En la columna pasada destaqué los primeros anuncios (positivos) del ministro de Hacienda designado, así como las restricciones técnicas y políticas que enfrentará el gobierno De la Espriella en la tarea crucial de lograr un ajuste fiscal gradual, secuencial y razonable en magnitud. Repito: hay que darle algo de tiempo al equipo para presentar su fórmula.
No obstante, ya empezaron a moverse algunas placas tectónicas y el resultado no favorece el manejo política de aquellas restricciones. Los choques iniciales entre el Gobierno electo y el Centro Democrático, con el presidente Uribe hablando de que ante los “rugidos de tigre” estarán las “abejas laboriosas” en modo defensa —imagina uno con aguijón—, dieron ya arranque a las dificultades de conformar una coalición de gobierno con algún grado de sintonía entre el Ejecutivo y el Legislativo. En el campo económico, se obstaculizarían, por ejemplo, reformas estructurales del gasto público y una eventual reforma tributaria. Y no olvidemos que viene ya el Plan Nacional de Desarrollo.
Este escenario en el que se está metiendo el nuevo Gobierno hace pensar en la eventual continuidad del libreto de años recientes: gobierno por decretos y evasión de responsabilidades del Ejecutivo culpando al Congreso de la República y otras instituciones. De ocurrir, ojalá que no, habría que decir: mal antes y mal ahora.
El Pacto Histórico es la primera fuerza en el Senado y en la Cámara de Representantes y el Centro Democrático es la segunda —el Partido Liberal es la tercera—. Esto no puede subestimarse. Tal es la tensión que, curiosamente, se empezó a hablar en la redes sociales de una alianza con la posibilidad de un nuevo acto del teatro político de Colombia: el “petro-uribismo”. Increíble.
Por audaz que parezca la táctica política del gobierno electo de retar al Congreso de la República, se trata de un movimiento con alta probabilidad de fracaso y, por ende, con necesidad de reversa. A las fricciones prematuras con el Centro Democrático —partido con el que el gobierno De la Espriella tiene en principio afinidad política— y a la fuerte y poco flexible oposición directa del Pacto Histórico, se suma que los llamados empalmes regionales han tenido el mensaje de que la relación con las entidades territoriales será gestionada con poca participación de los parlamentarios como representantes de los intereses de los departamentos y municipios. Más que bien calculados, estos movimientos parecen el desliz de un pequeño y cerrado círculo político que rodea al presidente electo. Paradójicamente, así es como el gobierno Petro va terminando su periodo, con un respaldo popular importante, pero atrincherado en la política institucional.
La audacia del gobierno electo parece motivada por la intención de tomar a la fuerza el “panal” de la derecha para triunfar en las elecciones regionales del 2027 y consolidar de esa manera un poder político con su nuevo partido. Y, por supuesto, la mira ya está puesta en 2030 también.
En todo caso, son demasiadas luchas simultáneas cuando la tarea principal, como se lo reclamamos al gobierno Petro, es gobernar. Muchos rugidos y aguijones. Y eso que la oposición del Pacto Histórico no ha iniciado su labor en forma. Audacia o ligereza del nuevo gobierno, veremos. Hoy parece más lo segundo.
*Exviceministro técnico de Hacienda y Crédito Público. Profesor titular de Economía de la Universidad Javeriana. @G_HernandezJi