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A falta de un conocimiento profundo del tema, la reciente columna “La oración del ateo”, de Julio César Londoño, no solo resulta ofensiva para los no creyentes, sino estigmatizante e incluso peligrosa. Lo más paradójico es que en textos anteriores él ha dicho no ser creyente (“me fue negada la gracia de la fe”).
Con un pensamiento dicotómico más propio de un infante -bueno o malo, todo o nada, conmigo o contra mí- y no de una persona en teoría madura que entiende mejor el mundo en su amplia y compleja gama de grises, empieza afirmando que “el ateísmo tiene dos sectas: la piadosa y la radical. Los radicales son el Eln del ateísmo”. Esta última frase es vergonzosa e irresponsable, como si los no creyentes fueran subversivos del pensamiento, y nada más alejado de la verdad.
El escritor austriaco Robert Musil decía que no es el genio quien está 100 años adelantado a su tiempo, sino que es el hombre promedio quien está 100 años atrasado. Bien haría Londoño en incorporar esta frase a su arsenal intelectual.
Desde tiempos antiguos, contrariamente al rebaño de las masas, ya varios filósofos ponían en duda la existencia de dioses tan caprichosos como el griego Zeus o el romano Júpiter, ambos creados a imagen y semejanza del hombre, con todos sus defectos. El cristianismo solo vino a unificar y revestir como nuevas antiguas creencias religiosas, y con el paso de los años, a medida que la educación y la ciencia calen aún más en la sociedad, también terminará por quedar relegado, como ocurren en países como Suecia, Alemania, Francia, Austria e incluso España, donde un alto porcentaje de la población se define como irreligiosa.
En esta misma línea no son para nada descabelladas citas como la del último Epicuro o la de Schopenhauer que el “columnista” refiere: “Las religiones son cosmologías para niños; por eso son alegóricas, ilustradas y amenazantes”.
Asimismo es ignorante por infundado decir que el ateo piadoso es místico y cortés. Nada más lejos del ateísmo que el misticismo. Si Londoño pretendía citar un mejor ejemplo de ateísmo ético, ahí está el libro El existencialismo es un humanismo, de Jean Paul Sartre, que no le caería nada mal leer.
Aunque el columnista intenta matizar un poco estas primeras descalificaciones con citas de ateos, o descreídos como él los llama, que considera hermosas plegarias o poéticas descripciones litúrgicas, en el fondo desconoce que muchos no creyentes tienen mucho mejor sustentadas sus creencias que la mayoría de los devotos.
Si el creyente fuera mucho más racional y autocrítico con sus propias creencias, superando los dogmas que tantas religiones pretenden imponer, sin duda llegaría a unas concepciones mucho más cercanas a las del ateo del que Londoño tanto despotrica.
La fragilidad de sus argumentos intelectuales no tiene por qué traducirse en irresponsables descalificaciones hacia los no creyentes, pues estas solo contribuyen al unanimismo de pensamiento que tanto daño le hace a Colombia, donde caben sin problema todos los credos, pues es precisamente esa diversidad la que más lo enriquece como país.
Octavio Pineda, periodista y escritor.
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