25 Aug 2021 - 5:30 a. m.

Leer como un traductor

¿Cómo leer una novela, un poema? Admitamos, de entrada, que si no hay un método único para deambular o para amar, tampoco lo hay para leer; admitamos, también, que ciertas formas de deambular o de amar empujan al tropiezo, a callejones de peste, a la desorientación. El fardo de lecturas psicoanalíticas y pseudorreligiosas de la obra de Kafka sepultó por décadas sus intenciones cómicas, su oscura risa; quien lee El otoño del patriarca sólo como una novela de tema político se pierde la otra clave, más verdadera, más elocuente, del drama íntimo de un escritor aturdido por la soledad de la fama.

En Cómo leer un libro, Joseph Brodsky propone engullir volquetadas de poesía como método infalible para detectar los malos escritores. “Mientras más poesía lee uno —escribe— menos tolerante se vuelve a cualquier forma de verbosidad”. Virginia Woolf, más aventurada, sostiene en ¿Cómo se debe leer un libro? que el mejor modo para juzgar el trabajo de un autor es embarcarse uno mismo en la recomposición por escrito de una emoción cualquiera. “Encontrará que [la emoción] se rompe en mil impresiones contradictorias. Algunas deben ser reducidas; otras, acentuadas; en el proceso perderá, es probable, toda comprensión de la emoción misma. Entonces pase de sus páginas amontonadas y borrosas a las páginas de apertura de un gran novelista: Defoe, Jane Austen, Hardy. Ahora podrá apreciar mejor su maestría”.

A esas dos propuestas, que suscribo, quisiera agregar esta, quizás menos novedosa: leer como un traductor.

Un traductor recrea un texto en otra lengua: es decir, lo crea de nuevo. Puesto que el corazón de todo texto literario son sus palabras, el orden en que están dispuestas y el papel que juegan en cierto conjunto, trastearlas a una tierra ajena supone encontrar para ellas un lugar decente y bien amueblado donde puedan expresarse casi con la misma espontaneidad que en sus dominios de origen. Esa tarea laboriosa, que puede insuflar un nuevo vigor a las palabras o estrecharles el cuello, obliga al traductor a leer con un esmero que no prodiga ningún lector de fin de semana.

Un traductor, por eso, lee despacio. Ninguna palabra le parece menor; ninguna pasa por su filtro sin ser escrutada, iluminada, releída, vuelta de revés, hasta entender el color que añade a la oración. Su práctica va en ocasiones en contra de las prescripciones del diccionario, puesto que una palabra puede nombrar una cosa en la superficie y otra en sus entrañas. Un traductor busca con juicio qué hace distinguible a esa autora: la extensión de serpiente o de cola de ratón de sus oraciones, la flaca variedad de su léxico, las aliteraciones, las metáforas, las personificaciones, el azaroso delirio, el orden frío, los juegos de palabras.

Por ejemplo, una lectura pasajera del inicio del soliloquio de Hamlet (To be, or not to be, that is the question…) traduciría ese pasaje así: “Ser o no ser: esa es la cuestión”. Pero hace unos años, en un artículo en El Malpensante, el traductor Juan Manuel Pombo contó que se atrevió a traducirlo en este molde para una obra escolar: “Vivir o morir: esa es la cuestión”.

Pombo no sólo tradujo lo que en efecto significaba el verbo to be, sino también lo que implicaba en el drama: la vida y la muerte. Un traductor lee en busca de desenrollar lo que está enrollado. Como Hamlet está hablando sobre el suicidio, sobre la desaparición del dolor y del cuerpo, la traducción ser o no ser, aunque bastara, podría haberse quedado corta. Pombo, además, convierte dos palabras de uso común (be: el verbo con más pátina del inglés) en vastas llanuras existenciales (la vida y la muerte): reconoce el oro en la piedra vulgar. De modo que un traductor, aparte de encontrar correspondencias, desentierra evocaciones y las pule (como ocurrió con Borges, Di Giovanni y la palabra unánime).

Un traductor, entonces, escribe su propio texto entre las líneas del texto original. Su traducción es una interpretación de sus resonancias y de sus ritmos; una partitura intercalada en una partitura. Vuelve a otorgarle sentido a un objeto estético compuesto bajo otros árboles, con otros oídos, con otro tacto. Lo descifra en una clave personal y con un orden íntimo, puesto que no existe ninguna traducción definitiva y las palabras, como dice el profesor de traducción Rainer Schulte, son inestables como fuego de vela: la galería sin término de traducciones de Homero al español y al inglés, todas difiriendo de todas en lo pequeño y lo eterno, bastará como prueba.

Quizás ese hábito sea útil para todo lector: ir armando su relato mientras cabalga sobre el relato.

De modo que un traductor lee con la imaginación. Como recomendaba Nabokov, lee con un buen diccionario al alcance. Asociando ritmos e intenciones, atando raíces, explotando la inestabilidad del sentido de que disfrutan todas las palabras cuando se juntan con otras, un traductor fomenta una lectura móvil, viva, propensa al juego. Quizás, si tuviera que traducir de nuevo el texto, como ocurrió con Marta Rebón y su recreación de El maestro y Margarita, brotaría una versión diferente: nadie se hunde dos veces en el mismo río ni lee dos veces el mismo libro.

CODA

Si están interesados en el estudio de la traducción, aquí les dejo tres textos: uno sobre por qué deberíamos levantarles una estatua a los traductores, otro sobre la traducción de poesía y otro sobre la hazaña de traducir a Shakespeare. Pregunta: ¿Ustedes, al leer literatura, tienen en cuenta la calidad de la traducción? ¿Buscan que el libro tenga una traductora o un traductor con una cierta trayectoria? ¿Se han sentido embaucados alguna vez por una traducción pobre?

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