Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El mundo moderno depende, casi en su totalidad, de la información digital. Diariamente, millones de personas envían correos electrónicos, realizan videollamadas, toman fotografías, ven videos en internet, escuchan música, realizan transacciones bancarias y comparten información personal. Nuestra vida social, económica y profesional se desarrolla, en buena medida, dentro de un ecosistema digital.
Esta transformación tecnológica ha traído innumerables beneficios. Sin embargo, con el desarrollo de los nuevos sistemas de inteligencia artificial (IA), podríamos estar presenciando el comienzo de un cambio de paradigma: la pérdida de confianza pública en la información digital.
¿Por qué? Porque las herramientas de la IA permiten crear, alterar y manipular fotografías, videos, grabaciones de voz y documentos con un nivel de realismo cada vez mayor. Contenidos que anteriormente requerían conocimientos técnicos especializados ahora pueden producirse en cuestión de segundos.
El problema no radica únicamente en la proliferación de información falsa, sino en algo potencialmente mucho más preocupante: la posibilidad de que las personas dejen de confiar en información veraz.
Imaginemos, por ejemplo, que se publica un video auténtico en el que un funcionario público comete un acto de corrupción. Hasta hace poco, este material habría podido constituir, cumplidos los requisitos legales, una prueba difícil de desacreditar. Hoy, sin embargo, bastaría con alegar que fue creado mediante IA para sembrar dudas sobre su autenticidad.
Este fenómeno se conoce como “liar’s dividend” o “dividendo del mentiroso”. Consiste en el beneficio que obtiene una persona cuando logra desacreditar información verdadera alegando que ha sido fabricada o manipulada. Curiosamente, mientras más sofisticada sea la IA, más fácil podría resultar cuestionar la autenticidad de acontecimientos que realmente ocurrieron.
Las consecuencias de este fenómeno podrían ser profundamente disruptivas. Primero, la confianza dejaría de depender exclusivamente del contenido de la información y pasaría a depender, cada vez más, de nuestra capacidad para verificar su origen y autenticidad. Una fotografía, una grabación o un documento digital podrían dejar de ser suficientes, por sí solos, para convencernos de que algo realmente ocurrió.
Esto podría generar un fenómeno inesperado: el regreso de prácticas que parecían superadas por la revolución digital. Las reuniones presenciales, las comunicaciones firmadas a mano, los documentos físicos y la intervención de terceros que certifiquen la autenticidad de determinada información, como notarios o testigos, podrían adquirir una importancia renovada. Incluso las publicaciones impresas de editoriales y medios de comunicación reconocidos podrían recuperar parte del valor que han perdido frente a los contenidos digitales.
Naturalmente, estos mecanismos tampoco garantizan la veracidad de la información, dado que los documentos físicos también pueden falsificarse. Sin embargo, proporcionan formas alternativas de verificar su procedencia y establecer responsabilidades. Segundo, las consecuencias jurídicas podrían ser particularmente importantes. Pensemos en los procesos judiciales, donde correos electrónicos, fotografías, videos y grabaciones constituyen medios probatorios habituales.
Si cualquier evidencia digital puede ser cuestionada alegando una posible manipulación mediante la IA, determinar su autenticidad podría requerir procedimientos cada vez más complejos y costosos, incluyendo análisis forenses, revisión de metadatos, registros de procedencia y testimonios adicionales. En otras palabras, la IA no solamente podría facilitar la creación de pruebas falsas, sino también dificultar la prueba de hechos verdaderos.
Por supuesto, la propia tecnología podría ofrecer soluciones. Ya existen mecanismos de identificación y certificación del origen de contenidos digitales, como firmas criptográficas, marcas de agua y registros de procedencia. Sin embargo, estos sistemas presentan limitaciones y todavía no garantizan una verificación universal de la información (especialmente cuando los modelos de la IA denominados “black box”, que no permiten identificar los procesos internos de decisión, son cada vez más comunes).
La paradoja es evidente: cuanto más avanzamos en nuestra capacidad de crear y modificar información digital, mayor es el riesgo de perder la confianza en ella. Si continuamos impulsando el desarrollo de la IA sin contar con mecanismos fiables para verificar la autenticidad de la información digital, corremos el riesgo de erosionar la confianza pública en todo el ecosistema digital. Por el contrario, si establecemos límites razonables al desarrollo y utilización de esta tecnología, al menos mientras se desarrollan herramientas que permitan verificar dicha autenticidad, podríamos preservar muchas de las ventajas que la revolución digital nos ha proporcionado. Quizás, entonces, el verdadero progreso tecnológico no consista simplemente en avanzar cada vez más rápido, sino en hacerlo sin poner en riesgo aquello que la propia tecnología nos ha permitido construir.
*Senior lecturer, Australian Catholic University (ACU). Sydney, Australia.
-
Atenas(06773)•27 de octubre de 2026 – 06:30Como quiera q’ soy usuario recurrente de la IA y de entorno digital, hallo esta interesante columna cual válido llamado de alerta sobre los peligros q’ entraña tan poderosa herramienta, y en su texto expuestos. El facilisimo q’ nos significa, y q’ en verdad mucho sorprende, cierta/ da el margen o la opción pa caer en engaños o en bulos y camelos, y de lo cual se sirven las bodegas pa desviar la atención de aquello q’ no les sirva.De este método se valió Lula en Brasil pa lograr su triunfo.Atenas
-
Lalo(70277)•Hace 23 horasVale más una cagarruta de rata que sus "opiniones", degenerado.
-