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18 May 2022 - 5:30 a. m.

Desprecio por la decencia

El acto retador, innecesario y abusivo de la Procuraduría Cabello de separar de su cargo al alcalde de Medellín, Daniel Quintero, a 19 días de las elecciones, contados estos a partir del momento de su destemplado anuncio (“no se equivoquen conmigo”), ha exacerbado aún más los ánimos de un país que se encuentra al borde de que se desate un enfrentamiento civil, una vez se conozca el nombre del ganador de las elecciones en primera o segunda vuelta. Esperemos que el 29 de mayo o, en su defecto, el 19 de junio no retrocedamos al 9 de abril del siglo pasado y no suframos, por la irresponsabilidad general de esta campaña, una revuelta que termine con muertos en las plazas. No es posible negar que Quintero “dio papaya” con sus frases y gestos públicos a favor del candidato Petro. Pero si la procuradora hubiera honrado el juramento que hizo de acatar la Constitución y las leyes, y no hubiera puesto por encima de ellas los intereses de quien sigue siendo su jefe en la práctica, Iván Duque, de su partido y de su candidato presidencial, Federico Gutiérrez, en lugar de la medida desproporcionada, además de ilegítima, de suspenderlo de sus funciones, lo habría amonestado. Y, si quería ir más allá, le habría advertido que podría interponer una denuncia penal contra él, como es el procedimiento reglado por la Convención Americana de Derechos Humanos, que protege los derechos de los elegidos y de sus electores cuando han ganado, en democracia, la posición en que están.

Pero si Cabello —una abogada cuya ética pública falta por examinar a fondo, en particular en su paso corruptor por la Corte Suprema— quería reiterar que ella y Duque y Uribe (tocando la sinfonía en el fondo) poseen tanto dominio que pueden estar por encima del orden nacional y de sus deberes con la Convención Americana, la procuradora podría, también, haber disimulado un poco su cinismo para la galería internacional, la única que le preocupa a su grupo de poder: hubiera suspendido de sus funciones al comandante del Ejército, por ejemplo, quien se atrevió a ir mucho más allá que Quintero, cuando enfrentó groseramente al mismo Petro no solo siendo servidor armado del Estado, sino subvirtiendo las normas que le impiden entrar —en su condición de militar activo y con mando de tropa— en controversias políticas y, con mayor razón, en ataques a un candidato presidencial, opositor —y no cualquiera— al Gobierno a quien debe obediencia; Cabello, la estricta, hubiera amonestado al ministro de Defensa, superior jerárquico del general violador de la ley, o al ministro del Interior a quien le falta poner valla en su casa invitando a votar por Gutiérrez, el candidato del Ejecutivo. ¿O alguien no lo sabe en Colombia?

Cabello hubiera podido, así mismo, aparentar que nadie puede “equivocarse con ella”, no afectando con la misma decisión de Quintero a un alcalde de ciudad mediana con el fin de soportar su supuesta imparcialidad, ni a un concejal de municipio pequeño o al personero de un pueblecito, sino haciéndole un serio llamado de atención para que se comporte a la altura de presidente de la República a su promotor Iván Duque, este sí en campaña abierta y descarada por Federico Gutiérrez, alguien cuya estampa de estadista no se ve ni por el forro.

Hablando de Gutiérrez, es tanto el desespero que se adivina en quienes lo ensalzan y analizan las encuestas, que están llevándolo, a costa de lo que sea, a imitar al candidato que llena estadios con el fin de dar la impresión de que es tan popular como este. A costa de lo que sea no es una simple expresión. Es reflejo de la realidad que vemos: en el entorno de Gutiérrez son bienvenidos los narcotraficantes o la gente que negocia con ellos (ver); la compra de votantes mediante mensajes masivos en redes, como la que denunciamos en Noticias Uno el fin de semana pasado, que ocurrió en Pereira en donde la constructora Gerenciar ofreció bonos de $20.000 para ser redimidos con la entrega de hamburguesas a quienes acompañaran al candidato en la plaza (ver); las amenazas a los trabajadores de ciertos políticos-empresarios cuestionados, si ellos manifiestan su favor por otros candidatos (ver), y el apoyo a este embrión del uribismo-gavirismo por parte de los políticos de la peor laya, no importa si fueron condenados o procesados por corrupción: sus votos son bienvenidos (ver). La era Uribe ha arrastrado al país hasta el fondo. Ha logrado sacar lo peor de la gente. Estamos viviendo una situación moral tan lamentable que la decencia en las posturas políticas y la distancia que se tome de los corruptos se juzgan como “tibias” y despreciables.

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