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¿Crecer y traicionarse?

Brigitte LG Baptiste

26 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

La participación masiva de jóvenes en las protestas, que no son el paro, responde a la falta de oportunidades para participar en la construcción de una sociedad más justa y sostenible para cuando sean adultos. Hay que recordar siempre que la base de una pirámide demográfica hace que por cada adulto mayor haya entre dos y tres personas que ven el envejecimiento de una manera distante y extravagante. Como reflejo de una traición, diría Andrés Caicedo. Pero las personas siempre están naciendo y envejeciendo, de manera que la separación generacional es inexistente, a menos que las olas del comportamiento humano las hagan evidentes al romper con más o menos violencia sobre una playa, un manglar o un acantilado.

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El mundo contemporáneo, para muchos, refleja el fracaso de las civilizaciones globales, en la medida que desembocamos en la crisis climática, ese escenario del que todos hablamos pero pocos en la calle sabrían definir, mucho menos imaginar, aunque probablemente sea el tema que domine la totalidad de sus vidas. Quien tiene hoy 25 años y uno o dos hijos debe saber que cuando haya terminado su ciclo laboral y eventualmente tenga nietos, el planeta Tierra será otro, muy pero muy extraño y muy hostil en su búsqueda de nuevos equilibrios térmicos y metabólicos. Por el camino, quienes hoy marchan deberán haber aprendido a adaptarse, con sus conocimientos y, sobre todo, su capacidad de trabajar en grupo. El reto será mantener la solidaridad y energía de la batucada para inventarse la materialidad del futuro, con fuentes de energía limpias y viables, fuentes de alimento y agua sanas y viables, fuentes de recreación sanas y viables, fuentes de servicios justos y viables. Millones de personas adultas estamos en esa búsqueda, a pesar de que no parezca, donde el factor común de la sostenibilidad es la viabilidad. Los reclamos de paz, justicia, educación y salud para todos, todas y todes siguen activos, pues seguimos “buscándole la comba al palo” en medio de diferencias que, al envejecer, hemos aprendido a tramitar (más o menos) en la democracia liberal, sin fusilarnos.

En ecología conocemos la importancia del colapso, pero no justificamos la guerra ni la naturalizamos, algo que sí han hecho muchos líderes (normalmente sociópatas o psicópatas convincentes) cuando llevan juventudes enteras al abismo de las “soluciones renovadoras” basadas en la violencia explícita o transpuesta y el desplazamiento forzado. Está en la batucada y en las directivas de los paros decidir, a fondo, cómo lidiar con el Estado, potencialmente el más traicionero de todos, pero que en la senil o lúcida madurez de su institucionalidad albergará las revoluciones que se gesten. Francia aún debate si honrar o derribar las estatuas de Napoleón…

Acabar vidas y trabajos, atentar contra ambulancias, ignorar la ciencia, destruir la infraestructura y las diferentes formas de riqueza de una nación no implican automáticamente la redistribución del conocimiento o el bienestar, así parezca que es lo que se ha venido haciendo desde el mismo Estado, que no es homogéneo. Hay que tener cuidado: si la protesta no se convierte en propuesta, como dijo Juan Pablo Ruiz en este diario, será difícil, si no imposible, volver a estructurar un nuevo orden social. Hay umbrales. No dejen de volver a ver Mad Max o Fuga en el siglo 23. Cine de la juventud… de los 70.

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