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Pandemia y propaganda del miedo

Arturo Guerrero

30 de diciembre de 2022 - 12:00 a. m.

En uno de los países más grandes del mundo se vive una disciplina para perros. Da estremecimiento sentir el pulso colectivo allá, según lo relató recientemente la periodista holandesa Eva Rammeloo, basada en Shanghái desde 2014. El 21 de diciembre publicó en The New York Times un artículo que reprodujo El Espectador el lunes pasado.

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A finales de noviembre anterior, el gobierno chino dio un viraje inesperado de 180 grados en su política de “cero COVID”. Durante los últimos tres años, esta dirección oficial fue una combinación de confinamientos repentinos, cierres de ciudades, propaganda alarmista y represión por parte de la policía y los trabajadores sanitarios de abultados vestidos blancos robóticos.

La corresponsal desliza así su propia visión: “la voluntad de los ciudadanos chinos para cumplir las medidas contra la COVID, a menudo irrazonables e ilógicas, siempre me llamó la atención. Algunos cuantos despotricaban a puerta cerrada, pero la mayoría se tragaba la propaganda del miedo”.

A pesar de que “el sacrificio individual por el colectivo es un mantra del Partido Comunista…, los dirigentes por fin cedieron cuando los ciudadanos hartos salieron a las calles para decir basta. Y funcionó”.

Lo más increíble sucedió a continuación. En vez de sentirse liberados, los chinos cambiaron de hierros a los cuales encadenarse. Rammeloo explica esta anomalía de la siguiente manera: “no se puede desconectar una sensación de pavor reforzada de manera constante durante tanto tiempo… Como era de esperar, ahora la gente se aferra con el mismo entusiasmo a la nueva línea oficial acerca de que cada persona es responsable de mantenerse libre del virus”.

Les quitaron los grillos y siguieron necesitando grillos. Hoy se enfrentan al virus, a la variante menos agresiva de la ómicron, pero “con los viejos temores sustituidos por otros nuevos”. Incluso la periodista admite que “sigo pasando a veces por mi cabina de pruebas local… El hisopo que roza mi garganta me reconforta y me hace sentir segura”.

Termina su despacho con una pregunta: “¿de qué sirvieron estos tres años de esfuerzos y sacrificios?” Ella no lo sabe, tal vez los dirigentes chinos sí. Estos tuvieron ese largo tiempo para medir y moldear la resistencia mental de los centenares de millones de habitantes.

¿Quién descarta que, una vez comprobada la eficiencia de su campaña alarmista, hayan resuelto suspenderla porque el temor ya estaba suficientemente sembrado en el cerebro nacional? En este caso las manifestaciones callejeras habrían sido una oportunidad, bien aprovechada por los dirigentes chinos para sacarse de encima la protesta y continuar sojuzgando con los nuevos temores.

He aquí el peligro de los regímenes totalitarios en sociedades cerradas. Elias Canetti en 1971, diez años antes de obtener el Nobel de Literatura y agradecido por haber vivido “en estado de vigilia”, pronosticó: “Los nombres chinos tienen algo de la lengua última en la que desembocarán todas las lenguas del mundo”. La pandemia puede haber sido un adelanto de este presagio.

arturoguerreror@gmail.com

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