Por estar en mis cosas, me perdí el escándalo Benedetti-Sarabia que causó una oleada de alarma en el país. No descarto que deje problemas de largo aliento, pero me impresionó que distintas personas, incluyendo a analistas curtidos, creyeran que se trataba de una suerte de nocaut técnico, el evento ahora sí trascendental después del cual Petro ya no podría gobernar más. A la gente se le olvida que en este país la tormenta de hoy borra la de ayer y es borrada por la de mañana.
Para fortuna del Gobierno, los ventarrones que siguieron a ese ciclón negativo han apuntado sin falta en la dirección contraria. Primero, el ejército y la guardia indígena encontraron a los niños que se habían perdido en la selva. Después, se llegó a acuerdos parciales con el ELN. Y la reforma pensional empezó a abrirse paso. Finalmente, se aprobó la constitucionalización de los derechos del campesinado y la creación de una jurisdicción agraria. Con bemoles, yo hubiera preferido la creación del tribunal, tal y como quedó estipulado en el Acuerdo de Paz de 2016. La palabra empeñada es para cumplirla. La otra cara de la moneda es que en los trámites parlamentarios es imposible obtener todo lo que se quiere. Se trata, en todo caso, de avances inequívocos, algo que de lejos merece y necesita nuestro campesinado.
Haber hallado a los niños no fue un chiripazo, pero sí una especie de milagro, como dijo este diario. Un milagro activamente buscado, gracias a la interacción positiva, concentrada y sostenida del Gobierno, la institucionalidad indígena y el ejército. Honor a Pedro Sánchez y otros generales y al personal involucrado en la operación, así como a los indígenas y a su guardia. Piensen cuánto bien le hace a la institucionalidad colombiana este evento. Piensen cuánto significa que en lugar de la tradicional hostilidad, a menudo manejada a punta de violencia, veamos cómo se tienden puentes y se construyen precedentes para interacciones futuras.
También habría que dedicarle un par de minutos a la mezquindad extraordinaria de quienes quisieron equiparar a las guardias indígenas, o a las guardias campesinas, con los paramilitares. Que este despropósito repugnante se plantee desde las barricadas políticas, por lo menos se entiende; que se plantee supuestamente desde la academia solo habla de la pequeñez y tontería de quien emite esos juicios.
¿Y ahora qué? Pues lo de siempre. La vida sigue, con toda su vitalidad y toda su dureza. Es posible que se hayan sacado de todos estos altibajos dos lecciones simples. Primera: es fundamental escoger al personal estratégico con pinzas: gentes sensatas y con trayectoria. Como en nuestro país las estructuras partidistas y de los movimientos no son muy fuertes, es fácil que termine teniendo acceso a las palancas de poder personal de aluvión, proclive a equivocarse de manera catastrófica. Segunda: en este inmarcesible país de inflación legislativa, la única ley que se cumple a rajatabla es la informal pero efectivísima: “Papaya servida, papaya partida”. Mejor no olvidarse de eso.
Por otra parte, no deberíamos cejar nunca en el esfuerzo de tender puentes entre tirios y troyanos. He criticado constantemente la idea de que la polarización es el mal de males por muchas razones, entre las cuales está la potísima de que es difícil encontrar a gentes más desapacibles y agresivas que muchos de nuestros supuestos líderes despolarizadores. A la vez, es claro que nunca nos entenderemos a los gritos. En el país no están en juego ni la alternación en el poder ni los pesos y contrapesos. Hay unas reformas en curso, porque la fuerza política que ganó tenía el programa de reformar. Y lo está haciendo a punta de acuerdos, eso es fácil de sustentar. Esto debilita el ya flojo argumento de que tiene que gobernar con el programa de otros porque la victoria fue ajustada. También sugiere que las instituciones están funcionando, ¿no?