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Las elecciones del pasado domingo nos dejaron un mapa político en Bogotá que merece una lectura profunda, más allá de los ruidos de las redes sociales. Lo primero que hay que decir es que la ciudad ratificó su papel como el corazón político del país, pero también evidenció una tensión que nos debe poner a reflexionar sobre quiénes están realmente pensando en el futuro de nuestra ciudad.
El Pacto Histórico consolidó una fuerza impresionante con ocho curules, el Centro Democrático también creció pasando de dos curules a seis, impulsados por la votación de Daniel Briceño, quien se convirtió en un fenómeno de opinión nacional con más de 260.000 votos. Es innegable que Bogotá castigó la gestión de Carlos Fernando Galán, cuya lista no logró el umbral. Los bogotanos y bogotanas enviaron un mensaje claro: la ciudad no se maneja con burocracia, sino con resultados que se sientan en la calle.
Sin embargo, hay un avance que quiero resaltar con orgullo, aunque nos falte camino: Bogotá es la región que más mujeres llevará a la Cámara de Representantes. Aunque no alcanzamos la paridad total, las siete mujeres electas representan la bancada femenina más grande del país. Es un triunfo del liderazgo femenino que debemos celebrar, pero también vigilar, para que esas voces se traduzcan en agendas de cuidado y seguridad para todas.
Mi preocupación real nace de lo que viene para la gestión de la ciudad. Estamos viendo una bancada llena de figuras interesadas en el debate nacional y en el “show” mediático para saltar al Senado, pero con poco interés en los temas técnicos que nos quitan el sueño: la financiación de la segunda línea del metro, los Regiotram o las inversiones urgentes para garantizar el agua y la sostenibilidad ambiental.
Necesitamos representantes que se la jueguen por un urbanismo sostenible, que entiendan que soluciones basadas en la naturaleza son las que nos salvarán del cambio climático. No podemos permitir que Bogotá quede huérfana en el Congreso, representada por muchos influencers, pero por muy pocos gestores que peleen el presupuesto nacional para nuestras vías y servicios.
En esta columna he venido insistiendo en que es un verdadero problema que los representantes a la Cámara por Bogotá no sean dolientes de la ciudad, sino que siempre figuren por temas de nación, la mayoría motivados por otras aspiraciones electorales. No soy la única en diagnosticar el problema, pues este diario publicó el fin de semana pasado un artículo titulado “Cámara por Bogotá: el eslabón perdido entre el Distrito y el Gobierno Nacional”, en la cual se señala que existe una “desconexión que se traduce en el poco reconocimiento ciudadano a la labor de estos congresistas, a quienes solo se les ve en campaña”.
El reto de estos nuevos congresistas es demostrar que su “perrenque” no es solo para las redes, sino para trabajar por una Bogotá que necesita soluciones reales, menos polarización y mucha más gestión técnica.
La pregunta que queda flotando en el aire capitalino es si esta nueva bancada estará a la altura de las crisis que no dan espera. No necesitamos más figuras de redes sociales expertas en el “like”, pero analfabetas en la estructuración de proyectos de gran escala.
El futuro de Bogotá se juega en la capacidad de estos y estas representantes para sentarse a la mesa con rigor técnico, dejando de lado el sectarismo para priorizar la red de metros, la soberanía hídrica y la protección de nuestra estructura ecológica principal.
Como ciudadana y experta que ha recorrido cada localidad, sé que el espacio público y la infraestructura social no se construyen con trinos, sino con presupuesto ejecutado y voluntad política real. Es hora de que los nuevos congresistas entiendan que representar a Bogotá es una responsabilidad técnica de tiempo completo, no un trampolín mediático para sus próximas aspiraciones personales. La ciudadanía ya envió su mensaje en las urnas; ahora nos corresponde a nosotras y nosotros, desde la veeduría y la opinión, exigir que esa votación histórica se traduzca en una gestión que de verdad le duela la ciudad.
