicólogos dicen que la primera fase es la negación y la segunda la ira, que percibo creciente.

A diferencia de García Márquez, yo no incito; solo describo lo que oigo, veo y leo, y aunque la protesta social es un derecho, me da temor. La memoria de Lucas Villa, asesinado en el Paro Nacional de 2021, sigue viva en este Eje Cafetero, adolorido y sismorresistente.

Por Adriana Villegas Botero

Periodista, abogada y doctora en literatura. Autora de los libros ‘El oído miope’, ‘El lugar de todos los muertos’ y ‘Sakas’. Profesora en la Universidad de Manizales. Ha recibido tres veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.
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