Definir el objetivo

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En La Peste, la famosa novela de Camus, esta plaga ataca una ciudad. Cuando la plaga parece haber alcanzado su cúspide uno de los personajes analiza los datos y nota “el gráfico de los progresos de la peste con su subida incesante y después la larga meseta que le sucedía”. El personaje “opinaba que la enfermedad había alcanzado lo que él llamaba un rellano” y concluye esperanzado que “ahora seguro empezaría ya a decrecer”. La noticia la califica de “reconfortante”. Colombia, como en la novela, está finalmente transitando por los días con mayores cifras de contagios por Coronavirus, nos dirigimos a la larga meseta y vendrá sin duda el anhelado descenso. Habremos doblado la curva.

Pero el descenso no será uniforme. Poblaciones a donde no había llegado serán visitadas por el indeseable virus, y otras que sí habían sido golpeadas tendrán rebrotes. Habrá colinas y nuevas mesetas que interrumpirán la bajada. Seguiremos contando, con fruición, cada acontecimiento de estos. Y el destino final no será un país sin contagiados: para eso hará falta una vacuna que llegue a todo el territorio lo cual por ahora no es más que una esperanza sin fecha.

Para un descenso con parches y colinas y que no llegará al nivel de cero, debemos tener un plan de acción. Hemos transitado por meses un sendero plagado de cuarentenas, leyes secas, planes candado, toques de queda, restricciones a las aglomeraciones, prohibiciones de múltiples actividades, regulaciones de los horarios de salida, con todo el sistema de transportes aéreo y terrestre intermunicipal cerrado, toda la educación nacional presencial clausurada.

Ese arsenal desplegado durante tantos meses tiene inercia. Sin un plan para el descenso, parecerá natural no levantarlo porque no hemos llegado al cero o redesplegarlo con vigor ante los nuevos parches y colinas. La vida bajo esa lógica será casi imposible. Tendría diseños kafkianos de protocolos para reabrir espacios vitales y situaciones en las que reabren pero se vuelven a cerrar al primer contagio. Volveríamos a un estado similar al que desata la frase patibularia de la novela de Camus que transforma la vida de sus ciudadanos: “Declaren el estado de peste. Cierren la ciudad”.

Desde el principio he entendido la artillería de marras como una estrategia para comprar el tiempo necesario de cara a adecuar el sistema de salud y de aplanar la curva de contagios para evitar el colapso de este. Cuando iniciemos el turbulento descenso esa meta se habrá cumplido. La fruición con la que seguiremos contando los rebrotes invisibilizará ese avance y le dará alas a la inercia regulatoria. Por eso necesitamos un plan de vuelo previo, un objetivo escrito en mármol, un mástil como el que usó Ulises para atarse y no sucumbir a los cantos de sirena.

Los individuos habremos de recuperar el poder de cuidarnos y las estrategias para hacerlo. De lo contrario habremos eternizado, volviendo a Camus, una situación en la que “ya no hay destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste”.

Twitter: @mahofste

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