El gobierno corto

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Eric Hobsbawm, el famoso historiador británico, calificaba el siglo XX como el siglo corto. No porque tuviera ese siglo menos de los reglamentarios cien años. No porque el tiempo hubiera pasado más rápido. Su argumento es que los hechos fundamentales que marcaron ese siglo están contenidos entre mediados de la segunda década—la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique—y el periodo 1989-1991 –marcado por la caída del muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría y la utopía comunista.

Tengo la impresión de que cuando los historiadores analicen en un futuro el cuatrienio colombiano bajo el Presidente Duque, hablarán del gobierno corto. De nuevo, no porque no vaya a terminar su mandato en agosto de 2022. Tampoco porque ahora los días, iguales uno tras otro en este encierro que se prolonga por inercia, sean más cortos, si bien así los percibimos. La razón de la brevedad de ese gobierno está relacionada con el periodo en que realmente estuvo involucrado en dejar reformas de fondo, firmar su impronta, afinar su legado.

El primer año del gobierno lo resumió bien la Revista Semana: un periodo “de aprendizaje” en el que no hubo “mucho que mostrar”. Se desgastó en un debate perdido tratando de echar para atrás la JEP. Sacó adelante una controvertida reforma tributaria que meses más tarde la Corte Constitucional invalidaría por fallas en el trámite. Ese aprendizaje salió muy caro. Ya en la primera legislatura del segundo año, cuando parecía que finalmente se atrevería a proponer reformas complejas como la pensional, decidió invertir su capital político en volver a tramitar la tributaria.

Ya en 2020, en el primer semestre no hubo espacio para pensar nada de fondo. Los afanes en todos los frentes que trajo consigo la pandemia lo impidieron. No hay reproches: cualquier gobierno habría tenido que volcar su capacidad a capear una situación para la cual no teníamos una carta de navegación y aplazar las batallas en el Congreso.

Y ahora, cuando el gobierno ya tenía una carta de navegación razonablemente montada para lidiar con los efectos de la pandemia, y por tanto podía aprestarse al fin a empujar las reformas difíciles, aquellas que definirían su legado, llegó esta semana la noticia sobre la detención domiciliaria del jefe natural de su partido, el expresidente Uribe. En sacudón político acabó con ese esfuerzo. La bancada de gobierno quedó huérfana y perdió lo que los aglutinaba. Pasaremos ahora a una temporada de estériles debates sobre reformas institucionales con tintes revanchistas contra la Corte que se atrevió a tomar esa medida. Las disputas por el liderazgo de ese partido se acentuarán y las de otros por tomar ese vacío de poder también. La campaña presidencial se anticipó. Y en campaña, nadie va a empujar las reformas difíciles. Nadie estará a cargo del legado. Quizás, dirán los historiadores del futuro, ese hecho marcó el fin del gobierno corto.

Twitter: @mahofste

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