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En los últimos meses, Estados Unidos ha vuelto a ejercer su poder en América Latina y el Caribe como si la región le perteneciera. En aguas del Caribe y del Pacífico, ha realizado ejecuciones extrajudiciales bajo el pretexto de una “guerra” nunca declarada contra el narcotráfico. En Brasil, castigó al sistema judicial por la decisión de encarcelar al expresidente Jair Bolsonaro. En Argentina y Honduras, el peso diplomático y mediático de Washington se inclinó sin pudor hacia candidatos conservadores. Y, de forma aún más grave, Venezuela fue objeto de acciones militares directas y de la captura forzada de Nicolás Maduro, en una operación que reabre los peores fantasmas de la intervención unilateral. Lejos de ser episodios inconexos, estos actos constituyen un patrón de conducta que vuelve a normalizar la excepción, la fuerza y la extraterritorialidad como instrumentos de política.
Ante este escenario de volatilidad y riesgo regional, ¿qué política exterior le conviene a Colombia? ¿La de la indignación permanente? ¿Un alineamiento preventivo? ¿Silencio y sumisión para “no provocar”?
Propongo otra: el aguante estratégico. Este consiste en sostener la dignidad sin convertirla en espectáculo; en priorizar el interés nacional sin caer en la provocación; en sobrevivir al vendaval sin hipotecar el futuro. Aguante estratégico es tener claro lo esencial (soberanía, integridad territorial, multilateralismo) y moverse con inteligencia en lo demás (formas, canales, tiempos, alianzas).
Hay al menos tres razones de peso para sostener que este es el camino correcto.
La primera es estructural. El poder estadounidense ya no es lo que fue. Aunque sigue siendo una potencia de peso, opera hoy en un mundo que avanza, con tropiezos, hacia la multipolaridad. China, India, Indonesia y amplios sectores del Sur Global han ampliado sus márgenes de maniobra. Esto no significa que Washington haya dejado de importar, pero sí que su capacidad para imponer reglas sin costos se ha erosionado. Cada acción unilateral acelera ese proceso. Para países como Colombia, esto abre espacios que no existían hace veinte años: diversificación de alianzas, mayor autonomía relativa y más capacidad de incidencia colectiva.
La segunda razón es temporal y política. Donald Trump no gobierna en el vacío. Le quedan tres años de mandato, pero su margen interno es cada vez más estrecho. Todas las encuestas serias muestran un escenario cuesta arriba para los republicanos en las elecciones de medio término de 2026. Históricamente, los presidentes estadounidenses pierden control del Congreso en su segundo mandato, y hoy no hay señales que indiquen lo contrario. Trump opera en ciclos cortos, reactivos, muchas veces impulsivos. Colombia, en cambio, debe pensar en horizontes largos. En este contexto, el aguante estratégico implica no confundir el ruido del momento con la dirección de fondo.
La tercera razón es doméstica. Esta estrategia no implica un giro abrupto para Colombia, sino coherencia. El gobierno de Gustavo Petro ha sostenido una política exterior basada, entre otros, en la centralidad de la paz, el diálogo con todos los actores y la defensa del derecho internacional. Desde la denuncia del genocidio en Gaza hasta la apuesta por una diplomacia climática activa, pasando por el fortalecimiento de vínculos con China, el continente africano, el Caribe y Medio Oriente, Colombia ha venido construyendo una política exterior más independiente. El aguante estratégico no contradice ese rumbo: lo ordena y lo protege en tiempos difíciles.
Esta lógica se pondrá a prueba muy pronto. El encuentro entre Petro y Trump en la Casa Blanca, el próximo 3 de febrero, debe operar en función de tres objetivos: reactivar el diálogo al más alto nivel entre pares soberanos; dejar absolutamente claro que Colombia no aceptará acciones unilaterales y violentas contra su territorio, sus ciudadanos o sus intereses y, sobre todo, estabilizar la relación mientras pasa la tormenta. La consigna podría resumirse así: máxima claridad en los principios, máxima sobriedad en la ejecución. Es diplomacia de alto riesgo, sí, pero también diplomacia de bajo perfil. Hablar cuando hay que hablar. Pasar de agache cuando conviene. Elegir las batallas. Ganar tiempo sin perder dignidad.
Nada de esto significa aislarse ni encerrarse. Al contrario. El aguante estratégico exige profundizar alianzas, no sacrificar socios para aplacar presiones coyunturales. Ceder hoy con China, con el mundo árabe o con África para “calmar” a Trump sería un error histórico. Trump pasará. El mundo que estamos ayudando a construir, no.
Las potencias medias tienen un papel crucial en este momento. Para defender el derecho internacional cuando los grandes lo vulneran. Para construir consensos amplios que frenen la normalización de la fuerza. Para recordar que la soberanía no es un capricho ideológico, sino la condición mínima de cualquier orden viable.
Aguantar estratégicamente no es resignarse. Es mantenerse de pie mientras otros se desgastan. Es cuidar el rumbo cuando el mar está bravo. Y, sobre todo, es entender que la verdadera batalla no es contra un presidente o una administración, sino por un futuro internacional más estable, más justo y más favorable para países como el nuestro.
Esa es la política exterior que hoy necesita Colombia. Y, bien ejecutada, es una con la que podemos ganar.
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