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Dos cartas sobre las redes sociales y sus riesgos

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21 de octubre de 2021 - 05:00 a. m.
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Facebook y un editorial

Antes que nada, debemos definir que Facebook es una empresa privada; como tal, lo primero que busca es su beneficio particular y por ende obtener ganancias. Entonces, nada de raro tiene que busque un lucro continuo en sus actividades diarias sobre nuestros datos, los cuales son su capital privado, que hemos compartido a pesar de ser conscientes del riesgo que ello implica.

No podemos ser ajenos a que somos nosotros los responsables de que todas estas plataformas funcionen con nuestra información. Así como ustedes dicen al final de su editorial del 9 de octubre que algo debe cambiar, es evidente que nuestro comportamiento es lo que primero debe modificarse, pues es muy difícil que estas plataformas cambien y más si siguen lucrándose de nuestros datos.

Entonces, solo con un sentido crítico sobre qué tipo de contenido compartimos y estamos dispuestos a ver podremos cambiar este modelo de negocio. Igualmente, nos toca educar y tomar partido cuando veamos información que no corresponde a la realidad, pero esto solo será posible en la medida en que sepamos manejar nuestras emociones y no nos dejemos llevar por nuestros impulsos.

Finalmente, solo con una sociedad educada y crítica podremos construir un mejor futuro donde seamos nosotros los que tomemos nuestras decisiones y no un algoritmo el que defina nuestro destino.

Jaime Andrés Arias Tabares

Las redes sociales y los antivalores

Absolutamente de acuerdo con su editorial titulado “Instagram daña la salud mental: ¿qué podemos hacer?”. Las redes sociales, además de alienar las mentes que se considerarían más equilibradas y de la consiguiente pérdida de tiempo que es un recurso valiosísimo e irrecuperable para el ente humano, están encargadas de promover antivalores. En su mayoría las publicaciones son vacías y se han convertido en referentes peligrosos de vida y de comportamiento.

Llaman la atención, por ejemplo, los videos en Facebook que a todas luces revelan maltrato animal. Aunque dan la posibilidad de censurarlos, encasillan las preguntas y los conceptos a su acomodo con el fin de que la censura no prospere, y al final sólo dan la alternativa de “dejar de ver los videos”. Estos contenidos se convierten en la diversión de personas de mentes estrechas y perversas, y muy seguramente influyen en los seguidores, que repiten las aborrecibles prácticas y replican videos para hacerse célebres. No enseñan nada, no ilustran nada, no educan, no aportan algo que sirva para mejorar la calidad de vida, crecer la mente y elevar el espíritu de los internautas. Pura basura...

Creo que su editorial sobre Instagram y las demás redes sociales se quedó muy corto.

Lucía Amparo Guzmán Valencia

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