Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hace dos semanas concluí una columna en este diario afirmando que los próximos cuatro años servirían para averiguar cuál de las dos biblias habían leído quienes entregaron a Dios el centro de cada decisión: si la que llevaba los evangelios adentro o la que solo tenía el logo del partido impreso en la portada. Fui muy generoso con el plazo: me sobraron tres años y once meses.
La respuesta llegó el pasado 17 de agosto, en la primera alocución presidencial televisada después del terremoto: «Las cosas de Dios, queridos compatriotas, solo Dios las sabe. Él decidió ponernos en esta prueba tan dura y en su sabiduría lo hizo justo el día en que comenzó mi mandato».
Conviene leerla dos veces, porque la frase se desmiente sola. La primera oración declara el misterio y la segunda lo levanta. Si las cosas de Dios solo Dios las sabe, entonces nadie puede saber lo que Dios decidió, ni mucho menos que la decisión fue una prueba con fecha y destinatarios determinados. En una sola exhalación pasamos de la humildad teológica al informe forense de la voluntad divina. De las fechas, mejor ni hablemos, porque irónicamente sí cuadran: se posesionó el viernes 7 y la tierra se movió el lunes 10, de modo que la Providencia descansó el sábado judío y el domingo cristiano.
Se dirá (y es cierto) que todos los presidentes invocan a Dios y que exigirle precisión dogmática a un discurso de duelo es una pedantería de profesor de filosofía. Estoy de acuerdo, y por eso deseo marcar la diferencia con un mínimo de rigor lógico. Una cosa es consolar con Dios —pedir por las víctimas, encomendar a los muertos, convocar un minuto de oración o una velatón— y otra muy distinta es explicar con Dios. Lo primero es un gesto de compañía, un ritual de duelo que no afirma nada sobre el mundo. Lo segundo asigna una causa, un propósito y un destinatario. Esta vez es el propio hablante.
No es el único que lo hizo. Casi todos los sobrevivientes adultos lo hicieron. Un hombre que fue rescatado de un edificio derrumbado dijo, todavía con el polvo en la cara, que Dios le había dado otra oportunidad. Otros dijeron que Dios los había salvado porque los tenía para grandes cosas. A ellos nadie va a cobrarles nada: están explicando su nueva oportunidad de vida, pero no están administrando la de los demás. Aunque si les aplicamos un poco de lógica a estas frases dichas desde los escombros o desde las clínicas, tienen un filo que las disputas teológicas conocen de sobra. Porque quien afirma que Dios lo salvó a él afirma también, sin proponérselo, que Dios podía intervenir esa mañana. Y si podía, los que quedaron debajo de los escombros dejan de ser un misterio inescrutable y pasan a ser el resultado de una selección.
Aquí es donde el terremoto se vuelve un caso incómodo y no un ejemplo más en las clásicas teodiceas. Contra el mal que hacen los hombres, la teología dispone de su mejor argumento: Dios no impide el crimen porque impedirlo exigiría suprimir el libre albedrío, y una humanidad sin libertad no valdría la pena. El argumento es fuerte y lleva muchos siglos funcionando para explicar por qué Dios no interviene en la muerte de niños inocentes. El asunto es que una placa de subducción no delibera. La falla tectónica no ejerce el libre albedrío cuando se desliza a cien kilómetros de profundidad, y ningún bien de la libertad humana se conserva permitiéndolo. Para sostener lo contrario, habría que recurrir a una caída cósmica que quebrante las leyes de la física o a demonios trabajando en la corteza terrestre. Pero ni un terraplanista se atrevería a tanto.
Queda la otra defensa, la del sufrimiento que forma el carácter. Tampoco sirve, porque las personas aplastadas bajo los escombros a las siete y treinta y cinco de la mañana ya no tienen un después en el cual formarse. Si su muerte educa a alguien, educa a los demás, y entonces fueron usados como medio para el perfeccionamiento ajeno (de nuevo la objeción de Kant).
Antes de que algún lector atento lo note, debo advertir que todo esto supone que no existe un bien mayor, desconocido para nosotros, que ese mal concreto hiciera posible y que no pudiera obtenerse de otro modo. No puedo demostrar que no exista. Solo puedo señalar que quien se ampara en ese bien desconocido pierde el derecho a saber, cinco segundos después, exactamente qué quiso Dios, por qué lo quiso y en qué fecha.
La objeción, además, es antigua y tiene un autor falso y célebre. El apologista cristiano Lactancio se la atribuyó a Epicuro. El tetralema dice: «si Dios quiere impedir el mal y no puede, no es omnipotente; si puede y no quiere, no es perfectamente bueno; si no quiere, ni puede, no es Dios; si quiere y puede ¿de dónde salen entonces los males?». Los filólogos llevan décadas mostrando que Epicuro no pudo escribirlo porque sus dioses no gobiernan nada: contemplan indiferentes el mundo, de modo que no tienen de qué responder. Aducen que, por su lógica, el argumento parece más propio del escepticismo antiguo de Carnéades. Lactancio se la colgó al filósofo que la tradición cristiana tenía por el ateo más notorio de la antigüedad, con la intención de demoler cómodamente su filosofía hedonista y pagana. Pero el tiro le salió mal: muchos siglos después, el arma sigue cargada y apunta ahora al discurso del presidente.
Y llega con una consecuencia que ya no es metafísica, sino procedimental. Cuando un terremoto se declara prueba divina, los daños causados por la falla geológica dejan de tener responsables y solo tienen destinatarios. De este modo, la superstición le sirve al poder porque desplaza la pregunta: si esto lo mandó Dios, nadie tiene por qué averiguar quién firmó las licencias, quién certificó las estructuras, quién declaró sismorresistente lo que se cayó. El alcalde de Cali, Alejandro Eder, ha pedido que se realice un peritaje técnico a fondo en las edificaciones más nuevas que colapsaron. Pero el milagro y el peritaje son incompatibles, y no precisamente por razones teológicas. El peritaje tiene nombres propios y causas materiales concretas.
Ya no me interesa averiguar cuál de las dos biblias leerán en «la patria milagro». Me interesa otra pregunta que quizás nunca respondan: cuando terminen las demoliciones y la recolección de escombros, y alguien pregunte por qué se cayó lo que se cayó, ¿le van a contestar con los resultados de un peritaje honesto, o con una frase que empieza diciendo solo Dios lo sabe?
