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La encíclica sobre IA en tiempos de seguridad, poder corporativo y derechos de autor

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Carolina Botero Cabrera
30 de mayo de 2026 - 05:03 a. m.
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El papa León XIV presentó su encíclica Magnifica Humanitas. En 110 páginas actualiza la Doctrina Social de la Iglesia frente al impacto de la inteligencia artificial. La decisión era previsible desde la elección de su nombre: León XIII fue el autor de Rerum Novarum, como respuesta a los desafíos sociales de la revolución industrial. Ahora, León XIV busca hacer algo similar frente a la transformación digital, fija la posición oficial de la iglesia católica sobre debates contemporáneos en un momento geopolítico marcado por disputas sobre el desarrollo y regulación de la IA.

El documento ha despertado interés mediático y puede leerse desde múltiples perspectivas. Me interesa particularmente desde una óptica de derechos humanos y gobernanza tecnológica, es decir, pensando la tecnología con las personas en el centro. Es una lectura necesariamente parcial, algo desordenada y definitivamente insuficiente, porque aborda brevemente solo unos temas.

En conjunto, la encíclica refleja una visión de derechos humanos centrada en la persona, pero inseparable de dimensiones colectivas como justicia, inclusión, paz, acceso a bienes comunes y responsabilidad ética frente a la tecnología y las desigualdades contemporáneas. El documento habla de proteger derechos fundamentales y, en la práctica, eso se traduce en principios regulatorios muy concretos: transparencia algorítmica, rendición de cuentas, evaluación de impactos, supervisión humana permanente, participación democrática y regulación del poder corporativo y de los datos.

En el actual contexto geopolítico, marcado por un creciente fervor religioso entre líderes políticos y empresariales que se presentan como fieles seguidores de la Iglesia católica, resulta llamativo que la encíclica proponga una visión de la inteligencia artificial y de la tecnología digital orientada al bien común, la dignidad humana y la reducción de desigualdades. Es llamativo frente a figuras como Peter Thiel —cofundador de Palantir, ultracatólico radical y autoproclamado perseguidor del anticristo— cuya empresa y manifiestos tecnológicos representan una visión prácticamente opuesta, centrada en vigilancia, concentración de poder y superioridad tecnológica.

La encíclica expresa preocupación por las asimetrías de poder tecnológico y por la concentración de datos, infraestructura computacional y capacidades de decisión en pocos actores, tanto corporativos como estatales. Desde esa perspectiva, una tecnología orientada al bien común exige relaciones internacionales más equilibradas y menos concentradas, donde el desarrollo tecnológico no profundice subordinaciones económicas o políticas existentes. Esa lectura geopolítica puede tener poca incidencia práctica sobre varios de los liderazgos más visibles del catolicismo político contemporáneo, tanto en potencias como Estados Unidos —con Trump y su entorno tecnológico— como en figuras periféricas de la región como Bukele o Milei.

En esa misma línea, en la actual campaña presidencial colombiana, esto no es un tema. Cuando las candidaturas hablan de tecnología suelen centrarse en digitalización estatal y agendas de seguridad y vigilancia. Esa aproximación responde justamente a los riesgos que la encíclica identifica: una cultura tecnológica organizada alrededor del control y el poder, más que alrededor de la dignidad humana o del interés público.

A la luz de este documento, temas de seguridad, vigilancia o guerra, recurrentes en los discursos de varias candidaturas, no pueden verse únicamente por la afectación a derechos individuales como la intimidad o la propiedad, sino desde el riesgo de construir sociedades basadas en monitoreo permanente, autocensura y concentración de poder. La tecnología, se deduce de la encíclica, no debería organizarse únicamente alrededor de la eficiencia o la seguridad, sino alrededor de preguntas éticas sobre el tipo de sociedad que queremos construir.

Cambiando de tema, llama la atención el análisis de ReCreate Coalition sobre un hecho tan llamativo como inesperado, el Papa no aborda el derecho de autor en relación con la IA. Aunque León XIV ha sido víctima frecuente de deep fakes -videos, imágenes o audios manipulados mediante IA para hacer que una persona parezca decir o hacer algo que nunca ocurrió-. y aunque la encíclica dedica un apartado a “la verdad como bien común” -donde menciona los riesgos de la desinformación para la democracia y la paz-, no aborda el derecho de autor que para algunos sirve para enfrentar el riesgo reputacional. Tampoco lo menciona como instrumento de gobernanza de la IA.

Para ReCreate, ese silencio es intencional y coherente con el enfoque general de la encíclica: las preocupaciones sociales más importantes sobre IA no están relacionadas principalmente con propiedad intelectual o remuneración de titulares de derechos, sino con concentración de poder, vigilancia, desinformación y acceso al conocimiento.

Finalmente, viendo el escaso impacto que tuvo la Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe titulada Vacuna para todos. 20 puntos para un mundo más justo y sano, publicada durante la pandemia para llamar la atención sobre las desigualdades en el acceso a medicamentos y vacunas, vale preguntarse qué tan efectiva será la encíclica. Aun así, soy optimista: las encíclicas son de largo aliento, históricamente influyeron más allá de la vida religiosa, permeando debates políticos, económicos y sociales durante décadas.

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