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Este año está terminando en medio de una zozobra por el futuro. Muchas cosas cotidianas muestran colmillos frente a la continuidad de la paz, del planeta, de lo que se conoce como civilización. Los mandatarios parecen seres que juegan al azar con las instituciones que costaron sangre, sudor y lágrimas a quienes las construyeron supuestamente para que duraran siglos.
En lugar de seguridad para los habitantes, estos logros han adquirido un sabor rancio. Por eso la juventud se siente estafada, los suicidios se incrementan, los predicadores de todas las iglesias convocan a adorar dioses que se fueron quedando sin fieles. Cada día algún líder político intenta conjurar la debacle, pero las muchedumbres les dan la espalda, sordas a los discursos.
Si se pudiera congregar el descontento en un solo síntoma, habría que concluir que la carcoma que horada el presente se llama incredulidad. Es como si se hubiera agotado la fuerza que llevaba multitudes a confiar en verdades esenciales. En lugar de estas, ahora no hay sino jirones de teorías y prácticas que antiguamente imprimían seguridad y permitían bajar a la cama cada noche en paz.
La crisis actual es la explosión de un sistema, es decir del conjunto de certezas que durante siglos y siglos permitió que los humanos se pacificaran interiormente con su sistema de vida y de creencias. Algo muy profundo ha llegado a la agonía, y cuando fenece un entramado espiritual corre peligro la convivencia, la paz, la sanidad de los espíritus.
El mundo tardará años, tal vez siglos, en darse cuenta de la profundidad de esta pérdida. Nuevos líderes visionarios intentarán ofrecer alternativas, marchas vociferantes de jóvenes en varias latitudes reclamarán un rescate que les permita salvar su existencia y su impulso de vida. Pero ni París ni Roma se construyeron en diez años.
El trayecto será largo, muchos seres se sacrificarán en el sinsentido, muchos procurarán sumarse a las huestes que buscan ajustar el porvenir a las nuevas sensibilidades. La tarea no es fácil ni rápida. Parece que las viejas formas de manejar el mundo entraron en catástrofe, de manera que hay que comenzar de cero o de casi cero.
Es obvio que no todas las estructuras antiguas merecen fenecer. Pero lo cierto es que todas han de atravesar por un juicio de responsabilidades. Y es previsible que montones de adherentes de los antiguos regímenes no quieran perder sus privilegios e intenten camuflarse entre las fuerzas renovadoras.
En realidad, se trata de la renovación del sistema de ser humanos. No será un camuflaje, sino un nuevo amanecer. La invención de un modo novedoso de habitar este planeta, y seguramente de otros que hoy son apenas proyectos para astronautas, ha de ser una hazaña todavía no soñada por los actuales terrícolas.
Hoy en día estas elucubraciones parecen la ficción de un novelista, pero es tan amplio el rechazo al estado de cosas actual, que basta con empujar un poco a los jóvenes de hoy para que asuman la fascinante tarea, no de crear, sino de recrear el mundo.