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Obstáculos políticos, falta de voluntad colectiva y carencia de liderazgo amenazan con desperdiciar la pequeña ventana que aún queda para mejorar nuestras perspectivas de vivir.

La conferencia de partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático se realiza anualmente desde 1995. No obstante, la edición actual de Glasgow, COP 26, ha cobrado urgencia inusitada, ya que ha sido presentada por la comunidad científica y activista así como por diversos Estados y organismos internacionales como la última oportunidad para sobrepasar el punto de no retorno en la que la depredación humana ha sumido al planeta. Ya no se trata de impedir que el calentamiento global genere afectaciones profundas sobre la vida humana y no humana, sino de evitar que estas sean catastróficas; es decir no solo devastadoras en términos biológicos, económicos y sociales, sino intolerables para nuestra sobrevivencia y la de otros seres vivos como especies.
Si bien el Acuerdo de París, suscrito por 195 países en 2015, fue considerado un éxito por cuanto se acordó la adopción voluntaria de planes de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero para que la temperatura terrestre no aumentara más de 2 grados centígrados e idealmente, 1,5 grados, estos no se han cumplido a cabalidad pese al aumento en el uso de energías limpias y renovables. Actualmente, la hoja de ruta para llegar a dicha meta, según entes como la Agencia Internacional de Energía, incluye reducir las emisiones de carbono a la mitad en 2030 y llegar a cero emisiones netas para 2050, algo no menos que revolucionario en términos de producción y consumo de diversas fuentes energéticas.
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Las súplicas del secretario general, António Guterres, de que los Estados miembros de la ONU salven a la humanidad, hacen eco de su fracaso rotundo a la hora de atender la pandemia del COVID-19 y también auguran resultados exiguos en esta oportunidad. Varios factores hacen pensar que la creciente concientización global sobre la gravedad de la crisis del ecosistema y el aumento asegurado de eventos climáticos extremos no se traducirá en compromisos decisivos. Por ejemplo, por más que sea el combustible fósil más contaminante, el uso de carbón sigue siendo atractivo para muchos países, dada su disponibilidad y bajo costo.
En Europa, el aumento dramático del precio de la electricidad, que depende del gas natural importado de Rusia, ha generado preocupación de que sectores negacionistas de la derecha presenten los compromisos europeos de transición a energías limpias como una afrenta a los derechos ciudadanos e incentiven protestas sociales que frenen los avances logrados.
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Por su parte, el Partido Republicano se opone a toda medida orientada a combatir el cambio climático en Estados Unidos, con lo cual las tentativas ambiciosas de regulación federal del gobierno Biden se pueden truncar. En el caso del sur global y más allá de la falta de contundencia ambiental de algunos de sus mayores emisores, se arguye con razón que los países más ricos han incumplido su promesa de aportar US$$100.000 millones al año para facilitar la mitigación y adaptación climáticas.
Lo peor de todo es que las transformaciones requeridas, aunque radicales, resultan viables en términos del conocimiento científico y el dinero requeridos para implementarlas. Más bien, son obstáculos políticos, falta de voluntad colectiva y carencia de liderazgo los que amenazan con desperdiciar la pequeña ventana que aún queda para mejorar nuestras perspectivas de vivir sin interrupciones del todo ruinosas en la Tierra.
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