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Dudo que la exacerbación del ataque del Gobierno al Banco de la República le ayude electoralmente a Iván Cepeda. El escalamiento, que va ahora en la amenaza sin legalidad clara de incrementar de nuevo el salario mínimo en caso de que el banco central suba una vez más su tasa de interés de política, solo es bien recibido por un radicalismo enfilado y consolidado, pero que no se amplía con estas confrontaciones, y que es insuficiente para darle la victoria a la izquierda en la contienda presidencial.
Sin duda, nuevos incrementos desbordados del salario mínimo serían perjudiciales para la mayoría de los colombianos. Vale la pena recordar que, por la informalidad laboral, que no se corrige a través de salarios mínimos sino con mayor desarrollo productivo, cinco de 10 trabajadores no alcanzan a ganar los 2 millones de pesos mensuales, no se benefician de aquel incremento salarial y se dificulta su formalización. De hecho, solo el 10 % de los empleados devenga el salario mínimo, y enfrenta ahora un mayor riesgo de perder su puesto de trabajo por los costos insostenibles de algunas nóminas.
Por otro lado, está el efecto inflacionario. Muchos precios se ajustan con el salario mínimo y algunas empresas tienen margen para subirlos en medio de un contexto macroeconómico en el que la demanda, impulsada por el gasto y el consumo —no por la inversión—, crece más rápidamente que la producción.
El efecto inflacionario de un ajuste salarial alto para solo el 10 % de los trabajadores y de los excesos del gasto público lo pagan todos. La inflación reduce la capacidad de compra de quienes no recibieron el aumento de 23 % o incrementos salariales por encima de lo que será la inflación al terminar 2026 (sobre 6 %). Situación similar enfrentan cientos de miles de pensionados. Suben además los pagos de los créditos atados a la inflación.
El Gobierno cuestiona la institucionalidad económica con los propósitos de evadir responsabilidades, en el tema fiscal en particular, y ganar apoyo popular. Hace algunos meses, siendo eso mala economía, pudo traerles retornos políticos; hoy, sin embargo, alcanzado el techo de respaldo con aquella retórica, se trata de mala economía y ciertamente mala política también.
Subestiman el papel decisivo del centro político y de los indecisos, así sea para la segunda vuelta presidencial. Y aunque los ataques injustos a la institucionalidad sean parte de la receta para sostener el respaldo popular del presidente Petro en su salida y eventualmente una plataforma de oposición frente al próximo gobierno, no parece ayudarles para lograr la reelección de la izquierda en 2026. Repito: dudo que la combinación salario mínimo alto, inflación y altas tasas de interés —para evitar un despegue inflacionario— sea un camino para que la izquierda gane más votos de los que ya tiene.
No sorprende por lo tanto la encrucijada del candidato Cepeda sobre los temas económicos que están en estado crítico. No cuestiona al presidente, no puede; tampoco lo respalda, no quiere. Solo le queda un recurso: el silencio. Y ese silencio, que puede parecerles útil antes de la primera vuelta, afectará la credibilidad de su discurso cuando dejen de “sermonear a los ya convertidos” e intenten convencer a los moderados.
* Ex viceministro técnico de Hacienda y Crédito Público. Profesor titular de Economía de la Universidad Javeriana.
