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Hay debates que quisiera evadir a toda costa, entre otras cosas, porque me parece que en la coyuntura actual pueden producir más calor que luz. Pero si me empujan, pues toca.
Me han notificado por X que hay dos argumentos contundentes contra la columna que escribí hace un par de semanas, a favor de seguir luchando por la paz. El primero es que la disyuntiva no es “paz o plomo”. El segundo es que, superado ese dualismo “simplista”, hay que “articular de manera efectiva la política de paz con una estrategia de seguridad”. Los contesto en ese orden.
La alternativa no es paz o plomo: ¿dice quién? ¿Alguien hablando indefinidamente, o alguien que observa las propuestas concretas de las fuerzas políticas reales que operan en el país? Si es lo primero, bienvenido, pero entonces cualquier fantasía cabe. Si es lo segundo, basta con observar las retóricas de las diferentes campañas, no solo de las que están punteando, para darse cuenta de que precisamente ese es el dualismo que enfrentamos, independientemente de lo simplista que les parezca. A mí no me interesa hablar de un país bonito, pero imaginado, sino de disyuntivas y propuestas reales.
Segundo: superado el simplismo, hay una solución. “Articular de manera efectiva la política de paz con una estrategia de seguridad”. Es algo tan profundo que realmente produce pasmo. ¡Oh, solución salvífica! ¡Oh, sabiduría insondable! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Pues, de tenerla a la mano, Belisario se hubiera ahorrado el Palacio de Justicia y los demás sobresaltos; Gaviria, los espantos de Tlaxcala; Pastrana, los horrores de la zona de despeje; Uribe, el asesinato del jefe negociador de la contraparte, las masacres y los despojos; Santos, los enfrentamientos sangrientos y los bombardeos, así como el desarrollo de las disidencias; y Petro, los bombazos de Mordisco.
Pero ni aquellos presidentes, ni sus equipos técnicos, pudieron evitar tales cataclismos relacionados con la seguridad. La inefable fórmula no les sirvió. La explicación es simple: no tiene la menor utilidad. Es una solución típica de esas que se encuentran en los manuales de autoayuda. Cosas como “el barco está más seguro en el puerto, pero no para eso se construyeron los barcos”: indefinidas, precisamente bonitas y carentes de contenido real.
Habría otra manera de enfrentar el problema. Criticar lo que está mal, pero apoyando los avances (a propósito: yo lo he hecho para todas las paces a las que me referí. No escribo desde una posición facciosa). Y preguntarse cuáles son realmente las fallas, cuidando la calidad de la inferencia. Esto es necesario en general, pero, a mi juicio, no hay tema que requiera mayor seriedad intelectual y moral que este. La Paz total tiene varios flancos débiles, y el presidente parece decidido a abrazar una explicación del conflicto que mina su propio programa. Pero si se achaca a éste una crisis de seguridad, hay dos cuestiones por resolver. La primera es demostrar que esa crisis existe. Es obvio que este gobierno no ha solucionado algunos problemas básicos (comencemos por el asesinato de líderes sociales), pero ¿hay un salto cualitativo hacia abajo en relación con años anteriores? Y segundo, demostrar que la Paz total tiene un efecto causal sobre esa crisis. Hasta donde sé, ninguno de estos ejercicios se ha adelantado sistemáticamente. Quedo pendiente de los argumentos causales serios que haya. Recordatorio: esas preguntas pueden llegar a ser complejas; a veces, lo que parece obvio no se sostiene. A la paz de Santos, verbigracia, se le achacaron numerosos efectos negativos, como el aumento de cultivos de coca o el patrocinio de las disidencias, pero, hasta donde sé, ningún estudio de calidad ha corroborado eso.
La experiencia –de izquierda, centro y derecha– de la paz en Colombia ha estado llena de sobresaltos. En la medida en que esto se pueda superar, no dependerá de fórmulas mágicas sino de razonamientos serios y diseños cuidadosos.
