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Buena parte de la literatura académica y de los repositorios sobre política exterior colombiana ha sugerido, con gran insistencia, la necesidad de concretar el interés nacional colombiano. Es un asunto cliché a simple vista, pero es más estratégico que retórico, pues de allí se desprendería la acción del Estado en modo crucero. Ha sido una cuestión que, en repetidas oportunidades, ha dado lugar a debates tanto existenciales como pragmáticos. Entre ellos: ¿qué debe ser el interés nacional? ¿Qué nos interesa? ¿Por qué debería existir un interés nacional? ¿Debería interesarnos algo distinto de lo que interesa a otros? Todas estas preguntas son válidas, pero insistir en definir el interés deja ver las costuras con las que nos hemos hecho como Estado y, quizás, también como nación. ¿Qué nos interesa? ¿Será que nos interesa algo de lo cual no nos hemos dado cuenta, ni como ciudadanos ni como líderes políticos? ¿Es importante que nos interese algo?
La literatura académica sobre la materia sostiene que el interés nacional constituye el eje estructurante de toda política exterior; es el criterio superior de conducción de esa política pública. Es el concepto que representa el conjunto de objetivos esenciales, prioridades y necesidades que un Estado busca proteger y promover en el escenario internacional para garantizar su existencia y continuidad en el mundo. Eso explica las razones por las que un Estado se alía con unos, se distancia de otros e, incluso, por qué deja de hacer ciertas cosas. En términos pragmáticos, constituye los mecanismos que se activan para asegurar la supervivencia y la pervivencia del Estado; en términos ideacionales, es lo que le otorga identidad.
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Pero el problema con Colombia es que ese interés no está definido. Una de las razones por las que no existe puede ser porque nada nos interesa, todo es urgente y nada puede ser interesante. Sobrevivir el día a día como Estado, es lo más parecido a interesarnos algo. ¿Cuál es nuestro proyecto como Estado? Todos lo intuimos, todos lo sospechamos, pero no es claro. Y, si no existe con claridad, por obvias razones tampoco existen mecanismos para alcanzarlo (Realpolitik). Cualquier intento por actuar en esa dirección, sin tener previamente definido ese interés, insisto, es apenas un remedo, una imitación. Entonces, lo colombiano ha sido actuar desde la surrealpolitik, desde la expansión de la realidad e incluso, por encima de ella. La política exterior ha terminado convertida en un ejercicio esencialmente pasional, impulsado por obsesiones particulares, afinidades personales y lógicas que marchan en dirección contraria a la permanencia, la continuidad y la pervivencia de la nación. En Colombia hay una deuda histórica, y no hay nada más histórico que las deudas: definir el interés nacional. Aunque, pensándolo bien, puede que nuestro verdadero interés nacional haya sido, precisamente, no tener uno.
*Profesor de Relaciones Internacionales
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