La Fundación Gabo resume el periodismo ético en estos valores: verdad y precisión, independencia, equidad e imparcialidad, humanidad y responsabilidad. La verdad puede ser relativa, pero la exactitud no. De ahí que la precisión de los hechos sea una exigencia inamovible y, cuando por distintas razones no se logra, hay que decirlo al público lector, oyente o televidente. El llamado a ser una voz independiente consiste en actuar e informar al margen de intereses políticos, empresariales o culturales, como señala la Fundación Gabo.
Como lo publiqué en la columna “Los medios que cantan su voto”, difiero de la idea que hay sobre la imparcialidad en el periodismo, pero la equidad y el desarrollo de un contexto son algo a lo que estamos obligados al presentar información de interés público.
En cuanto al valor ético de la humanidad, la Fundación dice: “Los periodistas no deben dañar a nadie. Lo que publiquemos puede ser hiriente, pero debemos ser conscientes del impacto de nuestras palabras e imágenes en las vidas de los demás”. Esto está ligado a la responsabilidad como parte de la ética de la profesión, lo que implica que debemos reconocer y enmendar nuestros errores.
Tomo como referencia a la Fundación Gabo porque es una institución respetable y porque creo que nunca está de más recordarnos, a quienes de distintas formas ejercemos la profesión de periodistas, que nuestra labor es un pilar fundamental para la solidez de la democracia y que nuestras decisiones, especialmente en época electoral, son determinantes para fortalecer esa realidad.
En ese sentido, y siguiendo con la reflexión que invité a hacer en la columna que menciono, creo que un medio de comunicación, con su director/a correspondiente, puede expresar abiertamente su posición política y quienes trabajamos al margen de la línea de mando en esos medios debemos conservar los principios éticos y actuar con la grandeza que exige una profesión tan importante en la construcción de una cultura ciudadana bien informada.
¿Difícil? Sin duda. Los periodistas somos ciudadanos que también hacemos uso del sistema de salud, que padecemos la infraestructura precaria de las carreteras, que sentimos miedo ante la violencia en las calles y ante los grupos criminales; somos madres y padres de familia que pensamos en el bienestar de nuestros hijos, es decir, estamos permeados por todo lo que nos dan y nos quitan los gobernantes.
Ahí está el mayor reto: por un lado, la obligación de denunciar a quien infrinja la ley y, por otro, mantener la cordura y no perder de vista que nos debemos a un público diverso en cuanto a sus preferencias políticas, religiosas, étnicas, sexuales y culturales.
¿Qué hacemos, entonces, en época de elecciones? La respuesta es tan obvia que ameritaría un “gracias, Faryd”, pero al ver posturas incitadoras como las de Felipe Zuleta en Blu Radio y en El Espectador, se vuelve urgente recordar las banderas de la ética para no permitir que se ensucie una profesión ya de por sí violentada y amenazada y, por otro lado, tan carente de autocrítica.
El señor Zuleta no pasaría de ser un personaje menor si no fuera porque el programa radial en el que trabaja es uno de los más escuchados del país y allí lo califican como periodista. Con eso, tácitamente, se justifica que cualquier colega arrase con los valores expuestos al comienzo de este texto.
Los ejemplos de activistas-periodistas abundan, especialmente en los extremos más nocivos de las ideologías. Validarlos y/o volvernos como ellos, cruzando impunemente la línea ética, alienta las voces que prefieren callar a los medios y a todo periodista que hace su trabajo de forma valiente y honorable. Y, de paso, confunde aún más a las audiencias que no saben diferenciar entre quién es periodista y quién no.
* Periodista y directora Feria del Libro Pereira.