¿Cómo podemos gobernar a quien tanto desconocemos? Fue la pregunta que el 15 de diciembre de 1894 le formuló el sargento Germano de Melo a su comandante José d’Almeida. El subalterno hacía aparte del ejército que imponía el dominio imperial de Portugal sobre la gente nguni, según la evidencia que presenta Mia Couto en su Trilogía de Mozambique (Alfaguara, 2025). La correspondencia restante muestra que Melo se prepuso conocer a ese pueblo y, mediante ese saber, convertirlo en aliado. Como para el superior De Melo, la violencia era la única alternativa, asocié ese relato con los de la presidencia inaugurada en Colombia el 7 de agosto de 2026. El 28 de junio, la columna de Armando Montenegro, “Anotaciones sobre un matrimonio” (sic), ya explicitaba la añoranza por una machosfera blanca. No solo desconocía las cualidades de la abogada Francia Elena Márquez Mina para ejercer su cargo, sino que alababa las tecnocráticas y de abolengo de De la Espriella y Restrepo, pasando por alto aquellos negocios turbios por los cuales se preocupaban hasta senadores demócratas de los Estados Unidos. Y pronto vino el anuncio de una batalla cultural. Se inspirará en la glorificación de la blancura cristiana occidental que la administración del presidente Donald Trump ha iniciado contra el alegado izquierdismo de los museos del sistema Smithsoniano por su rescate de los horrores de la esclavitud, además de la re-erección de las estatuas de héroes racistas confederados a las cuales había derribado el movimiento de Black Lives Matter.
A quienes nombran como los del “voto fusil”, en su mayoría son “negros” e “indios”, estereotipados como cultivadores de coca. Tratarán de occidentalizados, según las preferencias del canciller Omar Bula Escobar o de someterlos mediante la militarización fast track dispuesta por Trump y sumisamente acatada por De la Espriella. Al disenso lo corregirán con esa Biblia en cuya carátula aparece el mapa de Colombia enmarcando un sagrado corazón; un ESMAD resucitado; bloques de seguridad urbana y, si es del caso, los hoy más probables bombardeos que recomienda el concejal de Medellín, Andrés Felipe Gury Rodríguez. Plegarias de odio fundamentarán el propósito de abolir el excepcional intento de inclusión sociocultural e histórica que —entre 2022 y2026— aseguraron esos pueblos étnicos, campesinos, trans, gays, artesanales, egresados de instituciones públicas de educación o disidentes de colegios y universidades privadas.
Esos casi trece millones de personas no solo comparten una esperanza insumisa, sino lo más relevante: conocimiento sobre sí mismos. Lo han ganado resistiendo a favor de su autonomía, trasegar rebelde que, en el caso de la gente negra, se remonta a las luchas cimarronas iniciadas en el siglo XVII en la llanura Caribe y extendidas por casi toda la geografía nacional. Durante los años de 1980, ese acumulado fue tal que arrasó las esclusas que restringían su quehacer sociopolítico, hasta ser la fuerza inatajable que creó el artículo 55 transitorio de la Constitución de 1991. Lo convertirían en la Ley 70 de 1993, garantía de derechos hasta entonces desconocidos: titulación de territorios ancestrales colectivos, soberanía política para manejarlos y educación sobre aquel pasado que les era propio, pero que había sido sometido a la invisibilidad. He ahí los cimientos de liderazgos como el muy representativo de la exvicepresidenta Francia Márquez. Militante en la salvaguarda de selvas, ríos y sabanas, quien ha desenmascarado y combatido genocidio, etnocidio, racismo, homofobia, machismo y misoginia. Por si fuera poco, alcanzó el muy apreciable acercamiento a la Unión Africana por medio de la embajada de Colombia en Adis Abeba (Etiopía), y a naciones donantes de sus ancestros como Senegal y Ghana, además del vínculo con Sudáfrica, paradigma de paces negociadas y doblegamiento del apartheid. Se trata de alcances de reconocimiento mundial, cuyo muy improbable desaprendizaje obstaculizará la agresiva imposición de la ortodoxia blanca y judeocristiana.
* Doctor en antropología cultural. Miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.